Viviendo al margen

**A Pájaros**

—Doña Nina, hoy a las seis hay reunión de padres en el colegio de Iker. Tienes que ir porque Andrés y yo no llegamos. Y para que no se te olvide, te llamaré a las cinco para recordártelo —soltó su nuera Alba desde el recibidor, mientras se pintaba los labios con prisas.

—Alba, hija, mejor ve tú. No oigo bien. Hay tanta gente, todos hablan a la vez y yo me pongo nerviosa —contestó Nina, asomándose desde su habitación.

—Doña Nina, ¡por favor! Andrés trabaja hasta tarde y yo tengo informes pendientes. ¡Tú estás en casa sin hacer nada! Siempre pasa lo mismo… —replicó Alba, exasperada.

—Alba, no es que no haga nada. Limpio, voy al mercado, preparo la comida a Iker… Y, además, ya tengo sesenta y siete años —insistió Nina.

—Vaya, hoy te ha dado por discutir. ¿Ahora me echas en cara que le haces la comida a tu nieto? ¡Por cierto, es el único que tienes! Andrés, ¿no vas a decir nada? —Alba estaba al borde del colapso.

—Mamá, en serio. Ve tú, escucha lo que digan y, si piden dinero, me escribes y te lo paso. No sé por qué nos complicamos —dijo Andrés con su tono calmado de siempre.

—Da igual. Hoy no puedo. Tenía otros planes… —murmuró Nina.

—¡Pues disfruta de tus planes! Todos irán los padres, menos el nuestro. ¡Gracias por fastidiarme el día! —gritó Alba antes de salir dando un portazo.

—Exacto, todos irán los padres… —susurró Nina, retirándose a su cuarto.

Andrés se ajustó la corbata frente al espejo, cogió el portátil y también se marchó:

—Me voy. Iker, no llegues tarde al colegio.

El silencio llenó el piso.

Iker, de doce años, ya estaba listo para salir. Los minutos que le quedaban los dedicó a jugar a la consola con los cascos puestos, ajeno a la discusión familiar. O más bien, ajeno a todo.

…Nina estaba sentada en el pequeño sofá de su habitación, mirando por la ventana. En los cinco años que llevaba en aquella minúscula estancia, había memorizado cada detalle del paisaje: la esquina del edificio de enfrente, un abedul, unos arbustos de rosas silvestres y un trozo del parque infantil. Todo le resultaba tristemente familiar. Porque así pasaba sus tardes y fines de semana: sentada, mirando. Llevaba tiempo sintiendo que en la casa de su hijo solo era la asistenta. Y, en realidad, así era. Pero hubo un tiempo en que su vida fue muy diferente…

…Nina nació en una familia humilde. De niña era callada y educada. Su vida transcurrió como la de cualquiera: escuela, universidad, su primer trabajo. No se quedó en la ciudad donde la destinaron; prefirió volver a su tierra.

Allí entró en una fábrica local. Y allí conoció a su futuro marido, Genaro, el jefe de taller. Se gustaron al instante. A los pocos meses se casaron. Luego nació Andrés.

Nina soñaba con tener una niña, pero no pudo ser. Un día llegó a la fábrica una ingeniera de la capital, Verónica, enviada para supervisar la maquinaria nueva. Y, efectivamente, la instaló… junto con el marido de Nina.

Al principio, ella creyó que Genaro volvería. Pero él pidió el divorcio, alegando que siempre había querido vivir en la ciudad. Y, con Verónica —una mujer con piso y contactos—, tenía su oportunidad. Se fue, dejando a Nina y a Andrés, aunque siempre pagó la pensión. Eso sí, de la vida de su hijo no se interesó mucho.

Nina nunca se quejó. Trabajó duro, crió a Andrés como pudo y le dio todo lo que tuvo. Lo único que le disgustaba era que su hijo hubiera heredado su carácter: demasiado blando, demasiado bueno.

Andrés creció, estudió y un día anunció que traería a su novia a casa, la futura señora de la familia. No era que a Nina le entusiasmara la idea. Se había acostumbrado a vivir con su hijo, y ahora tendría que quedarse sola en su pequeño piso. Rogó a Dios que su nuera fuera buena persona.

El fin de semana llegó, y con él, Alba. A Nina no le cayó bien. Guapa, sí, pero demasiado vivaracha. Se imaginaba a Andrés con alguien más tranquila. Pero no intervino; al fin y al cabo, él ya era un hombre hecho y derecho.

La boda no tardó en llegar. Vivieron de alquiler hasta que ahorraron para un piso. Años después nació Iker. Cuando el niño empezó el cole, Alba se obsesionó con encontrar un piso más grande… y alguien que cuidara de él.

—Andrés, ¿y si convences a tu madre? —preguntó un día.

—¿De qué?

—Que venda su piso y el nuestro. Compramos uno de tres habitaciones. Cada uno tendrá su espacio, y ella podrá ocuparse de Iker. Alguien tiene que recogerlo del colegio, llevarlo a actividades… A mí me acaban de ascender. No puedo arriesgar mi carrera. Y ella está jubilada, no hace nada.

—Bueno, podemos intentarlo… —dudó Andrés.

A Nina no le gustó la idea.

—Alba, no quiero estorbar. Aquí, en mi casa, soy la dueña. Allí sería como un pájaro sin nido. Vosotros tenéis vuestra vida.

—¡Doña Nina, qué tonterías dice! No será ningún pájaro. Solo nos ayudará. ¿Qué más da dónde viva?

—Mamá, es verdad. Tendrás tu habitación. Y estaremos más unidos.

Tras mucho insistir, Nina cedió. Las ventas fueron rápidas. Alba ya había encontrado un piso de tres habitaciones con buena reforma.

—Alba, me gustaría llevarme algunos muebles. Están en buen estado. Y la máquina de coser. ¿Podríamos alquilar una furgoneta? —preguntó Nina durante la mudanza.

—¡Por favor, Doña Nina! No es el momento. ¡Todo eso son trastos viejos! Gastaría más en la mudanza que lo que valen. Y la máquina de coser no la usará, tendrá que ocuparse de Iker.

En ese momento, Nina supo que la trampa se había cerrado.

…Todo ocurrió como ella temía. En el piso nuevo se sentía incómoda. Se levantaba temprano, pero desayunaba en silencio para no molestar. Comía y cenaba cuando la llamaban. Si quería usar el baño, Alba siempre estaba allí, teñiéndose el pelo o hablando por teléfono.

Así que Nina se encerraba en su cuarto. Con la llegada de septiembre, los días laborables eran más llevaderos: se quedaba sola. Pero, como imaginaba, se convirtió en la empleada doméstica. Por las noches, seguía en su habitación.

Últimamente se sentía más cansada. Los fines de semana eran peores: amigos, compañeros de trabajo… Nadie le hacía caso. Para no encerrarse, empezó a pasear por el parque.

Un día conoció a un hombre de su edad: Pablo. Viudo, con una hija que apenas lo visitaba. Al principio, sus encuentros fueron casuales. Luego intercambiaron números y empezaron a quedar. Para Nina, Pablo fue un soplo de aire fresco…

…Y hoy, en efecto, tenía planes. No contaba con ir a la reunión del colegio. Era el cumpleaños de Pablo, y la había invitado.

No queriendo enfadar más a Alba, llamó al cumpleañero, le felicitó y prometió llegar una hora tarde. Pablo no puso pegas.

Cumplió su palabra. Fue a la reunión y luego se marchó. Con Pablo tomaron café, charlaron y

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