La cuclilla diurna que superó a la de la noche: Cuando tu suegra decide instalarse en tu casa y tran…

La amarga cigarra diurna

¡No puede ser, esto ya es de traca! exclamó Clara, encendiéndose como una cerilla. ¡Íñigo, ven aquí ahora mismo! ¡Pero ya!

Íñigo, que acababa de dejar las zapatillas en la entrada, asomó la cabeza al pasillo mientras se aflojaba el botón del cuello.

Clara, ¿otra vez? Acabo de llegar del curro, me duele la cabeza que ni te cuento…

¿Otra vez, dices? Clara señaló con dramatismo la bañera. Mira bien. ¿Dónde está mi champú? ¿Y la mascarilla capilar que me compré ayer?

Íñigo, que no sería campeón nacional de agudeza visual, forzó el entrecejo ante los flamantes botes alineados.

Allí lucía imponente un litro de champú de brea con una etiqueta de Ortiga, y junto a él, una pesada tarro de crema de misterioso color marrón chocolate.

A ver Esto… es que mi madre ha traído sus cosas. Ella dice que le es más cómodo tenerlo todo aquí a manomusitó, intentando desviar la mirada de la de su mujer.

¿Cómodo? ¡Pero si tu madre no vive aquí! Ahora, mira debajo.

Clara se agachó y, con gesto digno de una tragediana, sacó una palangana de plástico de debajo de la bañera. Allí yacían sus carísimos productos franceses, su esponja favorita y la cuchilla.

¿Esto qué es, Íñigo? ¿Tu madre ha arramblado con mis cosas, las ha empatado en este barreño mugriento y luego ha invadido mi bañera?

Según su filosofía, mis cosas han de convivir con la bayeta del suelo, mientras que su Ortiga merece un altar en el baño familiar.

Íñigo resopló.

Clara, no te calientes. Mamá no está bien, ya lo sabes. Venga, la recoloco todo y cenamos tranquilo, ¿vale? Por cierto, ha hecho pimientos rellenos.

¡No pienso comer sus pimientos! proclamó Clara. ¿Y se puede saber por qué está aquí todo el tiempo? ¿Por qué se comporta como si esta fuera SU casa? ¡¿Eh, Íñigo?!

Me siento como una inquilina a la que le han dado permiso para usar el váter y gracias.

Clara apartó a su marido, salió disparada por el pasillo e Íñigo, con resignación, empujó el barreño clandestinamente bajo la bañera.

El temido tema vivienda, que ha amargado la vida a millones, a Clara e Íñigo ni les rozó.

A Íñigo le había tocado en el sorteo del testamento el piso nuevo de su abuelo paterno en Chamberí, una monada para una pareja joven.

Clara, por su parte, heredó de su abuela una acogedora vivienda en Lavapiés.

Cuando se casaron, pensaron que mejor instalarse en la de Íñigo tenía aire acondicionado nuevo y no olía a naftalina y la de Clara la alquilaron a una pareja que pagaba puntualmente.

Con los padres de Íñigo había siempre neutralidad armada, que a veces rozaba la cordialidad.

Mariluz y su marido, el siempre silencioso Don Gerardo, vivían a un mundo de distancia, en Coslada.

Una vez a la semana, el ritual inflexible: merendar juntos, repasar salud y trabajo, y regalarse sonrisas diplomáticas.

Ay, Clarita, hija, qué delgadita te veo decía Mariluz, empujándole un buen trozo de tarta de Santiago. Íñigo, que no me la alimentas bien, caramba.

Mamá, que vamos al gimnasio, que no es hambre, es deporte decía Íñigo, medio harto.

Y ahí quedaba la cosa. Sin visitas sorpresa ni clases magistrales sobre cómo limpiar el mármol de la cocina.

Clara se jactaba ante sus amigas:

He tenido un cuajo con mi suegra ¡Una joya! No se mete, no sermonea y a Íñigo no le pone de los nervios.

Pero este equilibrio se desplomó un martes con llovizna, cuando Don Gerardo, después de treinta y dos años de matrimonio, hizo la maleta, dejó una nota en la mesa de la cocina: Me voy a la costa, no me busques, bloqueó a todo el mundo en el móvil y se largó.

Resultó que entrar en la vejez con alegría, como dice el dicho, no era una metáfora, sino Francisca, la animosa administradora del balneario a donde iban todos los veranos.

El mundo se le vino abajo a Mariluz, que tenía sesenta años.

Lágrimas infinitas, llamadas desesperadas a las tres de la mañana, gritos ahogados:

¿Pero cómo ha podido? ¿Por qué a mí? ¿Qué voy a hacer, Clarita?

Clara, las primeras veces, se preocupó de verdad. Le llevaba valeriana, asentía en todas las charlas y hasta maldecía al viejo ligón para consolarla.

Pero el cupo de paciencia se agotó: Mariluz y su permanente lamento de pobre de mí empezaron a sacar de quicio a Clara.

Íñigo, tu madre me ha llamado cinco veces antes del desayuno le soltó un día mientras mojaba las tostadas. Dice que le cambie la bombilla del pasillo.

Entiendo todo, pero… ¿cuándo se acaba el cuento?

Íñigo se encogió de hombros:

Está sola, Clara. Desde los quince años siempre ha estado bajo la sombra de papá y no la dejes tirada ahora, por favor.

Una bombilla se cambia sola o se llama a un manitas. Pero su objetivo es que estés tú o yo ahí cada vez. ¿Acaso tengo yo la culpa?

Y comenzó la fase pernoctaciones: Íñigo yendo a dormir a casa de su madre.

Clara, que mamá tiene miedo de dormir sola sí, con los ojos de cachorro recién caído. Que dice que la soledad la aplasta. De verdad, solo un par de noches.

¿Un par de noches? Clara puso cara de póker. Íñigo, acabamos de casarnos: no pienso dormir sola tres días por semana.

Es temporal, ya verás. Cuando se recupere un poco, todo volverá a la normalidad.

Menuda temporalidad: un mes después, Mariluz exigía al hijo cuatro noches semanales, sobreactuaba con ataques de ansiedad y atascaba a propósito el fregadero.

Clara veía a Íñigo desparramarse entre dos pisos y cometió el error de su vida, error del que luego se arrepintió.

***
Decidió hablar claro con su suegra.

Mire, Mariluz le dijo, tras el segundo plato en la merienda del domingo, si estar sola le mata, ¿por qué no viene a casa de día?

Íñigo sale temprano, yo suelo teletrabajar. Puede pasear por el Retiro, pasar el rato aquí y por la noche Íñigo la lleva de vuelta a su casa.

Entonces Mariluz le pegó una mirada extraña.

Pues sí, Clarita, hija, qué cabeza tienes tú ¿para qué amargarme en ese piso, pudiendo venir aquí?

Clara visualizaba a la suegra apareciendo hora y media al mediodía, después de que hubiera recogido la cocina y antes de que Íñigo volviese

Pero Mariluz tenía otras ideas: se presentó en casa a las siete de la mañana.

¿Quién llama tan pronto? balbuceó Íñigo, medio dormido, tras el timbrazo.

Fue él mismo a abrir la puerta.

¡Soy yo! replicó la voz vibrante de Mariluz por el portero. ¡Os he traído requesón recién hecho!

Clara se arropó hasta las cejas.

¿Pero a quién se le ocurre, Íñigo? ¡Son las siete! ¿De dónde ha sacado esta señora requesón tan de madrugada?

Mi madre se levanta con las gallinas Tú duerme, que ahora abro yo.

Desde aquel día, la vida se volvió una serie de pruebas de paciencia. Mariluz no venía a casa: se instalaba durante ocho horas.

Clara intentaba trabajar frente al portátil, pero tenía siempre detrás una banda sonora:

Clara, ¿has visto la polvareda que hay en la tele? Aquí tengo un trapo y lo pasaba ya, dicharachera.

Mariluz, estoy conectada, tengo una reunión ahora mismo.

¡Anda ya, si solo le das a dibujitos! Por cierto, hija, esas camisas no están bien planchadas. Las rayas deberían cortar, como cuchillas.

Ven, que te enseño mientras esperas a tus clientes.

Todo era objeto de crítica.

Cómo cortaba las verduras: A Íñigo le gustan en juliana, no cuadraditos de hospital.

Cómo hacía la cama: La colcha debe arrastrarse hasta el suelo, ¿y esa tan corta?

El aroma del baño: Esto debería oler a frescor, pero aquí huele a humedad serrana.

No te lo tomes a mal, guapa decía Mariluz, destapando la olla. Pero este cocido está saladísimo.

Íñigo de pequeño comía limpio de sal, ¿no lo sabías? La tripa la tiene delicada, ¡me lo vas a destrozar con tanto condimento! Déjame, que lo rehago.

Está bueno el cocido bufaba Clara, contenida. A Íñigo le ha encantado, se ha tomado dos platos.

Ay, pobre, es por no disgustarte. No se atreve a decir que no le va.

Antes de la hora de comer, Clara ya tenía los nervios bailando sardanas.

Se refugiaba en la cafetería de la esquina y se sentaba a ver pasar la vida mientras respiraba hondo.

Pero cada vuelta a casa era más frustrante.

Primero apareció la taza favorita de la suegra: de esas enormes y feúchas, con un Mejor Madre en letras doradas.

Luego, el abrigo de repuesto en el perchero, y en una semana, una balda entera del armario para su ropita cómoda y dos batas.

¿Batas aquí, señora? preguntó Clara, al descubrir aquel monstruoso batón rosa entre sus sedas.

¿Y dónde quieres que me cambie, hija? Paso aquí el día entero: ¡una tiene que estar cómoda en su propia familia!

Íñigo, para variar, respondía siempre igual a las quejas de Clara:

Clara, paciencia, de verdad. Mamá lo ha pasado fatal. ¿Te molesta de verdad una balda menos?

¡No es la balda, Íñigo! ¡Me está echando de mi propia casa!

No exageres. Encima ayuda: cocina, limpia Tú misma decías que odias planchar.

¡Prefiero ir arrugada que ir de maniquí por culpa de tu madre! le espetaba Clara.

Pero Íñigo parecía que escuchaba El Quijote por la radio, ni caso.

***
La gota que colmó el vaso fueron los dichosos botes del baño.

Íñigo, sal ya llamó Mariluz desde la cocina. ¡Que se enfrían los pimientos!

Clara, cielo, para ti los he hecho sin picante, que sé que no eres de sabores fuertes.

Clara irrumpió. La suegra ya repartía platos en plan generala.

Mariluz empezó Clara, con voz contenida, ¿por qué ha escondido mis cosas bajo la bañera, si puede saberse?

Mariluz, ni pestañeó, acomodó el tenedor y sonrió de medio lado.

Ay, Clarita, ¿esos botecitos dices? Estaban medio vacíos y olían tan fuerte que me mareaban. Yo he puesto los míos, hombre, que ya les tengo confianza, y los tuyos, muy colocaditos, solo para hacer sitio.

No te molestará, ¿verdad? De todas formas, todo necesitaba un repaso.

Pues sí me molesta avanzó Clara. Ese baño es MÍO. Mis cosas. ¡Mi casa!

¿Tuya, hija? Se sentó Mariluz, exhalando. Pero si el piso es de Íñigo

Tú mandas, sí, pero hay que respetar a la madre del marido.

Íñigo se puso blanco como la leche.

Mamá, venga ya Que Clara también tiene su piso, vivimos aquí porque nos apañaba

¿Qué piso ni qué nada? Si eso es un cuchitril de abuela. Anda, Íñigo, siéntate, que tu mujer está de un trastornado eso es que tiene hambre.

Clara se quedó mirando a su marido. Esperó.

Esperó que dijera Mamá, basta. Ya has cruzado todas las líneas. Recoge tus trastos y a casa.

Íñigo dudó, los miró a ambas, y finalmente se sentó a la mesa.

Venga, Clara, siéntate a cenar. Charlamos tranquilamente. Mamá, también te has pasado. No hacía falta tocar nada sin avisar

¿Ves? declaró triunfante Mariluz. Mi hijo sí lo entiende.

Y tú, Clarita, estás de un egoísta insoportable. La familia es compartirlo todo.

Ese comentario fue el último eslabón.

¿Todo, dices? Genial.

Clara salió de la cocina tan tranquila.

Íñigo gritó algo, pero ella ya no escuchaba. En veinte minutos lo había empaquetado todo en la maleta.

No se llevó ni los botecitos del baño: ya se compraría otros.

Se marchó con la sinfonía de voces detrás: el marido mendigando serenidad y la suegra lamentándose, no sin aprovechar para lanzarle una pulla final.

***
Clara ni se planteó volver; pidió el divorcio rapidito, en cuanto puso un pie fuera.

Íñigo todavía marido en el papel la llama cada día para que regrese, y Mariluz traslada poco a poco su arsenal doméstico al piso del hijo.

Clara está convencida de que ese era el plan de Mariluz desde el principio.

Rate article
MagistrUm
La cuclilla diurna que superó a la de la noche: Cuando tu suegra decide instalarse en tu casa y tran…