La vecina se llevaba mi estiércol por sacos durante las noches. Anoche, con generosidad, le espolvoreé un buen puñado de levadura.
¿Has vuelto a venir a por mi montón con tus cubos? no era una pregunta, era la constatación de una verdad tan clara como la luz del día.
Lourdes, mi vecina del otro lado de la valla, ni pestañeó. Plantada en medio de su huerto, apoyada contra el azadón, me miraba como si acabara de acusarla de haberse llevado los tesoros de la corona.
Ay, Carmen, no seas exagerada. ¡Si tienes ahí un cerro! No te va a doler compartir algo con la vecina, mujer, si somos amigas de toda la vida.
Eso no es «buena voluntad», Lourdes. Me costó quinientos euros el camión más la descarga hice un gesto con la cabeza hacia el montón, notablemente reducido, del fondo del jardín. Y, que yo sepa, es de mi propiedad.
Pues vaya con la tiquismiquis puso los ojos en blanco de forma teatral. Como si fuera para tanto, que sólo cogí un par de cubos para los pepinos. Mi pensión es una miseria, no puedo permitirme lujos como otras…
Sabía perfectamente a qué tecla tocar. Lourdes era experta en hacerse la víctima: siempre tenía a alguien culpable los políticos, el tiempo, las manchas solares, y por supuesto yo, porque a mí los tomates me maduraban antes que a ella.
Volví a casa con un nudo de rabia en la garganta. No se trataba de los cubos ni del dinero. Era la desfachatez, la sensación de ser la palurda del barrio.
Cada noche, hacia las dos lo sabía por el ritmo, se oía el crujir característico. Lourdes venía equipada: llenaba sacos de obra negros y se los llevaba orgullosa, como si almacenara armas secretas para un asedio.
Antonio estaba en la cocina, masticando una tostada mientras resolvía un crucigrama.
¿Otra vez? preguntó sin apartar la vista.
Otra vez. Y encima dice que soy yo la agarrada.
Ya sabes lo que dicen, ponle una trampa.
Sí, para luego ser yo la mala si le pasa algo. Aquí hace falta ingenio, no fuerza bruta.
Me asomé por la ventana a su invernadero de policarbonato, ese objeto de envidia entre las vecinas. Lourdes siempre presumía de «variedades exclusivas» y de que «tiene buena mano». Eso sí, mano ligera… cuando se trata de arramblar lo ajeno.
Aquella noche, el sueño no venía. Entre el ladrido lejano de un perro y el canto de los grillos, escuché el susurro: paladas en mi montón, palas sumergiéndose en el compost que yo cuidaba como un tesoro, tapado bajo plástico, mimado y ahora saqueado como si nada.
La mañana me recibió en la puerta y Lourdes ya estaba trajinando entre sus plantas.
¡Buenos días, Carmencita! canturreó. Veo que tus calabacines están amarilleando, ¿no estarán enfermos?
Lucía una felicidad sospechosa; los rastros decían que esa noche se había llevado al menos tres sacos.
Buenos días, Lourdes. Ya te gustaría.
Entré al cobertizo y mi mirada tropezó con la estantería de abonos: semillas, fertilizante y un paquete gigante de levadura seca para las fresas. Se me ocurrió el plan enseguida.
Lourdes apilaba el estiércol robado en bolsas gruesas de obra, bien atadas, y las almacenaba dentro del invernadero para que fermentaran al calor, tan alegre. Lo que ignoraba es que ese calor y esa humedad eran perfectos para un buen estallido.
Vertí agua templada en un cubo, eché el resto del azúcar de la alacena y, acto seguido, vacié la bolsa entera de levadura. La mezcla chisporroteó, burbujeó y enseguida olió a aguardiente y a venganza.
En cuanto cayó la noche, recorrí el lateral de la parcela. Sabía dónde Lourdes metía los pies entre la malla rota. Allí vertí el cubo, removiendo un poco la capa superior del montón. ¿Te gusta lo ajeno? Pues toma, de corazón.
Al volver a casa, me lavé las manos y me acosté satisfecha, con la sensación del equilibrio restaurado.
¿A qué viene esa sonrisita? musitó Antonio, medio dormido.
Hoy vamos a tener sueños dulces contesté tapándome.
La noche fue silenciosa. No desperté por el habitual correteo; debía de haber sido sigilosa y cuidadosa.
Pero la mañana no empezó con café. Ni con gorriones. Algo gritó tan fuerte que parecía haber estallado una fiera en el huerto.
Antonio y yo saltamos casi a la vez. Él, en calzoncillos, se asomó corriendo.
¿¡Qué pasa ahí fuera!? gritó, frotándose los ojos.
Me puse una bata y salí al porche, el aire fresco olía a vinagre y derrota. Allí estaba Lourdes, pegada como una sombra a su invernadero, la puerta abierta de par en par.
La visión era… única. Tenía la ropa y la cara salpicadas de marrón, como si la hubiera pintado Picasso al azar. Me acerqué con cara de asombro genuino.
Lourdes, ¿pero qué ha pasado? ¿Te ha reventado la tubería?
Se giró despacio, con la cara entre el susto y algún resto viscoso.
¡Ha explotado! susurró ronca. ¡Carmen! ¡Eso está vivo!
Eché un vistazo y casi silbo del asombro. El interior era la escena de una batalla campal. Los sacos, que la noche anterior yacían ordenados en una esquina, habían estallado por todas partes.
La levadura, el calor y la humedad, sellados herméticamente, habían creado su pequeña bomba biológica. El plástico no pudo más, y todo salió disparado como un cañón. Paredes, techo y hasta los pimientos favoritos de Lourdes quedaron cubiertos de una capa espesa. Y allí, en el centro, mi vecina, estrella principal del drama matinal.
¿Qué ha explotado, Lourdes? pregunté con el tono más sereno.
¡Las bolsas! chilló. Fui a mirarlas y de repente… ¡pum!, ¡y otra! ¡¿Qué les has puesto tú a esas bolsas?!
¿Yo? me mostré tan inocente como los niños de catequesis. Lourdes, ese estiércol es de mi jardín, y allí sólo hubo lo que salió de la vaca.
Ahora, ¿cómo ha llegado tan bien embolsado a tu invernadero?, esa es la pregunta interesante.
Lourdes se quedó petrificada. En su cara, las ruedas giraban a toda marcha. Si admitía que era mío, reconocía el robo; si decía que era suyo, ¿por qué la explosión? En realidad había caído en todos los sentidos.
¡Esto es… sabotaje! farfulló. ¡Querías envenenarme!
¿Con fertilizante ecológico? me encogí de hombros. Será cosa de las malas energías en tu invernadero. Tú presumías de tener la mejor mano…
Antonio salió al porche, recorrió la escena, se echó la mano a la boca para no reírse y volvió presto al interior antes de estallar. Lourdes agarró la manguera y empezó a enjuagarse la vergüenza. El olor era persistente, como la derrota.
Todo el día, el barrio murmuró sobre las explosiones. Hubo quien habló del alambique ilegal, otros, de un meteorito. Lourdes, callada como una tumba, restregó el invernadero hasta el anochecer.
Tuvo que tirar el semillero y cambiar la tierra: ni las cebollas más duras soportarían esa embestida de abono. Esa noche, ni siquiera salió a tomar el té en el porche. Rarísimo.
A la semana, pedí otro camión de estiércol. Lo descargaron donde siempre. En la siguiente madrugada, no oí ni un crujido, ni un roce de pala, nada.
Salí al jardín: la luna bañaba la pila intacta.
Por la mañana, Lourdes pasó por mi valla, girando la cara como si le diera el sol.
Ahora compraba fertilizante en bolsas, bien coloridas y pagando en caja.
¡Buenos días, vecina! le llamé. ¿Qué tal van esos pimientos?
Se detuvo y me miró. No había rastro de arrepentimiento, pero sí un miedo claro a las reacciones químicas espontáneas.
Van bien gruñó. Ya me las apaño yo sola, sin tus dádivas.
Perfecto. El secreto especial de mi abono ya lo sabes.
Escupió al suelo antes de alejarse apurada hacia casa. Yo volví dentro y me preparé un té negro bien fuerte.
Me quedé serena, sin resentimiento ni euforia. Todo volvía a estar en orden: lo mío era mío y nadie tocaba lo ajeno.
Las fronteras no son la valla, son las lecciones que aprende cada quien. No metas la mano en el montón ajeno si no aceptas las consecuencias.
Ahora guardo levadura seca en la estantería de arriba. Por si viene otro escarabajo a comprobar mi generosidad… Cada quien merece su respuesta a medida.





