– Vamos a casa, Chiquillo, vamos –acarició Sergi Pedro al perro–, ella ya no volverá, por mucho que tú y yo lo deseemos…

Vamos a casa, Peque, vámonos acarició Santiago el perro en la cabeza. No la vamos a recuperar, por mucho que los dos lo deseemos.
El perro mestizo llamado Peque alzó la mirada y clavó sus ojos en los de su dueño. Lo entendía todo: que su querida ama había muerto, que por más que se quedara junto a la lápida, ella jamás volvería para rascarle las orejas o deslizarle a escondidas bajo la mesa esas galletas que tanto le gustaban, pero que Santiago le prohibía.
El perro suspiró hondo y emprendieron el camino hacia la parada del tranvía. El trayecto era largo, pero no tenían prisa. Así que hombre y perro avanzaron despacio, ambos recordando a la persona que más habían amado en este mundo.
***
Santiago había vivido cuarenta y ocho años con su Mari (como siempre la llamó). Una vida buena, en armonía. Pero el cielo no les había concedido hijos.
Será que no era nuestro destino decía María. Quizá no éramos dignos de criar a un niño, y por eso no nos lo confiaron.
Por eso mismo, Mari se negó a adoptar a ningún huérfano, aunque él no se oponía, pero no insistió. No tenía sentido si ella no sentía ese llamado. Al principio aún guardaban esperanza, pero luego… luego Mari llegó a casa con un pequeño perro callejero. Ralph, así se llamó su primera mascota, que les llenó el vacío. Cuando Ralph murió de viejo, lloraron tanto que juraron no tener más animales; el dolor de perderlos era insoportable.
Dos años después, Mari apareció con un minúsculo gatito.
Los gatos viven mucho sonrió ella. Nube podría incluso sobrevivirnos.
Veinte años felices vivieron con Nube, pero, ay, aunque los gatos duran más que los perros, no tanto como los humanos.
Amargamente enterraron a su “hijo”, y Mari enfermó gravemente. Quizá esa pérdida quebró la salud de la ya envejecida mujer. Él sugirió adoptar otro gatito, pero Mari se negó rotundamente.
Somos viejos, pronto nos iremos. ¿Para qué dejar solos a más animales? No, Santiago, basta. Viviremos solo nosotros dos.
Y él, una vez más, estuvo de acuerdo. La amaba demasiado.
Pasaron dos años.
Un día, paseando por el parque, se acercaron a un puesto de helados. Él le compró a Mari su vainilla favorita, y se dirigían hacia la fuente cuando escucharon un ruido detrás del quiosco. Al rodearlo, se quedaron paralizados: un cachorro escuálido masticaba el envoltorio de un helado. Estaba tan delgado que su cabeza parecía enorme en comparación con su cuerpecito. Al verlos, el perrito soltó el papel y los miró con una expresión entre reproche y súplica.
Santiago, prométeme susurró Mari, apretándole la mano con fuerza, ¡prométeme que vivirás al menos diez años más!
Él se quedó atónito, pero la mirada de Mari era tan intensa, como si de ello dependiera su vida, que, sin pensarlo, respondió:
¡Lo prometo!
Ella sonrió, levantó aquel “desastre peludo” y lo abrazó contra su pecho. Así llegó Peque a sus vidas.
Santiago suspiró hondo y miró a Peque. El perro alzó la cabeza al instante, clavando sus ojos en los de su dueño, como si leyera sus pensamientos, como si dijera: “Sí, sí, así fue exactamente”.
Vivieron juntos cinco años más de felicidad, llenos de esa alegría peluda llamada Peque, hasta que, tres meses atrás, su Mari se fue de repente…
Santiago emitió un gemido ahogado, y Peque respondió con un aullido lastimero.
Nos hemos quedado solos, Peque dijo Santiago.
¡Auuu-auuuu! contestó el perro.
Visitaban a menudo la tumba de María, porque no sabían hacer otra cosa.
Llegaron a la parada final del tranvía. Santiago se sentó en el banco. Un dolor sordo le atenazaba el pecho, no fuerte, pero molesto. “Ojalá lleguemos pronto a casa, un té caliente me aliviará”, pensó, frotándose el lado izquierdo del pecho sin darse cuenta. Peque, en lugar de sentarse a su lado como siempre, daba vueltas nervioso alrededor del banco, olfateando su rostro y gimiendo.
Tranquilo, Peque, tranquilo. Ahí viene el tranvía, vámonos.
Subieron. El viaje era de unos cuarenta minutos, pero el dolor aumentaba. Peque hundía su cabeza en el regazo de Santiago con más fuerza.
Bueno, bueno, Peque, ya queda menos…
De pronto, el dolor se agudizó, la respiración se hizo difícil, todo se oscureció, y Santiago perdió el conocimiento. Peque ladró desesperado. Los pocos pasajeros se volvieron.
¡A este señor le pasa algo!
El tranvía se detuvo, la gente se agolpó alrededor mientras esperaban la ambulancia. Peque dejó de ladrar y se sentó en silencio, mirando a los extraños con ojos suplicantes: “Ayúdenlo, ayúdenlo”, gritaba su mirada.
Subieron a su dueño a la ambulancia, y Peque, que ya había visto ese vehículo antes, sabía que no lo dejarían entrar. El coche arrancó en la misma dirección que el tranvía, así que el perro volvió al vagón. Creía que el tranvía seguiría a la ambulancia. La gente lo acariciaba, compadecida.
No lo echen dijo alguien al revisor, seguro que sabe el camino a casa. Los he visto antes en esta ruta.
Y lo dejaron quedarse.
Cuando el tranvía completó su recorrido y regresó a la parada junto al cementerio, Peque bajó. Se quedó inmóvil, ignorando todo a su alrededor, su hocico apuntando hacia el hospital donde luchaban por salvar a su dueño. Sus ojos parecían mirar más allá, hacia algo que ningún humano podría comprender.
Mientras, Peque libraba su propia batalla por la vida de Santiago. Sabía que los médicos no bastaban. Y, al sentir que su fuerza no era suficiente, corrió hacia la única que, aunque yacía bajo una lápida, aún podía ayudarlo.
La civilización nos ha desconectado de la naturaleza. Ya no creemos en la energía ni en los pensamientos que trascienden la distancia, ni en lo que no podemos ver o medir. Pero eso no significa que no exista. Si nuestros animales hablaran, nos contarían cosas fascinantes sobre ese “algo más”.
***
Santiago caminaba por un pasillo oscuro. Al final, sobre un prado verde lleno de flores, estaba su Mari, joven como siempre. Él se apresuró. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando, de pronto, se detuvo. Mari lo miraba enfadada:
¡No quiero a un mentiroso! ¡Prometiste vivir al menos diez años! ¡Solo han pasado cinco! ¿Quieres abandonar a nuestro Peque? ¡Vuelve!
La mano de Santiago cayó lentamente. No podía desobedecerla ni entristecerla. Así que dio media vuelta y regresó a la oscuridad.
Hay pulso susurró el médico.
***
Pasó un mes. Hoy daban de alta a Santiago. Se sentía bien, pero una pregunta lo atormentaba: ¿dónde estaba Peque? ¿Viviría? ¿Cómo encontrarlo?
Peque, mientras tanto, se había vuelto una celebridad en el pueblo. Tras arrebatarle a la Muerte a su dueño junto a Mari, el perro supo que solo debía esperar. Su amo volvería por él, sin duda, al lugar donde se habían separado: el tranvía. Así que Peque pasaba los días montando en la línea 8, la que iba al cementerio. El boca a boca expandió la historia rápid

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MagistrUm
– Vamos a casa, Chiquillo, vamos –acarició Sergi Pedro al perro–, ella ya no volverá, por mucho que tú y yo lo deseemos…