Vergüenza en el autobús urbano

**Vergüenza en el autobús**

Isabel Martínez apretaba su bolso contra el pecho mientras caminaba deprisa hacia la parada. La lluvia acababa de cesar, y el asfalto brillaba bajo el cielo gris de octubre. En el bolso llevaba doscientos euros, todo lo que había podido reunir para los medicamentos de su marido, Antonio. Él se quejaba otra vez del dolor de espalda, y el médico le había recetado unas pastillas tan caras que su pensión no alcanzaba ni para la mitad.

El autobús llegó con un chirrido de frenos. Isabel subió los escalones y le tendió al conductor un billete de cinco euros.

—Son siete cincuenta— gruñó él sin mirarla.

—¿Siete cincuenta? Ayer eran cinco— dijo ella, desconcertada.

—Hoy subieron. La inflación— respondió el conductor, golpeando el volante con impaciencia.

Isabel dudó. Siete cincuenta significaba menos para los medicamentos. ¿Ir caminando? Pero la farmacia estaba a tres kilómetros, y Antonio la esperaba en casa, sufriendo…

—Señora, ¿va a pasar?— gritó alguien desde el fondo del autobús.

Su rostro se sonrojó. Rebuscó en el bolso y sacó dos euros más.

—Gracias— murmuró el conductor sin mirar el dinero.

Avanzó por el pasillo. No había asientos libres. Un chico joven, con auriculares, no levantaba la vista del móvil. Junto a él, una chica tecleaba algo, igual de ensimismada. Más atrás, una mujer mecía a un bebé que lloriqueaba, cantándole una nana.

—Siéntese— ofreció la madre, señalando su asiento. —Total, no puedo sentarme con él.

—No, gracias, yo estoy bien— negó Isabel con la cabeza.

—Vamos, siéntese— insistió la mujer. —Se le nota cansada.

Isabel aceptó agradecida. El bebé la miró con curiosidad y le sonrió.

—Qué guapo es— dijo ella. —¿Cuántos meses tiene?

—Ocho. Le están saliendo los dientes, por eso llora— suspiró la madre. —Vamos al médico, a ver si le receta algo.

—Yo también voy a la farmacia. Mi marido tiene dolor de espalda.

—Ya veo. Mi suegra sufre de artritis.

El autobús frenó en otra parada. Subió una anciana con bastón, lentamente. El conductor miró el espejo con impaciencia.

—Venga, abuela, que el tiempo es oro.

La mujer buscó un asiento, pero todos estaban ocupados. El chico de los auriculares ni siquiera alzó la vista.

—Joven— dijo Isabel —¿le importaría ceder el asiento?

Él se quitó un auricular.

—¿Qué?

—Que si le importaría dejar sentarse a la señora— repitió Isabel.

—Ah, sí…— se levantó a regañadientes, sin soltar el móvil.

La anciana le dio las gracias a Isabel.

—Qué amable, hija. Todavía quedan buenas personas.

Isabel se ruborizó. A ella tampoco se le había ocurrido ofrecerle el asiento enseguida.

El autobús frenó bruscamente en un semáforo. El bebé empezó a llorar.

—¡Con cuidado!— protestó su madre. —¡Llevo un niño!

—Las calles están mal— se defendió el conductor. —Si no le gusta, coja un taxi.

—No todos podemos permitírnoslo— murmuró la anciana. —Yo voy al centro de salud, y ya no puedo caminar.

—Todos andamos justos— añadió Isabel. —Los precios suben, pero las pensiones no.

—Exacto— asintió la madre. —Estoy de baja maternal, y mi marido trabaja solo. Cada euro cuenta.

El ambiente en el autobús se llenó de complicidad. Los pasajeros se miraban, entendiendo que todos pasaban por lo mismo.

—Antes había revisor— recordó la anciana. —Todo era más educado, te daban el billete, la vuelta justa…

—Sí, aquellos tiempos— coincidió Isabel. —Y los precios no cambiaban cada día.

—No solo eso— intervino una mujer de unos cuarenta años. —Había más respeto.

El chico de los auriculares levantó la cabeza, interesado.

—Quizá el problema es que ahora nos despreocupamos los unos de los otros— dijo. —Todos en nuestro móvil, sin mirar alrededor.

Isabel lo miró sorprendida.

—Tiene razón— asintió la anciana. —Mi nieto igual, siempre con la tablet. Nunca tiene tiempo para mí.

—Cuéntenos algo de antes— propuso el joven, guardando el móvil.

La anciana sonrió.

—Pues… ¿les cuento cómo conocí a mi marido? Fue en un tranvía, en el 57. Iba de uniforme, tan guapo… De pronto, el tranvía frenó, yo me caí, y él me sostuvo. Así empezó todo.

—Qué romántico— sonrió la madre.

—Sí— suspiró la anciana. —Estuvimos juntos sesenta años, hasta que él se fue.

El autobús se llenó de silencio. Cada uno pensaba en sus cosas.

—Yo conocí al mío haciendo cola para el pan— compartió Isabel. —Se giró, me sonrió… Luego me acompañó a casa.

—Qué suerte tener con quién compartir la vida— dijo la mujer de la ventana. —Yo estoy sola, mis hijos viven lejos.

—No se preocupe— consoló la madre. —Los míos volverán. Ahora traigo a mi hijo a verla.

—Los nietos son una alegría— animó Isabel. —Mi hija vive fuera, pero mi nieta viene en verano. Es tan lista, siempre me pregunta cómo era la vida antes.

El autobús se acercaba al centro. Isabel se levantó.

—Gracias por el asiento— le dijo a la madre, dándole cinco euros. —Para un helado cuando le salgan los dientes.

—No hace falta— protestó la mujer.

—Tome, por favor. Tiene un niño encantador.

La mujer los aceptó, emocionada.

—Dios se lo pague.

—Baja en la siguiente— avisó Isabel al conductor.

—¿Dónde está la farmacia?— preguntó.

—A la derecha, con el letrero verde— indicó la mujer de la ventana.

—Pero es cara— advirtió el joven. —Un poco más allá hay otra más barata.

—Gracias— sonrió Isabel.

Al bajar, el sol salió entre las nubes. En el bolso llevaba el dinero justo, pero el corazón le pesaba menos. Siguió las indicaciones del chico y encontró la farmacia más económica. Compró las pastillas y hasta le sobró para un chocolate para su nieta.

De camino a casa, reflexionó. Por la mañana iba disgustada por el precio del billete, pero ahora se sentía más ligera. Todo dependía de la gente que te cruzabas. Podías ir en el autobús sin mirar a nadie… o podías hablar, compartir, ayudar.

Antonio la esperaba en casa.

—¿Conseguiste las pastillas?

—Sí— sonrió ella. —Y hasta ahorré un poco.

—¿Y por qué tan contenta?

—Encontré gente buena por el camino. ¿Sabes? No todo está perdido.

Antonio la miró, sorprendido por su ánimo.

—Cuéntame.

Isabel le habló del viaje, de cómo extraños se habían vuelto cercanos en media hora. De lo importante que era hablar, compartir los problemas.

—Tienes razón— asintió él. —A veces olvidamos que todos pasamos por lo mismo.

—Exacto. Hoy entendí que no hay por qué avergonzarse. Todos luchamos, todos nos ayudamos. Y así, la carga es más ligera.

Isabel preparó el té mientras el sol entraba por la ventana. Mañana volvería a tomar el autobús

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