A los 16 lleva a casa a su novia embarazada, un año mayor que él.

*15 de marzo, 2024*

Él solo tenía dieciséis años cuando la llevó a casa… Una chica, embarazada desde hacía tiempo, un año mayor que él.

Lucía estudiaba en el mismo instituto, pero en otro curso. Durante días, Álvaro observó cómo esa desconocida, acurrucada en un rincón, lloraba en silencio. No pasaron desapercibidos para él su incipiente barriga, la misma ropa durante semanas y esa mirada vacía, sin esperanza.
Resultó que casi todos conocían su historia… El nieto de un hombre influyente en la ciudad había salido con ella y luego desapareció, diciendo que se iba por trabajo a otra provincia. Sus padres ni la reconocían ni querían saber nada de ella. Se lo dejaron claro.
Y su propia familia, como en la Edad Media, temiendo el “qué dirán”, la echó de casa y se fue a una casa rural. Unos la compadecían; otros reían a sus espaldas.
*”Es su culpa. ¡Hay que pensar antes de actuar!”*
Álvaro no podía quedarse de brazos cruzados. Lo pensó bien y se acercó.
—No será fácil, pero deja de llorar. Te propongo venir a mi casa. Nos casaremos. Pero te aviso: no sé mentir ni voy a hacerte caricias vacías, ni a ti ni al niño. Solo intentaré estar ahí y te prometo que todo saldrá bien.

Lucía se secó las lágrimas y lo miró. ¿Qué podía decir? Un chico normal, sin pretensiones. ¡Y ella había soñado con otro tipo de hombre! Pero en su situación, no había opción. Así que Lucía aceptó.
Sus padres quedaron en shock. Su madre le rogó que recapacitara, pero él fue firme:
—Mamá, no te preocupes tanto, todo irá bien. Tengo dos becas, la normal y la social. Y voy a buscar un trabajo. ¡Lo sacaremos adelante!
—¡Pero querías seguir estudiando!
—¿Y qué? Vivimos decentemente. Papá lleva toda la vida en la fábrica, tú en la tienda. La gente vive sin carrera universitaria. Mamá, ¡esto no es el fin del mundo!

Lucía se instaló en su habitación. Él le cedió su cama y se mudó a un incómodo sofá cama. Durante cinco días, fue como una sombra: lo acompañaba callada al instituto y de vuelta a casa. Hasta que estalló.
—¡Estoy harta! ¿Por qué tus padres me miran mal? No les caigo bien. ¡Y tú nunca estás conmigo! O estudias o te vas…
Álvaro se sorprendió.
—¿No crees que es normal? Sí, no les agradas, pero te aceptaron y no te maltratan. ¿Tus familiares? Ni te quieren ver. ¿Y los padres del padre de tu hijo? ¿Dónde están? Estudio porque no quiero echarlo todo a perder en primero. ¿Y lo de irme? Es que trabajo. No me interesan tus telenovelas cursis.
Ella rompió a llorar.
—¿Por qué eres así?
—¿Cómo? Te dije que no sé mentir. Por cierto, ¿cuándo vamos a pedir cita en el registro civil?

—No puedo ir así. Cómprame un vestido bonito, de talle alto, que no se note la tripa.
—¿Estás bien de la cabeza? Llevaremos el certificado de embarazo. ¿Vestido? Necesito ahorrar para el carrito y la cuna…

Su madre recurrió al Valium y la tila, pero poco a poco se resignó. Cada vez miraba más ropa de bebé. Al fin y al cabo, ¿qué había de malo? Que vivieran, se casaran. Ellos ayudarían en lo que pudieran. Aunque la chica era ingrata: descontenta con Álvaro, con ellos, con el piso pequeño. Bueno, quizá cambiaría al dar a luz.

Pero Lucía no cambió. Cuando Álvaro llegó sucio y sudado del lavadero con una gata callejera, ella enrojeció de rabia y gritó:
—¡Eres imbécil! ¿Para qué queremos esa gata sarnosa? ¡Fuera de aquí!
Él contestó:
—No. Va a tener gatitos. Se queda. Mejor cállate y caliéntame algo de comer.

—¡Ah, ¿así?! —casi chilló—. ¡Elige! ¿Ella o yo? ¡Hasta la gata me mira mal!
—¿Por qué? —frunció el ceño—. Esto es mi casa y no tengo que elegir. Es mi gata. Si no te gusta, te vas. Ni mi madre me ha dado un ultimátum así. Quizá deberías dejar tú de mirar a todos con recelo.

Lucía lloró, tuvo una rabieta, celó de una gata flaca y pelada. ¿Dónde veía Álvaro que iba a parir? Pero era cierto: pronto nacieron cuatro gatitos. Él ayudó en el parto, sin dejar que sus nerviosos padres se acercaran. Vigiló, habló en voz baja, listo para llamar al veterinario si algo iba mal.
Todo salió bien. Les cambió el mantel, puso agua y comida. Cansado, se fue a dormir. En el ajetreo, olvidó que ese día también cumplía años.

Ahora tenía diecisiete…

*Lección aprendida: a veces, quienes menos esperas son los únicos que se quedan. Y a veces, las promesas rotas duelen menos cuando tienes cuatro ronroneos que te recuerdan que la lealtad no siempre lleva nombre de persona.*

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A los 16 lleva a casa a su novia embarazada, un año mayor que él.