¡Vaya recibimiento, papá, cómo te reciben aquí! ¿Y para qué necesitabas ese balneario, si en casa ti…

¡Tienes que escuchar lo que me ha pasado, de verdad! Mira, cuando el padre de Lucía llegó a casa, la recibida fue épica. Y digo yo, ¿qué necesidad tenía de irse de vacaciones a un balneario si en casa nunca falta de nada, vamos, como un todo incluido?

Cuando Javier me dio las llaves de su piso, sentí que había conquistado mi particular Bastilla. Vamos, ni Leonardo DiCaprio esperó tanto por el Óscar como yo esperaba a mi Javier, y encima con la llave de su propio nido.

A los treinta y cinco, ya bastante desencantada, cada vez lanzaba miradas más piadosas a los gatos callejeros o a los escaparates de Todo para las Manualidades.

Pero entonces llegó él, solitario, que había gastado toda su juventud en el trabajo, en comer quinoa, gimnasio y la obsesión de encontrarle sentido a la vida. Y encima, sin hijos.

Llevaba años soñando con ese regalo, y parece que por fin alguien en el cielo se enteró de que esta vez no estaba de coña.

Me espera el último viaje de trabajo del año, pero después soy todo tuyo me dijo Javier, entregándome las preciadas llaves. No te asustes si ves mi cueva Solo paso por casa para dormir, fui franco. Y se fue, cruzando un par de husos horarios, durante un fin de semana entero.

Así que cogí mi cepillo de dientes, mi crema, y me fui a descubrir esa cueva. La primera traba, justo en la puerta, que ya me había advertido Javier: el bombín a veces se atasca, pero yo jamás pensé que tanto.

Me pasé cuarenta minutos intentando convencer a la puerta: tiré, empujé, metí la llave, intenté con dulzura, con rudeza, pero la puerta no quería aceptarme.

Ya desesperada, probé con las técnicas psicológicas que usábamos en el cole, ahí detrás de los contenedores. A raíz de tanto escándalo, la puerta de la vecina se abrió.

¿Por qué intentas forzar una puerta que no es tuya? me espetó la vecina, con tono de preocupación.

No la fuerzo, tengo llaves le contesté, sudando a mares.

¿Y tú quién eres? Porque no te conozco seguía la señora, metiéndose donde no la llaman.

Soy su chica le solté, bien plantada. Aunque solo veía una rendija por donde nos entendíamos.

¿Tú? dijo con sorpresa verdadera.

Sí, ¿algún problema?

No, ninguno, hija. Solo que nunca ha traído a nadie aquí (y yo queriéndole más aún a Javier), y tú eres diferente.

¿A qué te refieres? respondí, un poco mosqueada.

Nada, nada. No importa, perdona y cerró la puerta.

Al comprender que esto era cuestión de fuerza o de cabeza, apreté la llave como si quisiese mudarme ahí de por vida, casi giro toda la madera. ¡La puerta se abrió!

Entré y el mundo interior de Javier se desplegó delante de mí. No te exagero, mi alma se quedó helada. Sé que a los chicos solitarios les va el rollo asceta, pero aquello más bien era una celda.

Pobre, ni debe recordar qué es el calor de hogar murmuré, viendo el piso en el que pensaba estar a menudo a partir de ahora.

Al menos, fui la primera. Como decía la vecina, una mano femenina jamás había tocado esas paredes, esa cocina, ni esos cristales grises.

No pude aguantar más; me calcé y salí corriendo al Carrefour más cercano a por una cortina bonita y una alfombra de baño, y ya que estaba, unos paños y manoplas para la cocina.

Claro que no terminé ahí. Cuando empiezas es imposible parar; me llevé ambientadores, jabones artesanos y cajitas organizadoras para mis potingues.

Por añadir estas cosas no estoy abusando, me repetía mientras llenaba dos carros.

El bombín ya no daba guerra, en realidad, parecía olvidarse de su función, como el portero de hockey que se deja meter goles por no llevar máscara.

Cuando vi el estropicio, me tiré hasta media noche peleando con los cuchillos para sacar el viejo bombín, y al día siguiente me fui directa al Leroy a comprar uno nuevo. Ya que estaba, cambié cuchillos, tenedores, cucharas, manteles, tablas y salvamanteles. Y claro, de las cortinas a los visillos, todo fue rodado.

El domingo a mediodía, Javier llamó que tendría que quedarse en el trabajo unos días más.

Me va a encantar que le des tu toque y un poquito de calor a mi piso sonreía por teléfono, porque hace falta, la verdad.

Y mi calor ya venía por camiones, perfectamente distribuido según mi plan y hasta con inventario. Todos estos años lo tenía acumulado por dentro, y ahora, por fin desatada, no podía parar.

Al volver, solo quedaba una araña cerca de la ventilación. Quise sacarla, pero vi esa carita desconcertada de ocho ojos y pensé que mejor dejarla como símbolo de respeto al piso ajeno.

El piso de Javier parecía el de un hombre que lleva ocho años casado, luego divorciado, y ahora feliz por su cuenta, todo a la vez.

No sólo cambié el piso; me encargué de que todo el portal supiera que ahora yo mandaba y cualquier cosa me la dijeran a mí. Me faltaba la alianza, pero ya sería cuestión de tiempo.

Los vecinos primero con recelo, pero acabaron resignándose: Tú misma, no es asunto nuestro.

Cuando Javier volvió, le tenía preparada una cena de verdad: casera, rica. Me metí en un vestido escandaloso, repartí incienso por los rincones, dejé la luz baja y me puse a esperar, como una reina.

Se retrasaba, y justo cuando empezaba a notar los efectos mortales de tanto apretar el vestido, oí que metían una llave.

Es nueva, solo tienes que empujar le dije, entre avergonzada y seductora.

No me podía preocupar por críticas, porque lo del piso ya lo había ganado. Todo se me podría perdonar.

Justo cuando se abrió la puerta, me llegó un mensaje de Javier: ¿Dónde estás? Estoy en casa, y todo está igual, los colegas me decían que lo ibas a llenar de cremas.

Aunque lo leí después Porque en ese momento entraron cinco desconocidos: dos veinteañeros, dos niños de cole, y un abuelo tan tieso que al verme se irguió y peinó el poco pelo que le quedaba.

Mira que recibimiento, papá. Y para qué balneario, si aquí tienes el todo incluido soltó el chaval, y su mujer rápidamente le abroncó por ser tan bocazas.

Yo ahí, en el pasillo, con dos copas llenas y sin poder moverme ni gritar, paralizada.

En un rincón, la araña, muerta de risa.

Perdona, ¿y tú quién eres? me susurró la abuela.

El dueño del cortijo aquí soy yo dijo el abuelo, ¿eres enfermera? Porque yo me cuido solo, no hace falta que vengas.

Eh sí, don Adán, tienes el piso muy apañado se asomó la mujer del joven. Un cambio total, que antes esto parecía una tumba. ¿Y usted, señorita, cómo se llama? ¿No será muy avanzado para nuestro don Adán? Aunque claro tiene piso propio, eso cuenta.

E-e-soy Lucía balbuceé.

¡Mira que bien! Adán, te rodeas de buena gente, ¿eh?

El abuelo, con esa chispa en los ojos, parecía encantado con el accidente.

¿Dónde está Javier? pregunté, antes de tragarme las dos copas de golpe por los nervios.

¡Yo soy Javier! levantó la mano el peque de ocho.

Uy, tú todavía no eres Javier le cortó su madre. Venga, niños, al coche.

Perdone, creo que he equivocado de piso empecé a juntar las piezas. Esto es Calle Olivo, número dieciocho, piso veintiséis, ¿verdad?

No, esto es Calle Roble, dieciocho respondía el abuelo, preparado ya para celebrar la llegada de la enfermera.

Pues sí suspiré, me he liado. Ustedes pasen, pónganse cómodos, yo llamo para aclarar.

Cogí el móvil, salí pitando al baño, me envolví con la toalla, y por fin leí el mensaje de Javier.

Javi, llego en cinco minutos, me entretuve en el súper, contesté.

Ok, te espero, ¿puedes traer una botella de Rioja? me mandó por audio.

Y el Rioja lo que quería era metérmelo yo, de los nervios. Agarré la alfombra y la cortina, esperé a que los desconocidos entrasen en la cocina, y salí pitando del baño.

Recogí todo lo que pude en una bolsa y, sin mirar atrás, me marché.

Luego, cuando llegué al portal correcto y Javier me abrió, solo le solté:

Ya te contaré luego… y pasé como un fantasma, ni le miré. Fui directa al baño, puse la cortina y la alfombra, y me tiré al sofá hasta el día siguiente, esperando que el estrés y el Rioja se disipasen.

Al despertar, vi a Javier mirándome, esperando explicación.

Oye ¿qué dirección es esta?

Calle Granado, dieciocho.

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MagistrUm
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