**No Habrá Divorcio**
A los cincuenta años, Diego Martínez apenas tenía canas, pero llevaba un demonio anidado en el pecho. Todo por culpa de ella: Lucía. La conoció por casualidad, cuando visitó la universidad donde daba clases un viejo amigo suyo. El motivo era trivial, pero las consecuencias, trascendentales.
Ella estaba junto a la ventana, jugando con los rayos del sol que brillaban en su pelo castaño dorado. Ojos verdes intensos, figura esbelta, rebosante de vida y audacia… Él, un hombre maduro, de pronto se sintió joven otra vez. Lucía le pareció la encarnación de todos sus sueños: un hada, una sirena, una ninfa. En realidad, solo era una estudiante atractiva, pero eso lo comprendió mucho después. En ese momento, estaba hechizado.
Nunca había sentido una pasión así, ni siquiera por su esposa, Carmen, en sus primeros años de matrimonio. Treinta años juntos, dos hijos, un pasado compartido, una casa, complicidad… Todo eso desapareció de su mente al mirar a Lucía.
Ella, por su parte, no rechazó los avances de un hombre distinguido. Al contrario, los alentó. Para ella, él era una oportunidad. Criada en una familia humilde, que apenas logró entrar en la universidad, soñaba con quedarse en la gran ciudad. Y Diego era su puerta a ese mundo.
—¡Pero es un viejo! —le reprochó su compañera de piso, Marisa—. ¿Estás loca? ¿Crees que podrás vivir con él?
—No es tan viejo —se encogió de hombros Lucía—. Dinámico, con dinero, locamente enamorado. Ya verás, pronto se casará.
Diego se enamoró de verdad. Era cariñoso, generoso, atento. Pero nunca, ni una sola vez, mencionó el divorcio. Lucía esperaba, ilusionada. Sus planes eran sencillos: los hijos de Diego ya vivían lejos, su esposa era sana, llevaban una vida tranquila… Y él tenía dinero. Todo apuntaba a una boda. Pero, de pronto, Diego comenzó a cansarse. Descubrió que el ritmo de una amante joven no era para un hombre maduro. Él prefería verse una vez por semana, en un hotel, y el resto del tiempo estar en casa, con su comodidad, su cocido y su querida Carmen.
Lucía empezó a exigir:
—¿Por qué no podemos vivir juntos? ¡Tienes otra casa!
—Ahí hay inquilinos —mintió él. En realidad, estaba vacía, planeaban reformarla con Carmen. Pero no tenía intención de convertirla en un nido de amor.
—¡Pues alquila otra! ¡Eres un hombre!
Los conflictos se multiplicaron. Y entonces, llegó el golpe.
—Estoy embarazada, Dani —dijo Lucía (sí, así lo llamaba)—. ¿Estás contento?
Diego se quedó helado. Había vuelto antes de un viaje para terminar con ella… y ahora esto.
—Pero dijiste que tomabas precauciones…
—¡Nada es seguro al cien por cien! ¡Pensé que te alegrarías!
No se alegró. Se sintió perdido. Pero se quedó. Nació el niño: Javier. Diego ayudó: con dinero, visitas, atención. Pero Lucía quería más.
—¡Estoy harta de ser la otra! ¡O se lo dices a tu mujer, o lo hago yo!
No tuvo tiempo de decidir. Lucía tomó las riendas. A los pocos días, su esposa lo confrontó:
—¿Resulta que tienes un hijo y te vas a casar? ¿Es verdad?
—Carmen, no es así… Te lo explicaré…
—Te lo digo ahora mismo: no habrá divorcio —dijo ella con calma, pero firme—. No voy a tirar treinta años de familia por una estudiante cualquiera.
Diego sintió alivio. No por evitar la separación, sino porque ella todavía quería salvar su familia.
—Te quiero, Carmencita. Perdóname. Fue una locura, no sé qué me pasó…
—Pero el niño no tiene culpa —añadió ella—. Nos lo quedamos. Y con esa… te despides para siempre. Entonces, te perdono. De verdad.
Diego no daba crédito. Pero su esposa, como siempre, había pensado en todo. Lucía, agotada por el bebé, sin ayuda ni apoyo, aceptó con alivio cuando él le propuso la solución:
—Quiero que Javier viva con nosotros. Podrás retomar tus estudios, tu vida. Nos haremos cargo.
—Perfecto —respondió ella, indiferente—. Pero después, no reclames nada.
El trámite de custodia fue rápido: el padre reconocido, la madre sin objeciones. Javier se mudó. Carmen lo cuidó, pero con distancia. Diego esperaba que el tiempo lo arreglara todo. Pasó un año.
Y entonces, el rayo en cielo despejado.
—Pido el divorcio —anunció Carmen al volver de un viaje—. Conocí a alguien. Y entendí que solo soy feliz con él.
—¿Qué alguien?
—Álvaro. Vive en otra ciudad, pero se muda conmigo. Tú… te quedas con la casa. Es justo.
—Pero dijiste que…
—Entonces lo creía. Pero el amor no se puede forzar. Perdóname.
Se fue. Dejándole a Javier y al pasado. Intentó volver con Lucía, pero ella solo se rio:
—Ya tuviste tu oportunidad, Dani. Yo… tengo mi libertad. Ahora vive como quieras. Pronto me caso.
Se quedó solo. Con un hijo al que ya amaba. Sin esposa, sin amante, pero con la sensación callada de que, tal vez, eso era justicia.






