Vivo en una calle pequeña cerca de un instituto, y ahora como cada septiembre el bullicio ha vuelto: chicos con mochilas enormes, camisas abiertas, risas, madres apresuradas, bicis que dejan a los estudiantes en la esquina. Para muchos, esto es lo de siempre. Para mí, es como un golpe en el pecho. Hace tres años mi hijo, que estaba en segundo de bachillerato, falleció, y desde entonces esta época es la más dura para mí.
Mi hijo tenía dieciséis años. Aquella noche salió a cenar con los amigos y luego estuvieron un rato en el parque. A las diez de la noche cruzó la calle para volver a casa. Yo lo esperaba despierta, como siempre. Un conductor, borracho y temerario, se saltó el semáforo rojo. Ni frenó, ni paró. Mi hijo no tuvo tiempo ni de reaccionar. Cuando me llamaron del hospital, sentí como si el cuerpo se me vaciara. Me quedé muda, como si no entendiera lo que me decían.
He perdido a mis padres. Esa pena era fuerte, sí, triste. Pero nada se compara a enterrar a un hijo. Eso va contra la naturaleza. Sentí rabia, impotencia, culpa todo junto. Me preguntaba por qué le dejé salir, por qué no le mandé un mensaje para que volviera antes, por qué Dios permitió aquello. Pasé meses discutiendo con Dios. Me arrodillaba, lloraba, me quejaba, le decía que no era justo, que me lo arrebató sin avisar.
Desde hace muchos años tengo una papelería. Es de lo que vivo. Vendo cuadernos, lápices de colores, bolígrafos, hago fotocopias, impresiones, recargas, y también trabajo como agente bancario, así que entra y sale gente todo el día. Antes atendía a los estudiantes con alegría. Ahora cada uniforme me recuerda al suyo. Cada niño que compra cuadernos me lleva de vuelta a los que compraba para él. Hay veces que estoy haciendo copias y de repente los ojos se me llenan de lágrimas.
El primer año después de que se fue, casi cerré el negocio. No tenía fuerzas ni para subir la persiana. Me obligaba a levantarme porque había que comer, pagar el alquiler y las facturas. Muchas veces atendía a la gente con una sonrisa fingida y el corazón roto. Hubo días en que entraban chavales riendo y yo apenas podía contener el llanto.
Con el tiempo dejé de estar tan enfadada con Dios. No porque la pena se fuese, sino porque descubrí que el enfado me enfermaba. Ahora mis oraciones son distintas. Ya no me quejo. Pido fuerza, pido calma. Pido ayuda para vivir con este vacío que nada puede llenar.
Estos días, cuando veo el comienzo del curso, siento cómo el corazón se me encoge. Ya no lloro como antes, pero la pena sigue silenciosa, instalada. He aprendido a vivir con ella, aunque nunca desaparece. Uno aprende a respirar alrededor del dolor, no a borrar el dolor.
Cada mañana abro la papelería. Atiendo a los estudiantes. Veo las mochilas pasar por la puerta. Y aunque por fuera parezco fuerte, por dentro sigo siendo esa madre que espera escuchar la llave de su hijo a las diez de la noche aunque sé que eso nunca volverá a suceder.






