La Puerta de la Traición

**Puerta a la traición**

Después de tres meses de turnos en el trabajo, Arturo Navarro regresaba a casa, cansado pero con la satisfacción del deber cumplido. El día estaba gris, pero en su corazón brillaba el sol: llevaba en las manos su pago, imaginando cómo sorprendería a su esposa, la elegante y temperamental Carmen. Recién habían comprado un piso de dos habitaciones en un bloque de edificios en las afueras de Madrid. Él mismo, con sus propias manos, había alisado las paredes, colocado los techos, instalado los azulejos y conectado todos los electrodomésticos. Solo faltaba lo más importante: amueblarlo como ella quería.

—Arturito, no voy a tolerar chapuzas. Quiero que tengamos algo tan bonito como lo de Laura y Pablo. Todo de primera categoría —le decía.

Él asentía, se marchaba de vuelta al trabajo, se dejaba la piel en el turno, solo para que Carmen estuviera orgullosa. Las noches eran largas en la obra, lejos de casa —sin calor, sin su rostro, sin el aroma del café por la mañana—. Solo su voz al teléfono, a menudo quejumbrosa, exigente.

En la estación de tren, se detuvo en un puesto de flores. Escogió las rosas más frescas, un ramo enorme y rojo como la pasión, y tomó un taxi. Quince minutos después, estaba frente al portal, el corazón acelerado. Subió al cuarto piso casi flotando, la alegría lo inundaba. Iba a meter la llave, pero se contuvo. Sonrió y tocó el timbre.

Silencio. Ya estaba buscando las llaves cuando la puerta se abrió. En el umbral, un desconocido con su bata puesta. Alto, musculoso, torso al descubierto y una mirada insolente.

—¿Quién eres tú? ¿Te has equivocado de casa, abuelo? —gruñó el tipo.

El mundo se detuvo. Arturo se quedó petrificado. El ramo cayó a un lado.

—Parece que no solo me equivoqué de puerta…

La puerta se cerró de golpe. Él seguía ahí, paralizado. El corazón le latía en las sienes, las manos le temblaban. Ante sus ojos, el papel pintado que había puesto de madrugada, los azulejos que limpió hasta brillar, la cocina por la que pidió un préstamo… y ahora, otro hombre en su hogar.

Las flores fueron a parar a la basura más cercana. Arturo llamó otro taxi y se dirigió a casa de su mejor amigo, Miguel. De camino, paró en un supermercado, compró vodka, boquerones y pepinillos. Miguel se alegró al verlo —hacía tiempo que no se veían—.

—¡Vaya sorpresa! ¡Brindemos por el reencuentro!

Tras el segundo trago, Arturo no pudo más y se lo contó todo. Miguel, medio gitano y de carácter ardiente, se levantó de un salto:

—¿¡Qué!? ¿¡En tu piso!? ¡Yo le iba a…! ¡Le iba a…! —golpeó la mesa con el puño.

Arturo lo agarró del hombro:

—Miguel, cálmate. Pero… ¿nos vengamos?

—Sí. ¡Sin duda!

Bajo los efectos del alcohol, los dos llamaron un taxi y se dirigieron al piso de Arturo. Los planes de venganza eran confusos; sus cabezas zumbaban.

Subieron. La luz del dormitorio estaba encendida. Arturo rugió:

—Ahora les voy a enseñar…

Miguel empezó a aporrear la puerta:

—¡Abre, cabrón! ¿A quién le robas la mujer? ¡Sal y hablamos como hombres!

La puerta se abrió de golpe —y de inmediato un puñetazo salió de la nada. Miguel retrocedió, agarrándose la nariz.

—Vaya recibimiento… —murmuró, limpiándose la sangre.

Arturo estalló. De un golpe, arrancó la puerta de sus goznes. Cayó al suelo con un estruendo. Los dos entraron como un huracán, gritando y corriendo por las habitaciones.

—¿¡Dónde está ese desgraciado!?

Carmen chillaba en la cocina, marcando un número con manos temblorosas. Miguel salió al pasillo:

—¿Se tiró por el balcón?

Pero entonces, un gemido. Bajo la puerta derribada se retorcía el amante, aplastado por su propia osadía. Su aspecto era patético —la bata torcida, la cara de miedo, la boca ensangrentada—.

—¡Esto sí que es venganza! —se rió Miguel, tocando el borde intacto de la puerta.

Y entonces, como si fuera poco, un grito desgarrador llegó desde el portal:

—¡Socorro! ¡Buena gente, que los matan! —era la suegra de Arturo, sin duda.

La sobriedad volvió al instante. Los amigos salieron pitando, sin esperar a la policía. A la mañana siguiente, Arturo solicitó el divorcio. No quería vivir más en un hogar donde lo habían humillado. Donde un extraño se paseaba con su bata.

Una semana después, volvía a la obra. Miguel lo despedía, con un ojo morado y los dedos vendados.

—¡Pero quedó épico! —se rio—. Si te vuelves a casar, que no sea con Carmen. Pero a mí me avisas. Ya verás cómo te ayudo…

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La Puerta de la Traición