¡Basta ya! ¡Estoy harta! Si sigues comiéndome la cabeza, no voy a presentarme al examen, ¿me oyes? ¡No pienso ir! ¡Ya verás qué harás entonces! exclamó Lucía, estampando la mochila en el rincón del recibidor mientras se quitaba la boina apresuradamente.
Su madre no contestó. Tan solo negó con la cabeza y se dirigió en silencio a la cocina.
Lucía se quitó la cazadora y estuvo a punto de tirarla junto a la mochila, pero se contuvo. Abrió el armario y la colgó cuidadosamente en la percha con un suspiro.
¡Manda narices! Otra discusión y como siempre, por tonterías.
¿Por qué su madre tenía que estar constantemente encima de ella con preguntas y consejos? No es una cría, ¡ni está falta de juicio!
Por supuesto que se acordaba de que hoy tenía la primera clase con el nuevo profesor particular. ¿Acaso hacía falta recordárselo cada media hora?
Claro, Lucía exageraba. Su madre no la taladraba repitiendo todo el rato lo mismo. Solo le había preguntado si tenía presente que hoy tocaba conocer al tercer profesor de Lengua y Literatura de este curso. Pero aquel empeño de su madre en controlarla había provocado que las explosiones de genio se volvieran habituales hasta por nimiedades.
Lucía se lavó las manos y se miró en el espejo del baño.
¡Menuda guapa! Granos, una nariz chata como la de su padre, y una melena pelirroja revuelta como la de su madre. ¿Cuántas veces había suplicado que le dejase teñirse? Siempre la misma cantinela: que la belleza no es lo más importante, que un día se lo agradecería.
¡Claro! Ahora mismo. Todos los chavales son normales, y ella parece un espantapájaros. ¿Trenzas? ¡Por favor! ¿Quién lleva ahora trenzas?
No pudo evitar sonreír al recordar el disgusto de su madre cuando ella, harta de sus trenzas, las cortó casi al ras con unas tijeras de manualidades de la escuela, las únicas que encontró a mano. Cerrando los ojos, recordaba la sorpresa consternada:
¡Lucía, hija, pero ¿por qué?!
¿Por qué? ¡Porque me tenéis harta! Esta es mi vida y mando yo, haré lo que me parezca.
Todo el mundo insiste en que hay que obedecer, pero ¿para qué? ¿Para seguir normas trasnochadas? ¡Su vida no tiene que parecerse en nada a la de ellos! ¡Cómo iban a entenderla, si de jovencitos ni internet tenían! ¿Cómo sobrevivían sin él? ¡Incomprensible! Por más que intente explicárselo a su madre, con mil horas de estudio ya no se va a ningún lado: basta con teclear en el móvil y, en tres segundos, encuentras lo que quieras. Ella, claro, le suelta que no todo se aprende en la red ni que eso enseña a tratar con la gente, pero ¿qué sabrá? Mejor haría en hacer cursos sobre adolescentes.
Lucía se arrancó la piel de un grano. Menos mal que su madre no lo veía. Siempre preocupada, llevándola de médicos y repitiéndole que se le quedarían marcas, pero a Lucía le daba igual. Lo importante era lo de dentro, no lo de fuera. ¿Cómo se lo haría ver a su madre?
“Progenitora”, se le ocurrió llamarla. Porque sí, la había traído al mundo, pero eso no le daba derecho a tratarla como algo suyo. Lucía no es propiedad de nadie.
Se guiñó un ojo en el espejo.
¿Qué pasa, mamá? Si no me estuvieras torturando con los profesores particulares ¡Y encima queriendo encasquetarme la carrera de abogada! De leyes ya sabe ella más que sus padres juntos. Si fueran tan listos, no se habrían divorciado como lo hicieron.
A su madre le faltaba orgullo y ambición. Tras la separación, aceptó cualquier cosa. Sí, la casa de la abuela quedó para Lucía, pero ¿y a la madre qué? ¿La pensión de alimentos y gracias? ¿Y todos esos años tirados por la borda? Nadie mejor que ella sabía cómo vivieron sus padres los últimos años: reproches, tensión Ella, que ya no era una cría que se tragaba todo.
Había presenciado ese silencio hostil mientras la madre ponía los platos en la mesa, la indiferencia del padre al agradecer la comida. El padre seguía viniendo por sus cosas al dormitorio porque no cabían en su despacho improvisado. La madre ponía la alarma para no coincidir. Cuando Lucía cumplió catorce, fue ella quien les dijo: “¡Dejadlo ya, separaos de una vez!” Ya no podía más.
Los adultos son raros. Su manida frase de: “Vivimos por ti” ¡Mentira! Cada uno va a lo suyo y ya está. Hasta al usarla a ella como moneda de cambio: aquella casa, en el mismo edificio, pero de solo dos habitaciones en vez de tres, fue gracias al sentimiento de culpa de su padre. Debía asegurar buenas condiciones para su hija. Pero a Lucía nadie la cuidó, solo la usaron como tope y colchón entre ellos.
Lucía puso cara de fastidio y agarró la crema del médico. No admitirá que su madre tiene razón, pero la pomada sí ayuda; le convenía hoy.
Porque era por la tarde y por la azotea…
Esta azotea entró en su vida hacía apenas unos meses. Cuando Sergio el chico más popular del instituto, a quien Lucía solo miraba de lejos le escribió: “¿Damos una vuelta?”.
Pensó que era una broma, pues era vox pópuli su flechazo por Sergio. En clase se lo tomaban a bien; Lucía nunca caía mal. De carácter noble, siempre prestaba los deberes y ayudaba a otros cuando podía.
¡Selva, que ya te pregunté en la anterior clase! ¿Por qué levantas la mano? reía la profesora de Historia.
Ay, Carmen, es que me resulta muy interesante: ¿crees que Fernando VII fue un déspota? ¿Se podría hablar de totalitarismo en su reinado?
¿De dónde sacas esas cosas? preguntaba, aunque a todos les venía bien, porque así no les preguntaban ese día.
Por eso, cuando Lucía enseñó el mensaje a su amiga Claudia, ella le soltó:
¿Y? ¡No montes un drama! contestó con una risa socarrona. Si tienes dudas, pregúntale tú, ¡que no estamos en el siglo pasado! Las chicas hoy toman las riendas, Lucía.
Lucía ni contestó. Porque la emoción la desbordaba solo con pensar en el mensaje de Sergio.
En la azotea acordada apareció. Desde aquel momento, su vida dio un giro.
La vieja azotea de un bloque abandonado era sitio habitual de la chavalería, aunque peligroso. Lucía lo sabía. Pero, cuando Sergio la cogía de la mano y le avisaba Ten cuidado, el mundo se detenía y ella contaba los peldaños bajo sus pies.
Quince, dieciséis ¡Vamos! Treinta y dos, treinta y tres ¿De qué tienes miedo? Él está aquí
En la azotea, Sergio la abrazó por primera vez, delante de todos, como haciendo oficial: Es mi chica. Nadie protestó, aunque Lucía notó miradas extrañas de otras chicas. Sergio siempre había estado con las de su clase, pero la eligió a ella.
Allí la besó por primera vez
Aquel día se quedaron solos. Los demás marcharon al cine. Lucía hubiese querido ir, pero cuando Sergio la apartó con un susurro prometiendo ir juntos otro día, supo que esa noche sería especial.
Y lo fue. De vez en cuando, aún ahora, Lucía cierra los ojos y puede oír la voz de Sergio:
Lucía, me gustas mucho, no soy bueno diciendo cosas bonitas, pero no he conocido a nadie como tú
Y aquel primer beso tierno; un roce cálido y dulce.
Pero fue su madre, tocando suavemente a la puerta, quien la sacó de su ensimismamiento:
Lucía, vas a llegar tarde… La comida está en la mesa…
La ira volvió a apoderarse de Lucía:
Salió del baño como un huracán, con la cara desencajada.
¿Qué más quieres? ¡Ya lo sé todo! ¡Deja de agobiarme! ¿Agotaste al papá? ¿Ahora vas a por mí? ¡Pues también me iré! ¡Iré a vivir con él! ¿Lo entiendes? Si no te calmas…
No terminó la frase. Su madre suspiró extrañamente y, sin esperarlo, le dio una bofetada.
¡Vete entonces! Y cuando vuelvas, recuerda que mañana tienes el simulacro de Lengua. Deberías dormir bien
Lucía quedó atónita. Su madre nunca le había puesto la mano encima. No es que le ofendiera: se lo había ganado. Pero el hecho de que su madre perdiera la paciencia le sorprendió.
Pero rendirse no iba con su carácter. Mochila, cazadora, auriculares Le habría dado un portazo a la puerta habría retumbado en todo el bloque, pero se contuvo. No quería que la tomaran por dramática.
Lucía salió a la calle y miró la hora. Bien: una hora de trayecto, una con el profesor. Quedaría libre sobre las seis para ver a Sergio. Perfecto. Irían a la azotea y su madre, así, tendría tiempo para enfriarse. Eso le vendría bien. Su padre ya hacía tiempo que no contestaba a la primera, así que Lucía tendría margen para hablar con Sergio. Quizás él la aconsejara; la familia de Sergio era muy distinta. Le daban libertad, una tarjeta con dinero, ropa chula, sin control estricto. Según él, su madre estaba muy ocupada y su padre opinaba que a los dieciséis uno debe aprender a ser adulto. Incluso le dejaban trabajar y organizar su estudio como quisiera; pensaban que el futuro debía elegirlo uno mismo.
¡Eso sí que era sensatez!
Nada de lo que veía en su madre
Su padre la llamó justo cuando llegaba al portal del profesor.
¿Qué pasa ahora? Tu madre me ha llamado diciendo que te vienes a vivir conmigo
Papá, ni caso. Bastante tenéis ya, ¿no? Además, tu novia está a punto de dar a luz, ¿tengo que encargarme yo también del bebé? Bastante con mis cosas.
Vale. No discutas con tu madre. Si no, te cierro el grifo. ¿Entendido?
Eso es lo que me gusta de ti, papá: lo directo que eres. ¡Recibido!
Pues hala, pórtate. Y no le des disgustos a tu madre, que no se lo merece.
Oyó los toques de la llamada finalizada y resopló.
Siempre igual. Entre ellos, guerra. Pero para sus cosas, se protegían. Todo un misterio esto de los adultos.
El nuevo profesor no le agradó a Lucía. Se limitó a refunfuñar ante sus preguntas sobre frases hechas y le pasó un libro subrayado para la próxima clase. Lucía protestó, aunque viendo los ejemplos que le puso después, pensó que quizá no le vendrían mal.
No quería parecer tonta. Sergio era listo, y ella debía estar a la altura. Había visto muchos vídeos de relaciones en internet: La chica debe ser independiente y espabilada. De independencia aún le quedaba, pero la inteligencia, según su madre, se trabajaba. Y aquí quizás tenía razón: su madre, a pesar de todo, consiguió terminar la carrera a distancia, organizando el día a día mientras criaba a Lucía.
Su madre lo dejó todo para criarla. Primero pidió excedencia; luego, cuando Lucía era aún pequeña y enfermiza, abandonó la universidad. No había abuelas con quien dejarla, y en la guardería apenas duró medio año. No le gustaba: comida mala, niños pesados, frío sin el calor de los abrazos de mamá. Su padre solía decir a su madre:
No la sueltes tanto, luego te costará que se independice.
En segundo de primaria, su madre arregló para que una vecina la recogiera del colegio y volvió a la universidad esta vez a distancia y buscó trabajo poco después.
Bien hecho. Mejor eso que quedarse lamentando la vida. Por lo menos, tenía su pequeño negocio propio: decoración de salones de banquetes y eventos. Lucía admiraba esa faceta de su madre, tan elegante, tan femenina y dueña de sí misma. En el trabajo, su madre era otra: decidida, resolutiva, líder. Envidia sentía Lucía de esa fuerza.
Aun así, el control materno la ahogaba: todo lo sabía, todo lo preguntaba: ¿Hija, cómo te va? ¿Qué tienes que hacer hoy? ¿Has comido?.
Tanta atención le sacaba de quicio; a veces quería gritar para que su madre la oyera de una vez: “¡Déjame! ¡Ya soy mayor!”.
Y a veces lo hacía. Se enfadaba, pataleaba, protestaba. Sin éxito, pues su madre lo veía como rabietas de niña.
Lucía salió a toda prisa de la clase particular soñando con perderse en los brazos de Sergio, olvidar padres y exámenes. ¡Qué pesados todos con lo suyo!
En la verja del instituto, su lugar habitual, Sergio no aparecía. Esperó un poco y, al final, se fue ella sola a la azotea. Sergio no contestaba al móvil, algo inaudito. Lucía se inquietó.
Al subir los peldaños, sintió miedo. Antes, con la mano de Sergio, se sentía segura. Ahora, cada escalón era una tarea.
Arriba, el viento de la primavera y el silencio la azotaron.
No había nadie.
Pensó marcharse, pero, al buscar el móvil dentro del bolsillo de la cazadora, distinguió una figura en el borde de la azotea. Se le cortó la respiración:
Sergio
Él estaba sentado al filo, con los pies colgando, la espalda encorvada. Lucía, aunque le conocía poco tiempo, supo que sufría muchísimo, que algo grave le estaba destrozando.
El susto a que pudiera pasar algo grave le dio fuerzas. Dejó la mochila en el suelo y se aproximó a él, casi sin atreverse a decir su nombre.
Hola
Se sentó a su lado, pero sin imitarle: sus pies permanecían bien apoyados; no se atrevía a mirar al vacío de abajo. De siempre, le daban vértigo las alturas, sin saber cómo podía estar allí ahora, venciendo ese miedo.
Hola Sergio ni giró la cabeza. Fue Lucía quien tomó su mano, notando los dedos helados.
Estás frío
¿Eh?
Al escucharle, Sergio la miró: sus ojos eran otros, vacíos, muy distintos a los que Lucía conocía.
Quizás entonces, por primera vez, sintió lo mismo que su madre cuando discutían: ese miedo, brutal, a perder para siempre a la persona que amas
La mano de Sergio estaba muerta en la suya, fría, inerte.
¿Qué te pasa?
Su propia voz le sonó igual que la de su madre a veces La misma súplica.
“¡Cuéntamelo! ¡Dímelo! ¡No te haré daño!”.
Y funcionó.
Mal suspiró Sergio, apretando al fin sus dedos. Muy mal, Lucía
¿Te ha pasado algo?
No lo preguntaba, lo afirmaba. Eso también funcionó.
Sí.
¿Quieres contármelo? Sé que no somos tan íntimos, pero, quizás, puedas abrirte
Sergio la miró como si la viera por vez primera, y Lucía tembló.
¿Crees que no somos cercanos?
No. Me has entendido mal. Yo sí te siento muy cercano. Pero no sé si tú a mí.
Lucía, no digas eso. No tengo a nadie más en el mundo.
El corazón de Lucía latió a mil por hora, tan fuerte que temió que Sergio fuera a oírlo.
¿Cómo que no? ¿Tus padres?
Lo soltó sin pensar, medio embelesada aún por lo que acababa de oír, pero Sergio reaccionó con brusquedad.
Él se revolvió, Lucía asustada:
¡Ten cuidado!
¡Sí! ¡Suéltame! ¡Hazlo como ellos!
¿Quién?
¡Quienes creía que eran mis padres! ¡No lo son! ¡¿Lo entiendes?! Hoy mi madre me ha dado los papeles y me lo ha explicado todo. Lucía ¡soy adoptado! ¿Lo entiendes? Adoptado. No soy verdaderamente de ellos. Lo intuía, siempre sospeché. Pero hoy he comprendido que toda mi vida he vivido la existencia de otro. Estoy ocupando el sitio de alguien que no soy yo…
Sergio gritaba y Lucía no soltaba su mano, sabiendo que si la aflojaba, podría ocurrir lo peor.
Estaba convencida: Sergio había pensado en saltar. Podía hacerse el fuerte delante de los demás, pero Lucía había aprendido a ver al verdadero Sergio, el reservado, el tierno, el frágil de cuando estaban solos. Le dolía pensar en todas sus broncas por su propia familia. Todo aquello carecía ahora de sentido.
¿Qué injusticia había en la vida? Si le preguntaban, Lucía no sabría contestar. Pero fue ahora cuando entendió que pelear por su “adultez” era absurdo y vacío. Ante ella tenía a alguien que, forzado a hacerse mayor de golpe, no tenía la ayuda ni el respaldo que aún a ella le quedaban, pese a todo.
Sergio, tengo miedo rompió a llorar sin darse cuenta, y eso pareció sacudir a Sergio.
¿Qué te pasa? dijo él, tirando de ella en un abrazo fuerte.
No lo hagas, por favor Te hayan echado o no, yo no pienso alejarme de ti, Sergio, ¿me oyes? No hay nadie más importante para mí.
No soy Sergio murmuró él, con un hilo de voz. Lucía, perpleja, le miró.
¿Cómo?
Tenía otro nombre. Y otro apellido.
Eso no importa. ¡Qué más da! Si te llamas como el Papa. Eres tú, y eso es lo que me importa. ¿Me entiendes?
Ya pero eso no significa que todos lo vean así. Lucía, ¿qué hago ahora? ¿A dónde voy?
¿No puedes volver a casa? ¿Te han echado?
No. Mi madre me suplicó que me quedara. Mi padre le pegué.
¿Por qué?
Quiso cerrarme la puerta, no dejarme ir. Me gritaba que no entendía nada
¿Y tú? ¿Tú lo entiendes todo? ¿Seguro?
¿A qué te refieres, Lucía?. Su voz, cortante, transmitía toda su rabia.
¿Por qué han decidido confesártelo ahora?
El viento se llevó su pregunta. Sergio cerró los puños, digiriendo ese pensamiento.
No lo sé musitó al fin, y Lucía respiró más tranquila.
En su voz ya no había desesperación, sino duda. Supo que, mientras hubiera preguntas, él se mantendría aquí y ahora.
¿Quieres que vaya contigo?
¿A dónde?
A tu casa. Vamos juntos, que te expliquen por qué han contado la verdad ahora. Luego, si quieres, volvemos aquí y harás lo que decidas. No te molestaré.
Aguantó la mirada sorprendida de Sergio, y luego, tirando de él con suavidad, le invitó a apartarse del borde.
Vámonos.
Sergio giró el cuerpo y puso los pies en la seguridad de la azotea. Dio un paso; ella le abrazó y juntos dejaron atrás el precipicio.
Soy un cobarde
¡No digas tonterías! protestó Lucía, arrastrándole hacia la escalera. Y yo también me volvería loca si me enterara de algo así. Cualquiera.
Lucía tropezó y Sergio la sostuvo.
¡Cuidado!
Ya lo dices tú sonrió Lucía, encendiendo la linterna. Vamos, tenemos mucho por hacer.
Esa tarde nunca se olvidaría.
La reunión con los padres de Sergio: dura pero sincera.
La reconciliación llegó al fin, cuando supo que su padre biológico iba a salir pronto de la cárcel y quería hablar con él.
Y las lágrimas de la mujer que lo crió, asumiendo la responsabilidad de un niño que era hijo de su mejor amiga, fallecida de forma injusta al confiar en la persona equivocada.
Mi madre la madre de verdad
Sí, Sergio; fue tu padre quien
Y ahora quiere que
Quiere verte.
No quiero.
Tienes tu derecho. Te apoyaremos hagas lo que hagas.
Y hablaron, hablaron, y Lucía comprendió que nunca volverían a la azotea. Algo había cambiado. Lo viejo daba paso a lo nuevo, el pasado al futuro.
Y cuando Lucía, casi a medianoche, regresó a casa, abrió la puerta con cuidado. Sin quitarse la cazadora, caminó de puntillas a la cocina, donde su madre, frente a la ventana, vigilaba la noche. Lucía la abrazó por detrás, metiendo la nariz en su alborotada melena, respirando ese aroma inconfundible del perfume de mamá. Y entonces brotó esa palabra, la que todo lo cura, dejando atrás lo que estorba:
Perdóname
Y como un eco, quien más quería en el mundo le respondió:
A ti también, cariño ¿Tienes hambre?
No, mamá. Gracias ¿Sabes? Creo que hoy he aprobado un examen
¿Pero, Lucía, si todavía no empiezan?
Uno de los importantes, mamá Ya te contaré un día.
¿Por qué no ahora?
Porque mañana tengo el simulacro y, por fin, quiero dormir un pocoLucía deslizó la mirada hacia la ventana, donde las luces lejanas titilaban como promesas aún por cumplir. Se sentó a la mesa, cerca del calor de su madre, y apoyó la barbilla en las manos.
Porque hoy solo quiero estar aquí, susurró, y en su voz había alivio. Sin tener que decir nada más.
Su madre le acarició el cabello, atenta, paciente; y, por primera vez en años, Lucía permitió cerrar los ojos y quedarse ahí, sintiendo cómo la rabia se disolvía en el aroma del hogar y la complicidad del silencio compartido.
Quizá los adultos no lo supieran todo. Tal vez tampoco las madres, ni siquiera Sergio ni ella misma. Pero esa noche, Lucía entendió que crecer no era marcharse, sino volver; no romper, sino aprender a coser con hilos nuevos.
Allí, en la cocina de siempre y bajo la lámpara gastada, todo era distinto a como comenzó el día. Porque en casa también se aprueban exámenes que no llevan nota, y a veces basta con sentarse juntos, dejar de huir y, simplemente, quedarse.
Mañana sería otro lío, otro desafío, otra puerta. Pero esta noche, Lucía lo supo y sonrió para sí: era suficiente. Y en ese refugio pequeño, con las manos entrelazadas y el rumor maternal de la vida al fondo, por fin se sintió en paz.





