Ese viernes salí de El Paso a las cuatro y media. El tráfico en la I-10 estaba pesado, como siempre. Encendí la radio y busqué una estación de música tejana. El locutor hablaba del calor: 38 grados, humedad cero. Pasé por Alamogordo y paré en una gasolinera. Llené el tanque: 3.89 por galón. Adentro compré un café grande y un burrito de chorizo. La señora de la caja tenía las uñas pintadas de rojo brillante. Me dio el cambio y me dijo: "Que Dios te acompañe, mija."
Volví a la carretera y seguí hacia el norte. A medida que subía, los cactus fueron desapareciendo y aparecieron los pinos. Bajé la ventana y entró aire frío con olor a resina. Ese tramo siempre me despejaba. Después de una semana de llamadas y reportes, lo único que quería era llegar a mi cabaña, empujar la puerta y no hablar con nadie.
Tomé la salida hacia Ruidoso y luego el camino de tierra. La troca de mi vecino estaba estacionada afuera, y su perro Chato, un chihuahua gordo, salió corriendo a ladrarle a mi carro. Le toqué el claxon y siguió. Dos curvas después, vi el portón.
Y frené.
Había dos carros estacionados frente a la entrada. El Honda gris de mi suegra, Carmen. Y una camioneta azul que no reconocía. Del techo de la cabaña salía humo. Se oían voces, risas, el ruido de una hielera.
Apagué el motor. Me quedé sentada un minuto, con las manos en el volante. Luego tomé las llaves y caminé hacia la cerca.
En el patio, mi suegro Raúl estaba junto al asador, volteando carne. Mi suegra Carmen estaba sentada a la mesa que yo había pintado de blanco en abril. Mi cuñada Camila platicaba con una mujer desconocida, y mi esposo Esteban estaba recargado en la pared, con el teléfono en la mano.
Esteban me vio primero. Su cara cambió, pero no de vergüenza. De fastidio.
—Mariana, ¿por qué no avisaste que venías? —dijo, guardando el teléfono.
Me detuve en medio del patio. Observé el asador. La mesa llena de comida. A Camila. A la desconocida. Luego lo vi a él.
—Porque es mi casa, Esteban. No tengo que avisar.
Carmen se levantó de la silla.
—Mija, no empieces. Solo vinimos a pasar el fin de semana.
—¿Y quién les dio permiso?
—Esteban dijo que no había problema.
—Esteban no es el dueño de esta casa —respondí. Giré hacia mi esposo—. ¿Sabías que iban a venir?
—Sí. Pero, Mariana, son mi familia. No pensé que necesitaran permiso.
—Pues ahora lo piensas. Porque yo nunca lo di.
Subí al porche, metí la llave y entré. En la sala, dos chamarras tiradas en el sofá. En la cocina, la estufa encendida, ollas sucias, bolsas de mercado por todos lados. En el cuarto chico, la cama de Camila estaba tendida, con sus cosas encima.
Salí al patio. Todos me estaban viendo.
—Recojan sus cosas. Se van hoy.
Carmen alzó la voz.
—¿Nos estás corriendo? ¡Es una casa de la familia!
—No. Es mi casa. La compré con mi dinero. Está a mi nombre. Ustedes no pidieron permiso. Y ya van varias veces.
Raúl dejó las pinzas y se limpió las manos en el mandil.
—Mariana, estás exagerando. Antes nunca nos habías dicho nada.
—Le dije a Esteban muchas veces. Él no les avisó. —Volteé a ver a mi esposo—. ¿Verdad que sí te dije?
Esteban soltó un suspiro pesado.
—Ay, Mariana, son detalles. Mi mamá solo vino a descansar.
—A descansar en mi casa. Sin mi permiso. Y tu hermana trajo hasta una amiga. —Señalé a la mujer desconocida, que ya estaba agarrando su bolsa—. ¿Usted quién es?
La mujer se puso roja.
—Soy amiga de Camila. No sabía que era la casa de su cuñada. Me voy.
Se fue rápido hacia la camioneta azul. Camila la siguió.
—¡Espérame, no me dejes aquí!
Carmen me miró con los ojos llenos de rabia.
—Siempre fuiste una sangrona. Crees que por tener dinero te puedes poner así.
—No es por dinero, Carmen. Es por respeto. Y ahora, sus llaves. Las vi cuando Esteban se las dio en marzo.
Carmen se quedó helada. Metió la mano al bolsillo del abrigo, sacó un llavero y lo puso sobre la mesa. Raúl sacó otro de su chamarra. Esteban no se movió.
—También tú —le dije—. Dame tu llave.
—Mariana, no me hagas esto.
—Tu llave, Esteban.
Me la entregó sin voltearme a ver.
—Esto no se va a quedar así —dijo Carmen, mientras subía al carro.
—Seguro que no —respondí—. Porque desde mañana voy a cambiar la cerradura.
Se fueron en una nube de polvo. Me quedé parada en el patio, escuchando cómo bajaban el motor. Luego entré, junté la basura, lavé los platos, desorrí las cortinas y empujé las ventanas. Puse a calentar agua para té. Cuando por fin me senté en el porche, ya había oscurecido. El aire olía a pino y a leña.
Chato, el perro del vecino, se acercó a la cerca y se echó a mis pies.
Y ahí, con la taza en las manos, me acordé de todo.
Mi tío Raúl vivía en California. No lo veía desde que yo era niña. Un día sonó el teléfono y una abogada me dijo que él había muerto. Me dejó 180,000 dólares. Lloré un poco, no por el dinero, sino por lo poco que lo conocí.
Al principio no sabía qué hacer con tanto. Luego vi una cabaña en Ruidoso. Ciento cuarenta y cinco mil. La pagué al contado. La escritura quedó a mi nombre. Esteban me acompañó a verla y dijo: "Está bonita, mi amor. Cómprala."
Nunca puso un peso.
El primer verano fue mío. Yo sola iba los fines de semana. Leía, pintaba la mesa, plantaba flores. Esteban subía a veces. Le gustaba, pero siempre tenía trabajo. Después empezaron las llamadas.
"Mija, ¿podemos ir el fin de semana? Tu suegro anda mal de la espalda y el aire de montaña le hace bien."
Esa vez dije que sí. Le di la llave a Esteban. Se fueron sábado y domingo. Devolvieron la llave. Yo pensé: "Qué bonito, ya tienen dónde descansar."
La segunda vez pidieron permiso otra vez. Les dije que sí. La tercera, ya no preguntaron. Llegaron un miércoles. Yo subí el viernes y encontré la cocina sucia, el refrigerador vacío, una almohada que no era mía en el sofá.
Llamé a Esteban.
—Ah, sí, mis papás estuvieron ahí. Les dije que tú no te enojarías.
—No me preguntaste.
—Ay, Mariana, es mi familia.
Así empezó.
Después vino la vez que mi suegra movió los muebles. El sofá lo puso contra la pared, la mesa del centro afuera. Cambió mis cortinas por unas que ella trajo.
—Es que no entraba bien la luz —dijo Esteban.
—¿Y mi tabla de picar de bambú?
—No sé, la pusieron por ahí.
La busqué dos días. Nunca apareció.
Luego Camila empezó a subir con sus amigas. Una vez dejó su maquillaje en el baño y unos jeans en mi clóset. Los encontré cuando fui a colgar mi ropa. Los saqué y los puse en una bolsa.
—Se le olvidaron —dijo Esteban.
—No es su casa, Esteban. No puede dejar sus cosas aquí.
—No seas exagerada.
En invierno, fui después de una nevada. La carretera estaba helada. Llegué cansada, muerta de frío. Empujé la puerta y vi que el comedor estaba en el pasillo. Mi silla favorita, en la cocina. La chimenea encendida con leña que yo había cortado en octubre.
—¿Quién estuvo aquí?
—Mi mamá vino con mi hermana. Pensaron que estaría más cómoda la sala así.
—¿Y por qué no me pidieron permiso?
—¿Para qué? Es tu casa, pero no pasa nada.
Esa vez discutimos fuerte. Le dije que ya no iba a tolerar más. Él prometió hablar con su mamá. Yo le creí.
Pasaron tres meses. Nada. Hasta ese viernes.
El domingo regresé a El Paso. Esteban me esperaba en la sala.
—Tenemos que hablar.
—Sí.
Discutimos tres horas. Al final le dije:
—Ya no quiero seguir casada contigo.
Él se rió.
—No digas tonterías. Es solo una cabaña.
—No es la cabaña. Es que nunca has respetado lo que es mío.
—Eso no es cierto.
—Lo es. Y ya me cansé.
Contraté a una abogada. Ella me explicó que la cabaña no entraba en la división de bienes, porque la compré con herencia y estaba escriturada solo a mi nombre. Esteban se fue de la casa en abril. Antes de salir, me preguntó:
—¿Estás segura?
—Sí.
El divorcio salió en junio.
El primer viernes después del divorcio, subí a Ruidoso. Llamé a un cerrajero en Alamogordo. Le pagué 160 dólares por cambiar la chapa del portón y la de la puerta principal. Me dio tres llaves nuevas. Las metí en mi bolsillo.
Esa noche, encendí la chimenea, serví una copa de vino y me senté en el porche a leer. El aire estaba fresco. Los grillos cantaban. No había nadie más.
A las nueve, oí un carro. Las luces alumbraron la cerca. Era el Honda gris de Carmen.
Se estacionó. Bajó. Caminó hacia el portón, metió la llave, la giró. Nada.
La sacó, la volvió a meter, la forzó.
—¡Mariana! —gritó—. ¡Abre!
No me moví. Pasé la página del libro.
Carmen volteó hacia la cabaña. Vio la luz del porche. Me vio sentada.
—¡Te dije que esto no se iba a quedar así! —gritó, golpeando la cerca—. ¡Esteban es mi hijo! ¡Esta casa también es de él!
Solté la copa en la mesa. Tomé mi teléfono. Marqué un número.
—¿Bueno? —contestó la operadora del 911.
—Quiero reportar a una persona en mi propiedad privada. Está intentando forzar la cerradura.
Carmen me oyó.
—¡Estás loca! ¡Voy a llamar a mi hijo!
Se subió al carro y arrancó, tirando grava.
Yo colgué. Puse el teléfono boca abajo en la mesa. Levanté mi libro.
La página estaba en el capítulo siete. No recordaba hasta dónde había leído. Volví a leer el primer párrafo. Luego respiré hondo.
Ahora sí era mi casa.







