# Un mes para pensar: no volví

La tarde del último domingo de junio, Roberto apagó el televisor y me dijo que me fuera. Así, con el partido de los Vaqueros todavía en la segunda mitad, mi esposo se levantó del sillón, se acomodó sus shorts viejos y me apuntó con el control remoto.

—Vete con tu madre un mes —dijo—. Piensa en tu actitud.

Yo acababa de llegar de un turno de doce horas en la farmacia CVS de Bandera Road. Traía dos bolsas del HEB en la mano y la nuca pegada de sudor. Afuera hacía ciento dos grados. Roberto llevaba tres días sin sacar la basura porque, según él, ese no era su trabajo.

—¿Un mes entero? —pregunté, dejando las bolsas sobre la mesa.

—Un mes. Y no me llames hasta que estés lista para disculparte.

No lloré. Fui al cuarto, bajé la maleta del estante y empecé a doblar mi ropa. Él caminaba detrás de mí, de un lado a otro, como un gallo en un corral ajeno. Afuera, el perro de los vecinos se puso a ladrar cuando metí la maleta al carro.

—Una mujer sin guía firme pierde el rumbo —decía Roberto—. La familia se sostiene por la autoridad del hombre. Sola no vas a aguantar ni una semana en casa de tu madre.

Yo fui la que sostuvo veintitrés años esa casa. La que pagaba la mitad de la hipoteca, la que llenaba el refrigerador, la que recogía el cabello de la regadera, la que le recordaba cuándo tenía cita con el dentista. Y la que cada sábado manejaba hasta Converse para cortarle el césped a doña Carmen, su madre, y después pasaba por Yolanda, su hermana, para prestarle dinero para la gasolina. Porque «pobrecita, con los tres niños y el marido enfermo».

—Sola me va a ir mejor, Roberto —dije y cerré el cierre de la maleta.

Él se rió, de esa risa rara que le salía cuando yo hablaba de cansancio.

—Eres una ingrata. Ya vas a ver.

Manejé hasta el sur de la ciudad. Mi madre, doña Rosario, vive en una casa de madera cerca de la misión de San José. El patio huele a hierbabuena y a libro viejo, y un gato amarillo duerme todo el día sobre la barda. Esa noche me sirvió café de olla y me escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se quitó los lentes y los dobló sobre el periódico del domingo.

—Ese hombre no te castiga, mi’ja. Te está haciendo un favor —dijo—. Una amiga mía tiene un departamento vacío a dos cuadras de tu farmacia. Está chico, pero limpio. Paga de contado y no necesitas aval.

Dos días después, estaba yo sentada en un colchón nuevo, en un departamento de un cuarto en la Avenida Nogales. El primer sábado desperté a las ocho, no a las cinco y media. No preparé huevos con chorizo para nadie. No escuché el teléfono de doña Carmen diciendo que se le acabó la presión y que Yolanda no podía ir porque los niños tenían partido de soccer. Nadie me pidió que lavara uniformes.

Salí al balcón con una taza de café y me senté a ver los carros. En la panadería de la esquina olía a pan de elote recién hecho. Y yo me quedé ahí, viendo pasar el camión de la línea 42, sin prisa.

La primera que notó el cambio fue mi amiga Cecilia, del turno de la tarde.

—Maribel, se te ve diferente —dijo—. Como que te quitaste diez años de encima.

Cecilia me llevó a la alberca municipal de Woodlawn Lake. Llevábamos veinte años trabajando juntas y nunca habíamos hecho algo así por mi culpa: yo siempre tenía que ir a casa a servir de comer. Esa tarde me metí al agua y sentí la espalda ablandarse como no la sentía desde hacía una década.

A mediados de julio, el dueño de un centro de bienestar entró a la farmacia. El señor Mendoza, un hombre de setenta años que venía cada quince días por vitaminas para sus empleados. Me preguntó por unos suplementos de hierro, y yo le expliqué lo de no mezclarlos con lácteos y lo de la vitamina C para la absorción. Él se quedó callado un momento, con la caja en la mano.

—Maribel, usted sabe más de lo que le toca —dijo—. Voy a abrir un dispensario en mi centro. ¿Le interesa dirigirlo?

Fui a la entrevista con mi diploma y mis certificados. Empecé el primer lunes de agosto como encargada, con un sueldo doscientos dólares más alto por semana y un bono al terminar el trimestre.

Mientras tanto, la casa en el lado norte se estaba cayendo. A la tercera semana, Yolanda llamó.

—¿Sabes cuánto cobra una señora que limpie? —gritó—. Mi mamá no puede con la casa. Roberto come pura comida congelada. Y yo ya no pude pagar la troca porque nadie me prestó los ochocientos que me hacían falta.

—Yolanda, yo no soy tu banco —le dije—. Habla con tu hermano.

—¡Eres una egoísta! ¡Mi hermano perdió los mejores años contigo!

Me colgó. Yo me quedé viendo mi teléfono, con las uñas recién pintadas de color rojo mexicano.

Justo cuando se cumplió el mes, Roberto llamó. Su tono era el de siempre: el de un patrón que perdona a la empleada.

—Ya, Maribel. Pensaste, y ya. Vuelve. Te encargué una pizza, no cocines hoy.

—Déjame ver —dije—. Llego en una hora.

Fui a mi antiguo hogar después del turno. En la entrada olía a cebolla vieja y a un bote de basura que llevaba días sin sacarse. Doña Carmen estaba en el sofá, abanicándose con una revista de cupones. Roberto veía un partido de los Astros de Houston, con las piernas estiradas y una lata de Big Red en la mano.

Yo no me quité la gabardina. Entré hasta el centro de la sala.

—¿Ya vienes a disculparte? —preguntó Roberto.

—No. Vengo a notificarte tres cosas.

Saqué del bolso una carpeta azul. La dejé sobre la mesa de centro.

—Primero: ayer pagué un departamento por seis meses adelantados. Aquí ya no vuelvo a vivir.

Roberto se enderezó. Doña Carmen dejó de abanicarse.

—Segundo —continué—: hoy por la mañana fui al banco. La cuenta conjunta tenía treinta y dos mil dólares. Transferí mi mitad, dieciséis mil, a una cuenta nueva que está a mi nombre. Aquí está el comprobante.

Señalé la hoja. Roberto la tomó. Le temblaban los dedos.

—Eso es un robo —dijo.

—Es derecho conyugal, Roberto. La cuenta era de los dos.

Doña Carmen se puso de pie.

—¡Tú te casaste ante Dios! —gritó—. ¡Servir a tu esposo es tu deber!

—Doña Carmen —dije, sin subir la voz—, el deber no es un cheque en blanco. Usted quiere una enfermera, llame a su seguro. Yo ya no soy empleada de esta casa.

Roberto se levantó del sillón. Se paró frente a mí, muy cerca, con la lata de Big Red todavía en la mano.

—¿Y la casa? —preguntó—. Esta casa es mía.

—Esta casa está a nombre de los dos. Y el abogado ya presentó la petición de divorcio. El expediente está en la carpeta. El juez va a decidir si vendemos la casa o si tú me compras mi parte. La valuación dice doscientos noventa y ocho mil dólares. Mi mitad es ciento cuarenta y nueve mil.

Roberto se quedó mirando la carpeta. Pasó las hojas una por una. Doña Carmen se acercó por detrás y le arrancó una hoja de la mano.

—¿Y con quién te crees que vas a vivir? —me gritó—. A tu edad, ¿quién te va a querer? ¡Regresa con mi hijo, que tienes suerte de que te aguante!

Yo me di la vuelta. En la puerta, me detuve un segundo.

—El bote de basura está lleno, Roberto. Mañana pasa el camión a las seis de la mañana.

Salí. La puerta se cerró detrás de mí. Afuera, el aire de la noche estaba caliente, como suele estar en San Antonio en agosto. Me subí a mi Honda, puse la carpeta en el asiento del copiloto y encendí el aire. Los faros alumbraron la calle. Y manejé hacia mi departamento, hacia mi nombre, hacia la cuenta con dieciséis mil dólares y una casa a la que nadie me iba a volver a pedir que sacara la basura.

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