Traición y castigo: una familia destruida
—Ya es tarde para discutir. Hay que decidir qué hacemos ahora. Hay que pagar los estudios de Lucía, al menos el primer año. Es lista, mejorará sus notas y podrá conseguir una beca —dijo cansada Elena, mirando a su marido.
Javier se encogió de hombros, como si la conversación no fuera con él.
—Javi, ¿me estás escuchando?
—Sí —masculló, sin apartar los ojos del móvil.
—Entonces hay que vender la moto. Una compañera del trabajo estaba interesada. La vendemos y el dinero será para la universidad de Lucía.
—No, Elena. La moto no se vende —cortó Javier, dejándola helada.
—¿Y eso por qué?
La respuesta fue un puñal en el corazón.
Elena siempre creyó que la familia era una fortaleza construida sobre confianza y compromisos. Llevaban veintitrés años juntos, superando dificultades, construyendo una casa en las afueras de Valladolid, criando a su hija. Pero últimamente todo había cambiado. Javier se volvió irritable y distante. Elena pensó que era por la muerte de su hermano Luis, con quien era muy unido.
Luis dejó a su mujer, Nuria, y a su hijo Pablo. Elena y Javier los apoyaron, a veces en su propio perjuicio. Pero esto fue la gota que colmó el vaso.
—Le prometí la moto a Pablo —soltó Javier.
—Espera… ¿Cómo pudiste hacerlo? ¡Habíamos acordado venderla para Lucía! —Elena sintió la sangre subirle a la cara.
—Nunca prometí nada —se defendió él.
—Todas las decisiones las tomamos juntos cuando Lucía terminó el instituto. Eligió una carrera difícil, con notas altas.
—Entonces no sabía que Luis moriría y que Pablo se quedaría sin padre. Él necesita ayuda.
—¿Y tu hija no? —Elena intentó hacer entrar en razón a su marido, pero él solo miraba al suelo en silencio.
Pensó que había cedido y se puso manos a la obra: investigó cómo matricular a Lucía en la universidad privada. Los días pasaron entre trámites.
Esa noche, mientras ponía la mesa, escuchó el teléfono. La pantalla mostraba el nombre de Nuria.
—Elena, ¡muchas gracias por el regalo! —la voz de la viuda sonaba efusiva.
—¿Qué regalo? —confundida, Elena frunció el ceño.
—¡La moto! Javi se la regaló a Pablo. ¡Debes verlo feliz! Soñaba con una desde pequeño, Luis le prometió una para sus dieciocho. Pero después de su muerte… ¿de dónde íbamos a sacar el dinero? Y Javi cumplió su sueño. ¡Gracias!
El corazón de Elena se encogió.
—¿Estás diciendo que nuestra moto está ahí?
—Sí, Elena. Javi se la dio a Pablo. ¿No lo sabías?
Elena calló, incapaz de articular palabra. Esa moto la habían comprado juntos hacía tres años, con sus ahorros. Ella aceptó con una condición: si algún día el dinero era necesario para Lucía, la moto se vendería.
Recordó su última conversación con su hija:
—Mamá, ya lo tengo todo, hay que pagar el primer plazo.
—Claro, cariño, yo y tu padre lo tenemos decidido. Mañana viene un comprador a ver la moto…
Ahora esas palabras sonaban a burla.
—Bueno, ya te dejo, que estás ocupada —dijo Nuria, colgando.
Cuando Javier entró en casa, Elena estaba en el sofá, apretando el móvil.
—Javi, me llamó Nuria. ¿Es verdad? ¿Te has llevado la moto?
Se quedó quieto, luego asintió con desgana.
—Sí. ¿Y qué?
—¿Cómo que «y qué»? ¿Regalaste nuestra moto sin consultarme? ¿A escondidas?
—Elena, basta. Es mi moto.
—¡Nuestra, Javier! ¡La compramos juntos, con la condición de que sería para Lucía!
—¡Siempre con lo mismo! —gritó él—. ¿No lo entiendes? Yo no tengo un hijo. Tú solo me diste una hija. En cambio, Pablo es un hombre de verdad. Le prometí a Luis cuidarlo como si fuera mío.
—¿En serio? —la voz de Elena tembló—. ¿Lucía no es tuya? ¿No es tu sangre?
Un ruido en el pasillo. Lucía estaba en la puerta, pálida, los ojos llenos de lágrimas.
—Podrías haberme ayudado, pero elegiste a tu sobrino —su voz temblaba.
—La universidad no es lo importante —gruñó Javier—. Puedes entrar con beca, o estudiar otra cosa. ¿Qué más da? A Pablo nadie le regalaba una moto.
—Para ti no soy nadie —susurró Lucía, dando media vuelta y cerrando la puerta de un portazo.
—Mira lo que has hecho —Elena apenas contenía la rabia.
—Elena, estoy cansado. Nunca estás contenta. Perdí a mi hermano, Pablo perdió a su padre. ¿No lo entiendes?
—Y tú, parece, has perdido a tu hija —respondió ella, fría.
Últimamente, Elena notaba cómo Javier se alejaba. Se quedaba hasta tarde en el trabajo, era evasivo, visitaba a Nuria con frecuencia.
—Solo la apoyo, está sola —decía—. Pablo quería ayuda con la moto, estudia mecánica, le encantan los motores.
Elena también ayudó a Nuria: hizo trámites, la acompañó a gestiones tras la muerte de Luis, organizó el funeral. Creía que Javier valoraba su esfuerzo, pero él la acusaba de insensible si protestaba por su dedicación a Pablo.
Nuria, en cambio, siempre lo esperaba. Le preparaba la cena, le recordaba a Luis. En su casa, Javier se sentía importante, no como en la suya, donde solo había reproches.
—Sabes que siempre fui más cercana a ti que Elena —le dijo Nuria una vez, mirándolo fijamente.
Javier no respondió, pero sus palabras calaron.
—Ella nunca está contenta contigo, Javi. Yo te entiendo. Los dos perdimos a Luis, para ella fue un detalle.
Dudó, pero una noche se quedó con Nuria, mintiendo a Elena sobre una tubería rota. Ella le creyó.
La verdad salió a la luz cuando ella vio sus mensajes: palabras que no se escriben entre parientes. Nuria se había vuelto más importante que su esposa. Todo cobró sentido: su actitud, sus mentiras. No era lealtad a su hermano. Era traición.
—Vete, Javi. No puedo aceptar esto. Ni perdonarlo —dijo Elena, empacando sus cosas. No lo miró, le daba náuseas.
Javier se fue. Decidieron no contarle toda la verdad a Lucía, aunque ya era adulta. Elena esperaba que lo de Nuria no durara, que su hija no perdonara el golpe.
Las ilusiones de Nuria se desvanecieron pronto. Al principio todo era perfecto: Javier estaba ahí, cenaban juntos, planeaban, fingiendo que no tenía otra familia. Nuria ignoraba a Elena y Lucía, pensando que Javier al fin llenaría el vacío de Luis. Era tan parecido a su difunto marido que a veces lo llamaba por su nombre.
Pero la realidad era cruel.
—Ni siquiera sostienes la cuchara como él —le espetó Nuria una noche, cuando Javier torpemente tomó la comida.
Él aguantó en silencio.
—Luis nunca dejaba cosas tiradas.
—Luis arreglaba todo, tú llamas a un técnico.
—Luis sabía mis flores favoritas…
Javier apretaba los puños. Cada comparación dolía.
Pablo tampoco lo aceptó. Al enterarse de que Javier se mudaba con ellos, se marchó de casa. Dos familias se desmoronaban.
—Ent—Entenderán, solo necesitan tiempo —dijo Nuria, pero Javier ya sabía que para ella solo sería siempre la sombra de Luis.




