Recuerdo una tarde lejana en la cocina de nuestro piso en Madrid, mientras fregaba los platos. Fue entonces cuando entró Iván. Antes de cruzar el umbral, apagó la luz del techo.
Todavía hay bastante luz natural. No hace falta gastar electricidad gruñó con ese ceño fruncido tan suyo.
Quería poner una lavadora le respondí, sin levantar la voz.
La pones por la noche contestó seco. Es cuando la luz es más barata. Además, no abras tanto el grifo; gastas demasiada agua, Valeria. Demasiada. Y así, sólo estás tirando nuestros euros por el desagüe.
Reduciendo aún más el chorro, Iván me miró con impaciencia. Yo, exhausta, apagué el grifo, me sequé las manos y me senté, mirando la vieja mesa de la cocina.
Iván, ¿alguna vez te has mirado desde fuera? le pregunté, con la voz serena.
Me miro todos los días me soltó, entre dientes y sin ocultar el fastidio.
¿Y qué opinas de ti? insistí.
¿Como persona? repuso.
Como marido y padre.
Pues como todos dijo Iván. Un hombre normal, sin más. Ni el mejor ni el peor. ¿Por qué tanta pregunta?
¿De verdad crees que todos los maridos y padres son como tú? le interrogué de nuevo.
¿Ahora qué pretendes? ¿Montar una pelea?
Sabía que ya no había vuelta atrás, y sentí que por fin tenía que decirle todo lo que me pesaba desde hacía años. Hasta que comprendiera que vivir así, junto a él, se había vuelto una tortura.
Iván, ¿sabes por qué aún no te has ido de mi lado? le dije.
¿Y por qué tendría que irme? replicó él, con una sonrisa torcida.
Porque no me quieres, Iván. Y tampoco quieres a nuestros hijos.
Apenas soltó un suspiro, pero yo continué antes de que pudiera protestar.
Ni te molestes en negarlo. En realidad, no tienes afecto por nadie. Y no voy a perder tiempo en discutirlo. Quiero hablar de otra cosa, de por qué sigues aquí.
Adelante, a ver dijo Iván, encogiéndose de hombros.
Por pura tacañería le solté. Porque separarte de mí sería, para ti, una gran ruina económica. ¿Cuántos años llevamos juntos, Iván? ¿Quince? ¿Y qué tenemos, después de todo este tiempo? No me hables de hijos y matrimonio. ¿Qué hemos logrado en todos estos años?
La vida todavía está por venir respondió él.
No toda, Iván le corté. Ya va quedando menos, y tú lo sabes. ¿Sabes? En todo este tiempo jamás hemos ido a la playa. Nunca. Ni hablar de viajes al extranjero; ni siquiera dentro de España. Siempre pasamos las vacaciones en Madrid, nunca salimos ni a por setas por la sierra. ¿Y por qué? Porque todo te parece caro.
Porque estamos ahorrando, Valeria. Por nuestro futuro.
¿De verdad crees que ahorramos los dos? pregunté, incrédula. ¿O eres tú solo?
Es por vosotros, lo hago por vosotros insistió.
¿Por nosotros? ¿De verdad? ¿Me quieres decir que, durante quince años, has estado apartando mi sueldo y el tuyo en una cuenta para los niños y para mí?
¿Para quién sino? Gracias a mí, tenemos ya una buena cantidad ahorrada.
¿Tenemos? repetí, sorprendida. Me parece que quien tiene dinero ahorrado eres tú, no yo. Pero vamos a comprobarlo. Dame algo de ese dinero, Iván, para comprarme ropa nueva, tanto para mí como para los niños. Ya estoy cansada de vestir todavía los trajes de cuando me casé contigo, y la ropa que me pasa la mujer de tu hermano. Los niños igual, siempre heredan de sus primos mayores. Y lo mejor: por fin buscaré un piso aparte. Porque estoy harta de vivir en casa de tu madre.
Mi madre nos ha dado dos habitaciones replicó Iván. No deberías quejarte. Sobre la ropa de los niños, ni hablar. No tiene sentido gastarse un dineral en algo que puedes conseguir de segunda mano.
¿Y yo qué? le pregunté. ¿De quién heredo yo la ropa? ¿De la mujer de tu hermano?
¿Y para quién te vas a arreglar, Valeria? A tu edad, lo importante es otra cosa. Tienes treinta y cinco años, eres madre. Lo de la ropa es una tontería.
¿Y entonces, en qué debería pensar? pregunté, mordaz.
En el sentido de la vida dijo Iván, encogiéndose de hombros. Hay cosas más importantes que ropa o piso. Cosas elevadas, de mucho más valor.
¿A qué te refieres? quise comprender.
Pues al desarrollo personal, espiritual. Hay que trascender toda esa preocupación por lo material.
Ya veo dije, con ironía. Por eso guardas el dinero en tu cuenta y no nos das nada, para que nos elevemos espiritualmente. ¿No?
Es que no se os puede confiar nada. Si fuese por vosotras, os lo gastaríais todo al instante. ¿Y si pasa algo? ¿De qué viviríamos?
De qué viviríamos si pasara algo… repetí, dejándome llevar por la rabia. Dices de ahorrar “por si acaso”, pero ¿cuándo vamos a empezar a vivir, Iván? Da la sensación de que tu por si acaso ya ha llegado, porque así de miserable estamos viviendo.
Guardó silencio, con la mirada sombría.
Ahorra incluso en jabón, en papel higiénico y servilletas continué. Llevas a casa jabones y cremas del trabajo, los que os reparten en la fábrica.
Cada céntimo cuida al euro dijo Iván, imperturbable. Se empieza por lo pequeño: gastar en jabones caros o servilletas es ridículo.
Al menos fija un plazo, Iván. ¿Cuánto más tenemos que aguantar? ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Cuándo piensas aflojar el bolsillo y vivir con un mínimo de dignidad? Treinta y cinco años tengo, y parece que tampoco ha llegado aún el momento, ¿no?
Iván no abrió la boca.
¿Será a los cuarenta? ¿Ahí sí? ¿O a los cincuenta? le empujé, mirándole a los ojos.
Seguía callado.
Tal vez a los sesenta, ¿verdad? Quizá entonces podamos gastar en papel higiénico bueno y en ropa nueva para los niños. ¿Cuánto habrá en la cuenta entonces? Seguro que mucho. Y allí, por fin, vivirás. ¿No?
Nada.
¿Y si no llegamos a los sesenta, Iván? Viendo lo mal que comemos por tu tacañería Comida barata, indigesta, de la que se come por llenar. ¿Nunca has pensado lo malo que es para la salud? Pero más grave aún es lo otro, Iván. Vivimos siempre de mal humor. Y así, nadie llega lejos.
Si nos vamos y empezamos a vivir mejor, ya no podré ahorrar murmuró Iván.
Y por esa misma razón, me marcho anuncié. Porque ya me cansé de ahorrar. No quiero ahorrar más. Esa es tu pasión, Iván, no la mía.
¿Y cómo vas a apañártelas? preguntó, como si hubiera oído una locura.
Encontraré la manera le respondí. No voy a vivir peor de lo que vivo ahora. Alquilaré un piso para mí y para los niños. Mi sueldo no es menor que el tuyo, llegará para todo: casa, ropa y comida. Y lo mejor: no tendrá que escuchar tus sermones sobre la luz o el agua. Pondré la lavadora cuando me plazca, usaré la luz sin remordimientos, compraré el mejor papel higiénico y tendré servilletas de papel en la mesa siempre. Iré a comprar lo que me apetezca, sin esperar rebajas.
¡Pero es que no reunirás ni un euro de ahorros! exclamó, horrorizado.
¿Por qué no? respondí sonriendo. Lo que tú pagues de pensión para los niños, eso lo ahorraré, si quiero. Pero claro que no lo haré. No porque no pueda, sino porque no quiero. Voy a gastar cada euro, incluido los tuyos. Viviré justa hasta final de mes, sin culpa. Y los fines de semana, los niños con su abuela y contigo; así podré salir al teatro, ir a exposiciones y cenar fuera. A lo mejor en verano vaya hasta el mar. No sé adónde, pero lo haré, lo decidiré en cuanto me libere de ti.
Vi en su cara el terror verdadero. No por mí, ni por los niños, sino por su propio bolsillo. Calculando al instante cuánto le quedaría después de la pensión y los gastos de los niños los fines de semana. Pero sé que lo que más le dolía era imaginarme gastando dinero en el mar. Porque, para él, ese era dinero tirado. Su dinero.
No te he dicho lo principal, Iván continué. La cuenta donde tienes el dinero, la partiremos.
¿Cómo que la partiremos? tartamudeó.
Mitad y mitad le dije, mirándole. Todo lo acumulado en estos quince años. Y lo gastaré también, Iván. Sí, lo gastaré. No pienso ahorrar para mi vida futura, la viviré ahora mismo.
Iván apenas atinaba a balbucear. El miedo lo tenía paralizado.
¿Adivinas cuál es mi auténtico sueño, Iván? le confesé. Que cuando me llegue la hora de irme para siempre, no me quede ni un euro en la cuenta. Así sabré que lo gasté todo en mí, que viví como quería.
Dos meses después, Iván y yo estábamos divorciados.





