**Abuela, mía y ajena, pero nuestra**
—Abuela, ¿puedes ser abuela otra vez?
—¿Qué dices, Palomita? No te entiendo.
—Verás, abuela, todos los niños del barrio tienen abuelas. Algunos tienen una, otros dos, y yo tengo cuatro: dos mías y otras dos de mamá y papá. Pero Andri no tiene ninguna. Y me da tanta pena…
—¿Quieres que yo sea su abuela?
—¡Ay, abuela, qué cosas dices! No es que te vaya a prestar, sino compartirte. Para que también le hagas tortitas y le tejas una bufanda para el invierno.
—Ay, mi sol… Andri sí tuvo una abuela, la abuela Nadia. Fuimos amigas desde pequeñas, inseparables, como uña y carne. Pero falleció… en aquel accidente. Justo cuando Andri nació.
—Abuela, ¿por qué lloras?
—Duele, cariño. Ella y su abuelo iban a recoger a la mamá del hospital. Salieron por la mañana, pero un camión enorme, con el conductor dormido, chocó contra ellos… Se fueron así, de golpe. Ay, qué dolor…
—Abuela… No llores. Igual voy a invitar a Andri. Le encantan tus tortitas. Y tejele unos calcetines para Navidad, ¿vale?
—Claro que sí. Pero, Palomita, no le cuentes nada. Si su mamá no se lo ha dicho, será por algo. ¿Tú sabes guardar secretos?
—Sí, abuela. Te lo prometo.
—Eso es mi niña. Ahora ve a jugar, que pronto es la hora de comer.
Salí corriendo al patio y me puse a saltar a la comba. Los chicos competían a ver quién escupía más lejos. Santi ganaba, por su cara de risa, mientras que Kike y Andri fruncían el ceño.
—¡Chicos! ¡Alguien se ha mudado a la casa vacía! ¡Vamos a ver!
—¡El último es un rabo de lagartija!
Salimos como una tromba hacia la calle de al lado. La casa llevaba dos veranos vacía, pero hoy había una furgoneta y hombres cargando muebles. Nos acercamos. Un señor regordete se quitó la gorra, secándose la frente sudorosa:
—Niños, ¿dónde se puede beber agua por aquí?
—¡Yo puedo traerte de mi casa!
—¡O de la fuente!
—¿Nos la mostráis?
—Vamos, os llevamos. ¿Y a quién habéis traído?
—A una señora mayor. Una abuela. Portaos bien con ella, ¿eh? No le queda nadie. Es todo lo que sé.
—¡Nosotros somos buenos! ¿Podemos venir mañana a conocerla?
—Claro, venid.
Nos dispersamos, pero Andri se quedó. Soñaba con ser conductor, hasta le gustaba el olor a gasolina. Se subió al manzano frente a la casa y observó en silencio.
De pronto, una voz sonó justo bajo el árbol:
—Disculpa, niño. No quiero molestar, pero no tengo dónde dormir. He perdido las llaves. ¿Podrías entrar por la ventanilla y abrirnos la puerta?
Andri se quedó quieto, luego asintió.
—Me llamo Andri. Os ayudo. Pero necesito que esos señores me alcen.
Bajó y se encontró frente a una abuelita menuda de ojos bondadosos.
—Andri, ¿qué tipo de empanadillas te gustan?
—¡De membrillo! ¡Y también de cebolla y huevo!
—Lo recordaré. En unos días, trae a tus amigos: habrá empanadillas.
Entró por la ventana y abrió la puerta. La casa estaba polvorienta y vacía. Se rasgó la camisa en algún sitio y se apenó. Mamá se enfadaría. Pero la abuela dijo que la cosería. Y así fue: al día siguiente, parecía nueva.
Desde entonces, Andri tuvo una abuela. Ajena, pero suya. Le tejía manoplas, le leía cuentos, le invitaba a merendar. Hasta su mamá comenzó a visitarla. Hasta que un día, la abuela Lola enfermó.
Andri y yo le hicimos gachas. Yo encendía el fogón, él pelaba patatas. Kike incluso encendió la estufa cuando hizo frío. Los adultos ayudaban, pero Andri la cuidaba más que nadie. Al fin y al cabo, era su abuela.
Ahora tiene una, como todos. Suya. Aunque no fuera de sangre. Pero de corazón… más que nadie.
*Hoy aprendí que la familia no siempre viene del árbol genealógico. A veces, crece en el terreno del cariño.*







