¡Ay, Julia! ¿Otra vez? Madre mía, ¡pareces más una calamidad que una niña! ¿Cómo puedes ser así?
Mamá, no sé… Ha pasado sin querer…
La madre le quitaba a Julia el abrigo sucio, los botines calados y el gorro al que, una vez más, le faltaba el pompón.
Los hijos de todo el mundo son normales, ¡menos la mía! ¡Julia, de verdad, ¿cuánto más?
Julia miraba el dobladillo desgarrado de su vestido y suspiraba.
Pero qué bien se lo había pasado jugando al trenecito. Lástima que Diego tirara tan fuerte de su vestido. Se rompió, claro. Y la señora Catalina, su cuidadora, había dicho que ella no era costurera, que lo cosiera su madre. ¡No le faltaba razón! Lo malo fue que tuvo que pasar desde la merienda hasta el anochecer sentada en una silla, en el rincón. ¡Como si fuera decente presumir de ropa interior delante de los demás! ¡Eso decía siempre la abuela! Y ella, vaya si sabía de la vida.
Por ejemplo, la abuela sí creía que Julia era “así”. Su madre no, pero la abuela lo tenía clarísimo.
¡Déjala ya, que la tienes frita! ¿Qué manía más rara la tuya?
Mamá, me educaste igual, ¿por qué ahora lo criticas? Si no le marco límites, ¿en qué se convertirá Julia?
En una mujer lista y preciosa, igual que tú fuiste. ¿No basta?
¡Anda ya! No estoy para chorradas. ¡Julia, vete a cambiar y ya!
Julia suspiraba de alivio y se escapaba corriendo a su cuarto, dejando a las dos mujeres más importantes de su vida discutiendo a sus anchas, porque en el fondo, ni siquiera la necesitaban; ella sólo servía como excusa.
Una vez le preguntó a la abuela qué significaba todo ese enredo. La abuela se echó a reír:
Reñir por nada aburre, niña. Pero cuando toca, ¡eso ya es otra cosa!
¿Y yo soy la cosa de vosotras?
La más importante. Eres única, Julia. Por eso nos preocupamos tanto por cómo serás de mayor. Tu madre es estricta, porque está convencida de que sólo así saldrás adelante. Yo, todos mis regaños se acabaron con ella; contigo sólo me quedan los mimos… o los caramelos.
¡No me gustan los caramelos!
Está bien, una chocolatina.
Mejor. Y, abuela, ¿mamá me quiere?
Más que a nadie en el mundo. ¡Incluso más que yo! Eso seguro.
¿Entonces por qué me riñe tanto?
Pues por eso mismo…
Vaya amor raro… Tú también me quieres, y no me riñes…
Pero yo soy tu abuela. Tu madre es tu madre; a ella le toca querer de otra forma. ¿Entiendes?
No…
Pues ya lo entenderás.
Pero ese “ya lo entenderás” parecía nunca llegar.
Julia esperaba y esperaba, pero con los años, sólo veía a su madre hacerse más rígida.
¿Qué hago contigo? ¿Esperar a que aparezcas con un disgusto?
Esa frase la oía a menudo y nunca sabía bien a qué se refería. Se acordaba, eso sí, de aquel dobladillo destrozado. Casi le daba por preguntar en serio cómo iba a “aparecer con algo” en un dobladillo lleno de agujeros, pero sabía que la broma la hubiese metido en un lío aún mayor.
Y, sin embargo, los miedos de su madre eran infundados.
Julia, extraña para algunos pero bondadosa y risueña, se veía bastante normalita. Por mucho que la abuela la llamase listilla, ¡ahí estaba el espejo!
Y allí… Nada bueno. ¡Qué va! Ojos pequeños, melena morena recogida en una coleta raquítica, y unos granitos salpicando la nariz. Bella, desde luego, no.
“Una verdad como un templo”, pensaba Julia, así que no le daba más vueltas a su aspecto. Así era más fácil, para ella y para su madre. Total, nada de ropa de última moda, ni botas caras. Su par de zapatillas viejas le bastaban para todo, salvo para los días de teatro con la abuela.
Eso sí, el teatro le fascinaba. Lástima que fuera un lujo ocasional, porque el dinero apenas llegaba. La abuela ahorraba céntimo a céntimo de su pensión sus buenos euros, pero la vida apretaba. Desde primero de la ESO, Julia empezó a cuidar a los gemelos de la vecina; traviesos, pero buenos y, sin hermanos propios, lo disfrutaba como si fuera más alegría que trabajo.
¡Y bien que lo pasaba! Llegaba, jugaba, les daba la merienda y se iba tan campante. Nadie le robaba los colores, ni le revolvía la habitación. Maravilla.
No era egoísta, pero tenía bien claro lo que costaba criar hijos. Hacía falta dinero, y en casa sólo estaban el sueldo de auxiliar de enfermería de su madre y no en cualquier sitio, en Urgencias, y la paga de la abuela. Y, sobre todo, la ausencia del padre. A ese jamás lo vio ni sintió ganas.
De eso mejor ni hablar con la madre. Para disgustos ya tenía bastantes. Y bastante hacía con cuidar a la abuela, que de un tiempo a esta parte olvidaba nombres y hechos hasta de hace un rato.
Hasta del padre de Julia, al principio, se acordaba. Una vez, la abuela le contó la historia de cómo aquel hombre apareció y luego se desvaneció tras saber de la llegada de Julia.
Tu madre no le importaba.
¿Por qué?
Era un ligón. Tenía muchas detrás. Yo ya se lo decía, pero no quiso escuchar. Se enamoró como una tonta. Prometió casarse y todo eso.
¿Y se casó?
Claro, tu madre si quería algo, lo conseguía. Pero en cuanto supo que estaba embarazada, desapareció como el humo. Nunca supimos adónde. Sólo una nota dejó.
¿Qué decía?
Eso, Julia, son cosas de ellos. Basta con que sepas que para tu madre fuiste tan deseada, durante el embarazo caminaba de puntillas como si fueras de cristal… Y desde entonces, es normal que te cuide tanto y te regañe a cada paso.
¿Por eso?
¡Por eso! De noche se queda a veces mirándote, susurrando, acariciándote el pelo, a punto de llorar. Si le preguntas, se enfada. Es su modo. Te quiere, Julia, como sabe. ¿Está claro?
Está clarísimo… Abuela, ¿y tú también la reñías así?
Claro. Todas las madres hacemos tonterías por miedo, y luego nos arrepentimos.
¿Miedo de qué?
De que os pase algo. Es inexplicable… Cuando seas madre, lo sabrás.
Julia no contestó entonces, pero pensó que sus hijos nunca serían reñidos así. ¡Ingenua ella! Pero, ¿quién no lo era en esa edad?
Lo cierto es que ni esperaba tenerlos. ¿Quién querría fijarse en una tan apocada, tan poco agraciada, y de carácter difícil? Cuando se te pega, pares una lapa…
Al terminar el módulo en el instituto, Julia entró como enfermera en el mismo hospital de su madre. Y ahí empezó el espectáculo.
Todo le parecía mal: demasiado atenta con los pacientes, demasiado delicada, demasiado sensible… “No te esfuerces tanto”, le decían. “Nadie lo aprecia. Se van y vienen otros. No puedes desvivirte”.
Pero Julia no escuchaba. Le daba pena cada enfermo. Sufrían, lloraban… Y qué menos que una palabra amable. Si animaba hasta a los gatos, pues imagina a las personas.
Incluso su madre la advertía.
Hija, no te busques problemas. Aquí no gusta la gente tan bienintencionada. Podrías acabar mal con los compañeros. Y necesitamos tu sueldo, ya sabes. No quiero llevar a la abuela a una residencia.
Mamá, ¡pero gritan a los pacientes!
Hay días duros, y no todos pueden con esa tensión. Lo importante es que sigas tu ejemplo: ayudar de corazón. No cambies. Pero con calma. Enséñales con paciencia, no a la fuerza.
Eso es lento…
¡Ay, Julia! ¿A quién habrás salido tú así?
Así, ¿cómo?
Así de tozuda.
Pues a ti, imagino.
¡Julia!
¿Sí?
Nada… Obedece a tu madre.
Julia no quería pelearse, pero tampoco le hacía caso siempre. En la planta había una abuela arisca, pero a esa sólo la saludaba con sonrisas. Se portaba fatal con las demás enfermeras, pero no con Julia.
No era la única paciente así. Había muchos más, solos, cansados, familares a la gresca… Y Julia lo entendía todo. Veía a los hijos hablar de herencias, y los pacientes luego lloraban. ¿Cómo no ponerse en su lugar?
Pero su madre sólo quería verla bien. ¿Y cómo estar bien si los demás sufren?
No podía consolar a todos, pero al menos intentaba aliviar a algunos.
Y que las chicas se rieran y dijeran que Julia debería ser monja, pues allá ellas. Su abuela siempre decía: “El rebaño sigue, aunque ladren los perros…”
Y así, su “caravana” seguía avanzando, entre la arena y la sed.
Es duro cuando nadie te comprende. Más aún cuando a quien contárselo ya no está realmente. Desde que la abuela empezó a estar ausente de verdad, Julia apenas tenía con quién hablar. Su madre suspiraba, le insistía en que pensase en sí misma. Y sus amigas se casaban una a una, dándole sus ramos en la boda:
¡Venga, Julia! ¡Te toca ser la siguiente! ¡A ver si aciertas y el elegido aparece!
Julia los aceptaba, por cortesía. Pero el “indicado”, el príncipe azul, brillaba por su ausencia. Así que asumió que quizá no tendría pareja. Hay quien nace completo, sin media naranja… ¿Por qué no?
Dejó de esperarlo. Demasiado tímida para lanzarse. Se conformaba con turnar entre el hospital, el refugio de animales donde ayudaba ocasionalmente a una amiga, y el cuarto de la abuela, ya casi una sombra.
Mamá, si quieres nietos, dilo claro. ¡Ahora es fácil, los tiene cualquiera!
¡Julia, qué cosas dices!
Es que príncipes hay pocos, mamá. Ley de vida. ¿Qué esperas?
Sólo deseo que seas feliz…
Pues entonces no me hables más de pareja ni futuro. Igual no los quiero. Así estoy bien, mamá, ¿lo entiendes?
Y la madre callaba, rumiando, pensando si aún habría algún hijo de amiga por presentar.
Y entonces la vida, caprichosa, le dio una sorpresa… de las suyas, no como ella imaginaba.
El papel protagonista en esta función que era la vida de Julia lo tuvo, precisamente, aquella abuela arisca, Marianela Sánchez, que ingresaba un par de veces al año y cada vez ponía patas arriba la planta entera.
¡Ay, que vuelve Marianela! Julia, es tu clienta, ¡toda para ti!
Marianela brillaba cuando veía a Julia por el pasillo.
¡Mi niña! ¡Qué alegría! ¡Alguien decente entre tanto buitre!
¿Y por qué dice eso? ¡Aquí todos son buenos!
Eres joven y crédula. Yo me las sé todas.
Bueno, yo le llevo a la habitación, que ya está sembrando el pánico.
Mejor, que aprendan. ¡Les hace falta!
¡Qué carácter, Marianela!
Y eso que soy blanda. No has conocido a mi gata. ¡Eso sí que es genio!
Julia asentía, sin darle más vueltas. Error, porque pronto conocería a aquella gata.
Ocurrió cuando Marianela entró un día apagada, distinta. No discutía, no exigía. Se fue con Julia al cuarto y se acostó dándole la espalda.
Vete, Julia… Luego hablamos…
Julia supo pronto el diagnóstico y el hecho de que Marianela, por primera vez, había pedido ingreso por voluntad propia.
Se ha peleado con sus hijos. ¡Y aún se queja! Hay que saber dar cariño, si no, nadie estará cuando haga falta…
A Julia esa frase le sonaba hueca. Desde fuera, imposible juzgar qué pasa dentro de cada familia.
Al acabar la jornada, fue a visitar a Marianela:
¿Necesita algo?
Un largo silencio. Julia iba a irse cuando Marianela habló.
Julia, quiero pedirte un favor. Nunca fui de pedir; mi madre decía, si quieres algo, consíguelo tú, no esperes nada de nadie. Y ahora, cuando ya no puedo, ¿qué hago?
Diga, Marianela, no pasa nada.
Verás, familia no me falta, ¡me sobra! Pero confiar… Me equivoqué en la vida, Julia. Tanto trabajar, apenas recuerdos felices. Pensé que, al menos, a los hijos los criaría bien. Pero solo les di… Y ahora, apenas me necesitan. Les di de todo, incluido mi casa; vendí la de mi madre… Y aquí estoy. No me queda nada. Sólo mi gata, Maruxa. ¿Podrías llevártela tú? Cuidarla hasta que salga de aquí…
¿Su gata?
Es buena… un poco bruja, pero lista. Entiende todo. Sabe que vine al hospital y casi me muerde para que no saliera. ¡Me lo entiende todo…!
Julia vaciló. Le gustaban los animales, pero en casa nunca tuvieron por la abuela, y el dinero escaseaba.
Pero no pudo negarse. Había tanta súplica en la mirada de Marianela, que cuidar a Maruxa parecía su último consuelo.
Esa tarde, con la bendición de su madre, Julia se acercó al piso de Marianela.
Las llaves en la mano, la puerta delante, y sin atreverse a entrar sola. Tocó en la primera puerta.
¿Quién es?
Una joven con un bebé en brazos.
Disculpe, vengo por encargo de Marianela, a recoger su gata. ¿Podría quedarse en la puerta mientras la busco?
¿Prefieres no entrar sola, eh? Tienes razón, esa señora es muy suya.
¡Oh, no! Es buena. Ya sabe, todos somos un poco raros.
¡Desde luego! rió la mujer. Venga, adelante, esperamos. ¿Verdad, Carlitos?
El bebé gorgoteó y comenzó la operación “rescate Maruxa”.
Pero sólo comenzó, porque en cuanto abrió la puerta, una sombra negra salió disparada, bajó los escalones y desapareció por el portal abierto donde unos mudanceros descargaban cajas.
¿Han visto a una gata? preguntó Julia.
Uno señaló los árboles. La gata estaba subida a un olivo y maullaba como un demonio.
Las risas de los hombres llenaban el silencio, pero a Julia no le quedaba más remedio. Había prometido. Escaló al árbol bajo la lluvia.
Maruxa, miña, ven aquí…
La gata bufaba feroz, pero Julia siguió trepando hasta que logró agarrarla.
¡Suelta la rama! gruñía Julia casi tanto como la gata. Maruxa, quizá reconociendo a una igual de cabezota, soltó la rama y Julia la acurrucó bajo la chaqueta.
Pero, de repente, Julia miró abajo… y le dio vértigo. Mucho.
El móvil sonaba sin parar, pero moverse era imposible. ¿Gritar, pedir ayuda? ¡Qué vergüenza!
¡Eh! ¿Estás a gusto ahí arriba?
Una voz masculina, burlona, la sobresaltó tanto que casi cae.
¡No, no te muevas! Te bajo enseguida, espera un momento.
El chico desapareció un segundo, volvió con una escalera de no sabía dónde y la apoyó al tronco.
¡Baja ya! ¿O piensas pasar aquí la noche?
Me da miedo…
Alguien la cogió del pie y, antes de darse cuenta, estaba segura en la escalera, con Maruxa bien agarrada.
Tranquila, que te sostengo.
Ya en el suelo, la gata intentó huir otra vez, pero Julia la retuvo, cerrando la chaqueta.
Quietecita, prometí cuidarte.
Eres decidida, ¿eh?
El chico, delgado y corriente, la miraba con descarada sonrisa.
¿Te acompaño?
Ya… bueno… Julia dudaba, enfadada consigo por no ser más amable.
Per-dón… Muchas gracias, sin ti habría dormido allí arriba.
¿Por qué has subido, entonces?
Por ella señaló a la gata. Bueno, me esperan en casa…
No me trates de usted, anda. Llámame Fernando, al fin y al cabo he rescatado a tu trasero de gato mojado.
Y, de repente, Julia no tenía frío. Sentía un calor extraño, una dicha sencilla que se le extendía por todo el cuerpo, una sonrisa nueva a cada cosa que Fernando decía.
Maruxa, acurrucada, ni maullaba, no fuese a espantar esa felicidad súbita. Ella también sentía que la alegría se pegaba como el calor de una bufanda.
Fernando dejaría a Julia en casa, y al día siguiente la esperaría a la salida del hospital. Juntos irían a por comida de gato, porque Maruxa era exigente y sólo aceptaba selectos patés.
Julia cuidaría de Maruxa apenas una semana; el tiempo justo hasta que la hija de Marianela vino a buscarlo todo.
Mi madre la echa demasiado de menos. Mejor que estén juntas. Gracias, de verdad.
Y Julia las vio marchar abuela, gata y familia y pensó, una vez más, en la oscuridad que hay en cada alma ajena, en cada casa, y que no vale la pena poner luces donde no debe haberlas. Lo importante, quizás, era construir la tuya propia, cuando el quien aparezca.
Y, entonces, la felicidad será el tiempo y la escalera que alguien traiga para ti, justo cuando lo necesitas. Sin que jamás te digan que no eres como las demás. Porque para él o ella, sencillamente, no hay nadie mejor en el mundo.




