En la casa flotaba un espíritu de caos inminente que Caridad sintió incluso antes de cruzar la puerta. El portal olía a quemado y las escaleras estaban inundadas de agua jabonosa como si hubiera pasado un diluvio. Al abrir la puerta, dejó caer un ramo de flores traído del trabajo sobre la repisa, se quitó los zapatos que la habían torturado todo el día y se puso unas viejas zapatillas de estar por casa. Aunque unas botas de goma habrían sido más apropiadas: el recibidor estaba aún más encharcado que la escalera. Desde el fondo del piso llegaba el quejido ahogado de un gato, y en algún lugar de la casa algo siseaba, zumbaba y crujía de manera sospechosa.
—¡Pepe, ¿qué diablos pasa aquí?!— gritó Caridad, sintiendo cómo la angustia le hervía dentro.
Al instante apareció su marido en el marco de la puerta. En calzoncillos, descalzo, con la cara tiznada, arañazos profundos y un moretón impresionante bajo el ojo. En la cabeza llevaba una toalla anudada como un turbante, como si acabara de escapar de un zoco marroquí.
—¿Cari, ya estás en casa?— balbuceó Pepe, jugueteando nervioso con el borde de la toalla—. Pensé que con la cena de empresa, siendo la jefa, estarías hasta tarde brindando…
Caridad suspiró hondo, se dejó caer en el viejo puf de la entrada y, conteniendo la irritación, exigió:
—Cuéntame, Pepe. ¿Qué has hecho esta vez?
—Bueno, mi vida—, tartamudeó él—, no te enfades, ¡te lo pido por favor!
—Me enfadé en los noventa cuando los matones vinieron a extorsionar nuestra empresa—, espetó Caridad—. Me preocupé cuando el dinero de las cuentas se esfumó con la crisis. Me volví loca cuando casi nos arruina el rescate bancario. Después de eso, ya ni un diluvio me importa. ¡Dime qué circo has montado ahora!
—En resumidas cuentas…— Pepe se frotó el moratón—. Quería darte una sorpresa. Un detalle, ¿sabes? Decidí limpiar, lavar y preparar la cena. Pedí el día libre, metí la lavadora, fui al mercado… Bueno, primero al mercado, compré carne y empezó a gotear.
—¿La carne?— preguntó Caridad, entrecerrando los ojos.
—¡No, la lavadora!— soltó Pepe—. Pero no al principio. Puse la carne al horno, empecé a limpiar y entonces el gato…
—¿Está vivo?— arqueó una ceja Caridad.
—¡Claro que está vivo!— refunfuñó Pepe, ofendido—. Solo un poco mojado. Verás, cuando encendí la lavadora, el gato no estaba dentro, ¡lo juro! Pero luego… apareció ahí.
—¿Cómo?— Caridad se inclinó hacia adelante—. ¿Cómo puede un gato meterse en una lavadora cerrada?
—No lo sé—, abrió los brazos Pepe—. A lo mejor se teletransportó. Estos bichos son listos.
Caridad cerró los ojos, respiró hondo y dijo con frialdad:
—Sigue, Pepe. Esto se pone cada vez más interesante. Pero primero enséñame al gato. Quiero ver si está bien.
—Eh, cielo…— vaciló Pepe—, hay que ir a buscarlo. Está… ahí…
—¿Tiene las patas enteras?— miró las marcas en la cara de su marido.
—¡Ya lo creo!— confirmó Pepe, frotándose la mejilla—. Solo que temporalmente… inmovilizadas. Por su seguridad.
—Vale, luego lo resolvemos—, Caridad hizo un gesto con la mano—. ¿Y después?
—Total, que mientras el gato… eh, se lavaba, olí a quemado. Corrí a la cocina, abrí el horno y ¡la carne estaba en llamas! Me quemé los dedos, tiré aceite y ¡pum!, las llamas subieron. Los pelos se me chamuscaron, salía humo por todas partes, yo intentando apagarlo, y de pronto el gato se puso a berrear. Fui a la lavadora y lo vi mirando por el cristal como un preso. La paré, intenté abrirla, pero estaba bloqueada. El gato gritaba, la cocina ardía, mi cara me dolía y los pelos humeaban… Agarré una palanca y, bueno, la lavadora empezó a perder agua. El gato salió disparado, corriendo como loco por el piso, rompió tres jarrones, arrancó trozos de papel pintado, tiró las cortinas, derramó el cava que había preparado para ti. Los vecinos de abajo golpeaban el radiador y gritaban que nos iban a castrar. No sé si al gato o a mí. Pero en general todo bajo control, Cari, ¡no te preocupes!
Caridad se secó las lágrimas —no sabía si de risa o de horror—, apartó a Pepe y entró en el piso. El desastre era épico. El suelo inundado, la cocina humeando con una sartén carbonizada, el papel pintado colgando a jirones y un olor a carne quemada y venganza felina flotando en el aire. El gato, crucificado en el radiador, estaba atado de las cuatro patas, con la cara envuelta en una bufanda vieja. Pero vivo, lo cual ya era un milagro.
—Cari, es que no quería quedarse en el radiador—, se apresuró a justificarse Pepe—. Temía que no se secara antes de que llegaras. No pude escurrirlo, forcejeaba. Lo até y le tapé la boca para que no gritara. Los vecinos ya amenazaban con la policía, los bomberos y una vieja curandera para que nos echara una maldición.
Sin decir nada, Caridad liberó al gato, lo secó con la toalla que arrancó de la cabeza de Pepe y le destapó el hocico. El animal, al soltarse, bufó con rencor y se escondió bajo el sofá.
—Pepe, eres todo un héroe—, suspiró Caridad, exhausta—. El gato casi se asfixia. Aunque después de la lavadora, supongo que ya nada le asusta. Como a mí.
Se desplomó en el sofá, abrazando al gato, y miró a su marido.
—¿Y bien?
—¿Qué?— Pepe parpadeó, confundido—. ¿Me ahorcas ahora o me dejas sufrir un poco más?
—Felicítame, zoquete—, suspiró Caridad—. Hoy es el Día de la Madre.
Pepe se iluminó, corrió a la habitación contigua y volvió escondiendo algo tras la espalda. Se arrodilló ante Caridad, radiante pese al moretón y el hollín en la cara.
—Cari, mi sol—, empezó solemnemente—. Llevamos treinta años juntos y cada día me sorprendes. Eres la mujer, madre y abuela más bella, sabia, paciente, fuerte y amorosa. Feliz Día de la Madre y que sigas siendo tan extraordinaria. Toma.
Le tendió una cajita con un anillo de oro y un ramo de rosas —arrugado, maltratado, pero aún con vida—.
—Las flores eran bonitas, de verdad—, añadió avergonzado—. Es que el gato no tuvo piedad. No te enfades, Cari. Quería darte una celebración especial. Hecho con corazón.
Caridad acercó la cabeza de Pepe a su pecho, olió las flores y sonrió.
—Mira, aún huelen bien. Y no a quemado. Pepe, no hagas más experimentos, ¿vale? Con las flores basta. Otro día como este y el piso se derrumbará. Los vecinosLos vecinos ya murmuraban sobre llamar al exorcista, pero Caridad solo rio y abrazó a Pepe, pensando que, después de todo, el verdadero amor no necesita perfección, sino risas compartidas y un gato que sobrevive a la lavadora.




