Antes de la boda, me llevaba en volandas, y después… como si se hubiera dejado de quererme.
Cuando conocí a Alejandro, pensé que me había tocado la lotería. Era justo el hombre que describen en las novelas románticas: atento, cariñoso, detallista. No solo se interesaba por mí, vivía por mí. Llamadas a todas horas: «¿Cómo estás, cariño?», «¿Te has abrigado bien?», «¿Has comido hoy?». Si el cielo se ponía negro y empezaba a llover, ya estaba en la puerta de mi trabajo con un paraguas. Cada mañana, en mi mesa, aparecía un ramo de flores: tulipanes, rosas, margaritas… Mis compañeras me envidiaban, y yo no me creía mi suerte.
Era como estar envuelta en un calor constante. Paseábamos de noche, cogidos de la mano, hablando tonterías como dos críos. Y luego llegó la propuesta: clásica, de rodillas, con anillo y todo, en ese café de Madrid donde tuvimos nuestra primera cita. Hasta viajó a Sevilla para conocer a mis padres. Tan formal se lo tomó. Yo flotaba de felicidad, como si estuviera viviendo una película donde yo era la protagonista.
Pero el cuento de hadas se acabó en cuanto salimos del registro.
Al principio, los cambios fueron sutiles. Desaparecieron los mensajes matutinos, las llamadas de «¿Qué tal, mi amor?». Las flores se esfumaron, como si nunca hubieran existido. Los besos se volvieron mecánicos, como si cumpliera una obligación, no un deseo. Antes no podía apartar la mirada de mí; ahora, ni se fijaba.
Y en casa… en casa, se cerró en banda. Donde antes se ponía manos a la obra para arreglar lo que fuera, ahora solo respira hondo y suelta: «Si hace falta, llama a un profesional». O peor: «Tú lo querías, tú te lo guisas». Ni friega los platos, ni barre, ni clava un maldito clavo. Y eso que antes de casarnos alardeaba de que era capaz de levantar una casa con sus propias manos.
No entiendo qué ha pasado. Yo sigo igual: delgada, arreglada, guapa. Los hombres aún se giran cuando paso. Pero él… como si yo fuera invisible. Como si me hubiera convertido en algo cotidiano, aburrido… prescindible.
Mi madre dice: «Es lo normal, hija. El matrimonio no es cuestión de romanticismos. Lo importante es que tiene trabajo, que trae dinero a casa. No bebe, no sale de juerga… Aprecia lo que tienes». Pero yo no quiero conformarme. No acepto vivir con un hombre que solo existe a mi lado. Quiero sentirme amada. No ser un mueble más en su vida.
Ayer por la noche intenté captar su mirada. Ni se dio cuenta. Estaba pegado al móvil, deslizando la pantalla, sonriéndole a algún hilo de Twitter. Y en ese momento, algo se me revolvió por dentro: ¿y si hay otra? ¿Y si esa es la razón de su indiferencia, de su distancia? ¿De verdad me habrá traicionado?
No quiero creerlo. Pero… ¿y si tengo razón?
¿Cómo hablo con él? ¿Cómo le saco la verdad? Porque lo quiero. A pesar de todo, lo quiero. No estoy dispuesta a cedérselo a otra. Pero… perdonarle una infidelidad, si la hay, no sé si podría. Chicas, ¿alguien ha pasado por esto? ¿Qué hacéis cuando vuestro marido es dos personas distintas antes y después del matrimonio? ¿Cómo escapas de esta sensación de que solo eres un adorno en su vida? No sé qué hacer… pero seguir callada ya no es una opción.







