Volveré pronto…

“Vuelvo pronto…”

A la salida del metro se había formado un atasco. Afuera caía una lluvia intensa. Los afortunados que llevaban paraguas se detenían en la puerta para sacarlos de sus bolsos, mientras que los que no los tenían dudaban en salir al agua. Pero la gente empujaba desde atrás, obligando a los rezagados a salir bajo la tormenta.

Saca el paraguasdijo Javier, ya en el umbral.

No tengorespondió Lucía, desconcertada, incapaz de resistir la presión de la multitud.

Esta mañana te avisé de que lloveríamasculló Javier, ya empapado, mirando con frustración hacia la puerta del metro.

Iba con prisa, se me olvidó… Tú podrías haberlo traído. Además, tu paraguas es grande, cabríamos los dosreplicó ella.

Bueno, no somos de azúcar, no nos vamos a derretirdecidió Javier, alejándose con paso firme mientras Lucía intentaba seguirle.

Precisamente por eso. Ayer lo cargué todo el día y ni una gota. El tuyo es plegable, ¿por qué no lo llevabas en el bolso?refunfuñó él camino a casa.

Lo estaba secando…

Caminaban discutiendo, alzando la voz para superar el ruido de la lluvia.

Siempre tienes excusas para ti, pero a mí me echas la culpa de todoprotestó Lucía, harta de la pelea.

No te culpo, solo dije…

Lo dijiste de manera que me sentí culpable otra vez. ¿No podrías decirlo de otra forma, sin reproches? O mejor, callarte. Estoy harta de tus críticas. Conviertes cualquier tontería en un drama mundialse quejó ella, dolida.

¿Llamas tontería a esta lluvia?preguntó él sin volverse. Solo dije…

Ay, no empieces otra vez. ¡Basta! Estoy hartalo cortó Lucía.

Jadeaba por el paso rápido, y su voz temblaba.

Javier siguió rezongando, pero ella dejó de responder, y al poco él también calló. Lucía sabía que no tenía razón, pero la lluvia… La ropa se le pegaba al cuerpo, el agua le escurría por el pelo.

¿Cuándo había empezado esto? Pequeñas peleas, reproches constantes. ¿O siempre fue así? Quizá. Antes ella cedía, apagaba la chispa antes de que se convirtiera en fuego.

Un hombre pasó frente a ellos. Tampoco llevaba paraguas, pero caminaba como si disfrutara la lluvia, con las manos en los bolsillos del vaquero. El corazón de Lucía se aceleró antes de que su mente reconociera el rostro. ¡Álvaro!

No podía apartar la vista de él. Él también la miró, pero al cruzarse, desvió la mirada. ¿Qué significaba eso? ¡Era él! No podía equivocarse. Pero pasó de largo, ni siquiera la saludó. ¿Y si estaba equivocada? Había mucha gente parecida. Lucía inspiró bruscamente. Se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero al menos su rostro ya estaba mojado por la lluvia.

¿Lo conoces? ¿Por qué te miraba así?Javier se inclinó, intentando verle la cara.

No. Se habrá confundidomintió Lucía después de una pausa.
*”Pero ¿por qué fingió no reconocerme?”*, la pregunta le quemaba el alma.

Mientes. Se miraron como si… Parecías haber visto un fantasma.

*”Porque lo hice”*, pensó Lucía, pero en voz alta dijo:

Se parece a un compañero de la universidad. Me equivoqué. Viste que ni siquiera me saludóintentó sonar tranquila, aunque por dentro hervía. ¿Me estás celando?Quiso convertirlo en broma.

Parezco molestainsistió Javier.

¡Basta de interrogarme! ¡No. Lo. Conozco!gritó Lucía, perdiendo los estribos.

*”Tiene razón, vi un fantasma. ¡Intenté olvidarlo! Pero si él fingió no verme, yo tampoco quiero saber de él. Me traicionó…”*

Admite que hubo algo entre ustedes, reaccionas así por algodijo Javier con falsa indiferencia.

¿Qué quieres lograr? Déjalo yasuplicó Lucía.

Por fin llegaron a casa.

Yo entro primero a la duchaanunció Lucía al entrar, escurriéndose hacia el baño.
Javier murmuró algo, pero ella abrió el grifo para no oírlo. *”¡Qué aspecto! Y él me vio así. No es raro que pasara de largo. Todo por esta maldita lluvia…”* pensó, mirándose al espejo.

Se quitó la ropa empapada, la tiró a la lavadora y volvió a mirarse. Su figura seguía esbelta, el pecho firme, sin arrugas. Se alegró de sus pestañas negras y espesas; casi no usaba maquillaje. *”No me faltaban manchas de rímel como una serpiente de anteojos. Pero no, no estoy mal… Él, en cambio, ha cambiado. Más maduro, rasgos más duros…”*

Entró en la bañera y dejó que el agua caliente la relajara. No podía escapar de los recuerdos…

***

Lucía se acercó al tablón de notas. Los aspirantes abarrotaban el lugar. Entre tantos chicos altos, no veía nada.

¡Déjenme pasar!empujó, impaciente.

Pasacedió el sitio un chico.

Encontró su apellido, pero los empujones la distraían y tuvo que buscarlo varias veces. No había error; estaba admitida. Logró salir de la multitud.

Enhorabuenaoyó a su lado.
Era un chico desconocido.

Gracias. ¿Tú también entraste?preguntó alegre.

Sí. Así que seremos compañeros.

Genialsonrió Lucía.

En septiembre se saludaron como viejos conocidos. Estaban en grupos distintos, pero coincidían en clases y en el comedor. Álvaro la miraba, sonreía, pero no daba el paso. «Hola. ¿Qué tal? Adiós». Eso era todo.

El primer curso terminó, llegaron los exámenes. Lucía salió de la universidad y vaciló. Una nube negra cubría el cielo, y ella no llevaba paraguas. *”¿Espero? ¿O llego a casa antes de que empiece?”*

¡Vaya!Álvaro salió tras ella.

¿Tienes paraguas?preguntó Lucía.

No. Pero llegamos. Vamos rápido.

A trescientos metros, cayeron las primeras gotas.

Corre, va a empeorar. Ahí está mi casaÁlvaro la tomó de la mano y echaron a correr. La lluvia arreciaba.

Al entrar en el portal, estaban empapados.

¿Hay alguien en tu casa?preguntó Lucía, subiendo tras él.

Mi madredijo él al abrir, pero al ver su expresión, rió. Entra. Era broma. Está trabajando. Ve al baño, te traeré ropa seca.

Minutos después, pasó una camiseta y una toalla por la puerta. Cuando Lucía salió, Álvaro ya estaba vestido y servía té humeante. Había preparado unos bocadillos.

Te queda biensonrió al verla. Su camiseta le llegaba como un vestido.

Hablaron mientras tomaban el té. Álvaro le contó que su padre había muerto hacía tres años; vivía solo con su madre.

Tienes muchos libros. ¿Lees?preguntó Lucía

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MagistrUm
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