Un corazón lleno de gatos: el encuentro que lo cambió todo

Hoy escribo sobre el día en que mi corazón se llenó de gatos. Nunca pensé que un encuentro pudiera cambiarlo todo.

Ana casi no visitaba su pueblo natal a orillas del Ebro, a una hora de Zaragoza. Después del colegio, se fue a la ciudad, y sus visitas podían contarse con los dedos de una mano. La vida siempre encontraba razones para no volver. Las últimas veces había estado allí para los funerales de sus padres y el cumpleaños de su hermana pequeña, Lola, quien se quedó viviendo en la casa familiar. Las llamadas con su hermana le despertaban nostalgia por la juventud, por esos días sin preocupaciones. Este verano, decidió regresar: sus hijos y nietos estaban repartidos por ahí, y a ella, una pensionista solitaria, le entraron ganas de respirar el aire de su infancia, pasear descalza por la hierba fresca, vivir aunque fuera poco tiempo entre aquellas paredes que tanto significaban.

Lola llevaba tiempo invitándola. El verano estaba lleno de frutas, y pronto llegarían las setas. Había que prepararse para el invierno, ¡sin pereza! Así tendría con qué agasajar a los visitantes y disfrutar ella misma, recordando su tierra. Las casas del pueblo seguían en pie, resistentes, la calle llena de viviendas de ladrillo de dos plantas, herencia de cuando la cooperativa agrícola prosperaba. El presidente, un veterano de guerra y héroe local, había convertido el pueblo en un ejemplo: construyó el centro social, el ambulatorio, la escuela —la mejor de la comarca—. Aún lo recordaban con cariño.

Ana caminaba sin prisa. En una mano llevaba una maleta vieja, al hombro un abrigo ligero. Los vecinos la saludaban, y ella respondía, aunque no reconocía sus caras. Tampoco parecían recordarla, pero en los pueblos es costumbre no dejar a un forastero sin atención.

—¡Anita! ¿Eres tú? —se escuchó cerca de la tienda del pueblo.

Ana dejó la maleta en el suelo y miró con atención.

—¡Susi! ¡Martínez! —Sonrió al reconocer a su amiga de la infancia.

—¡Mira que si eres tú o no! —Susi hablaba sin parar—. Te reconocí al instante, desde el otro lado de la calle. ¿Vienes por mucho tiempo?

—Veremos —respondió Ana, encogiéndose de hombros.

—¡Ay, tenemos tantas cosas que contarte! ¡Ven a casa cuando quieras! —Susi irradiaba alegría.

—¡No pararás de hablar! —se rio Ana, contagiándose de su entusiasmo.

De la tienda salió un hombre mayor con una bolsa pequeña. Al pasar, les hizo un leve gesto de cortesía. Ana correspondió con una sonrisa. «Camisa limpia pero arrugada, barba y bigote canosos, bien cuidados —pensó—. Se nota que no lleva mucho tiempo solo.»

—¿Quién es? —le preguntó a Susi cuando el hombre se alejó.

—Ese es Iván, el veterinario del pueblo —respondió su amiga con un gesto—. Un buen hombre, pero desde que se jubiló parece que le faltara un tornillo. Su mujer lo dejó, se fue a la ciudad. Y él vive con los gatos, gasta toda su pensión en ellos. Recoge a los callejeros, los enfermos, los heridos… ¡Los cura, hasta les hace operaciones, dicen!

Una semana después, Ana se encontró con Iván en la misma tienda. Iba a comprar harina para hacer empanadas, pero el saco de cinco kilos le pesó más de lo esperado. Lo dejó en un banco para descansar.

—Déjeme ayudarla —dijo una voz suave. Iván estaba a su lado—. Vamos en la misma dirección. Usted lleva mi bolsa con los pañales, y yo el saco de harina.

—¿Pañales? —Ana se sorprendió—. ¿Para qué los necesita?

—No son para mí —se ruborizó Iván—. Son para Bigotes, mi gato. Tiene la columna dañada, no puede caminar, solo arrastrarse. ¿Se imagina lo humillante que debe ser para él, tan orgulloso, ensuciarse? Por eso…

—¡Vaya! —Ana no podía creerlo—. ¿Y cuántos tiene así?

—¿Con problemas de columna? Solo Bigotes. Hay otros dos con tres patas, uno sin ojo, otro sin cola. ¡No se ría! La cola para un gato es como una pierna: equilibrio y elegancia.

—¿Ellos se lo contaron? —Ana sonrió, sin poder evitarlo.

Iván frunció el ceño, interpretando su risa como burla.

—Perdone, Iván —se apresuró ella—. Habla de sus sentimientos con tanta certeza, como si conversaran con usted. Por cierto, llámeme Ana.

—Sí, Ana, no le va a creer todo lo que pueden decirnos —se animó él—. Sus caritas lo revelan todo: alegría, resentimiento, amor.

—¿Por qué gatos? Usted es veterinario, ha tratado con todo tipo de animales. ¿No hay otros más inteligentes o útiles?

—No —respondió Iván con firmeza, negando con la cabeza—. Los gatos son más humanos que las personas.

—¿Puedo visitar a sus mascotas? —Ana sonrió.

—Les avisaré —dijo él, llevándose una mano al corazón.

Esa misma tarde, Ana, con un tarro de mermelada de cereza recién hecha, se dirigió a casa de Iván. Lola le había dado una bolsa con empanadillas calientes:

—¡A Iván le encantan mis empanadillas, dice que no ha probado nada mejor!

—¿Viene por aquí? —Ana se sorprendió.

—¡Es invitado en todas partes! Vacunar una vaca, curar un lechón… no le dice que no a nadie. ¡Un alma de Dios! Aunque se ríen de sus gatos, todos lo respetan.

La casa de Iván estaba al final de la calle. Sólida, pero el huerto estaba descuidado; se notaba que al dueño no le importaba. Sin embargo, el patio estaba impecable: gallinas que cacareaban, una buena pila de leña para dos inviernos. Un coche cubierto de polvo daba a entender que Iván apenas lo usaba.

En el porche se acurrucaban varios gatos. Uno, al ver a Ana, se escondió dentro; los demás la miraban con cautela. Ella se quedó quieta, pero la puerta se abrió de pronto y apareció Iván, sonriendo:

—Pensé que no vendría. ¡Pero llegó Lina corriendo, maullando que había visita! —Un gato gris asomó entre sus pies—. Pase, tomaremos algo.

Iván disfrutó de las empanadillas, alabó la mermelada y ofreció a Ana dulces y galletas. Mientras tomaban el café, más de una docena de gatos los observaban desde repisas pegadas a las paredes. Para su sorpresa, no había crías, y tampoco ese olor que tanto temía.

—Los esterilizo —explicó Iván—. Así no marcan, ni se preocupan por tener descendencia. La gente del pueblo también trae los suyos. Y para hacer sus necesidades, salen a la calle, incluso en invierno. Abro la puerta y salen disparados, en cinco minutos están de vuelta. Solo Bigotes… —Levantó a un gato gris con pañal. Bigotes miró a Ana con ojos confiados.

Ella lo tomó en brazos, y el gato se acurrucó contra ella.

—¿Están todos? —preguntó.

—Falta Cazadora —respondió Iván, contando a sus protegidos.

—¿Hace mucho que tiene tantos? —Ana notó que, sin darse cuenta, había empezado a tutearlo.

—Tres años —reflexionó Iván—. Antes no les hacía caso. Tenía a Bigotes, cazaba ratones, dormía junto a la estufaPero todo cambió cuando una noche de invierno, casi perdido, encontré en sus ojos el mismo miedo y la misma necesidad de amor que una vez tuve yo.

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