Un regreso a casa con hambre y un mensaje inesperado.

Hacía mucho tiempo, en un pequeño pueblito de la Meseta, vivía Alejandro con su mujer María. Un atardecer, regresó de la fábrica con tanta sed y hambre que las tripas le crujían. Al llegar, al ver que el nido estaban sola, se dirigió a la cocina con ánimos de calmar su deseo de algo caliente. En lugar de platos recién hechos, halló una nota doblada sobre la placa:
*«Amor, he ido a casa de Tere. Charlamos y nos tomamos un vino. Si necesitas algo, llamo.»*
Alejandro miró las ollas vacías y en la nevera escarbaron en busca de algún bocado. Bocadillos de jamón serrano y café solo con azúcar fueron su cena aquel día. Satisfecho, se acostó y se durmió como un tronco.

María llegó tras la medianoche. Alejandro despertó y, frotándose los ojos, preguntó:
— ¿Y la cena, guapa?
— A estas horas no puedo comer, cariño — replicó con tono cortante—. Estoy a dieta, ¿lo olvidaste?
— ¿Y yo? Toda la semana trabajando, ¿y me guardas un plato? — bromeó con desazón—. ¿No es hora de cenar, María?
— Si insiste… — murmuró mientras suspiraba—. Ya comí en casa de Tere, pero, ¿para usted, qué desea?
— ¡Y dime, qué guiso tiene esa amiga!
— Trajeron un ganso de Aragón — respondió con breve orgullo—. Lo compartimos.
— ¿Relleno de manzana? — preguntó con un suspiro ronco.
— Así es.
— No sé, mujer, ¿siempre me dejas con hambre? — masculló con desconfianza—. ¿Crees que no noto que de vuestras cenas nunca comemos nada? ¿O ya no eres mía acaso…?
— Hermano, eso es disparate — se apresuró a objetar—. La Tere es una viuda con hijos en las islas. La visito porque me da pena. Si quiere, ahora mismo le pido que le comparta el plato.
— ¿Saltas a la sangre, María? — protestó con desesperación—. ¿Y si fuera mal visto que el marido aparezca en la cena de su cuñada? Eso no, por favor…
— No, no. Tere es muy amable — replicó con determinación. Ya sacaba su teléfono.
— ¡Ni lo intentes! — casi gritó Alejandro—. Preferiría esta noche ser alimaña en el zoológico que cenar solo en su casa.
— No bromee — insistió María, ya marcando el número—. Tere acaba de servir.
— ¡Te estás volviendo irresistible, María! — ironizó, pero algo en su tono sugería desconfianza.
— Pase lo que pase, está todo arreglado.

Alejandro, con un gruñido, se levantó.

— Bien, iré. Pero ¿vienes conmigo?
— No puedo. Iré al baño — se excusó—. Mientras, usted será el invitado de honor.
— Anda, váyase — insistió María—. El ganso aún no se enfría. Y por algo me dejó Tere tantos tragos la semana pasada…

Diez minutos más tarde, María salía a la terraza a mirar el paseo. Ya llevaba media hora sin ruido, sin noticias. El corazón le latía descompasado. ¿Y si el Albacete clásico volvía a soltar el anzuelo? Tomó el móvil con manos sudorosas y marcó.
— Hola, Tere, es María. Alejandro llegó muy cansado, ¿verdad?
— ¡Ajá! En estos momentos no se levanta de la mesa — contestó con risas—. Y le acabo de servir el postre, ¿sabes?
— ¿Cómo… cómo se llama ella? — balbuceó María, con un nudo en la garganta.
— ¿Qué Tere?
— ¡La que le está sirviendo pan dulce y ganso! — gritó, y el teléfono quedó mudo.

Media hora después, en la calurosa mesa de Tere, Alejandro aún comía con ceremonia, mientras María, con un bolso de plástico del supermercado en la mano, irrumpía como una tempestad.
— ¡Hasta aquí! — anunció con aires de majestad.
Alejandro se puso pálido. Lo tomaron por un brazo y lo arrastraron como si fueran a llevar al cementerio más cercano.

Desde aquel día, las visitas de María a casa de Tere se interrumpieron. Pero en las noches, en el sofá, a veces se quedaba mirando el plato vacío, recordando el humo del sazonador que salía de esa humeante olla castellana.

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Un regreso a casa con hambre y un mensaje inesperado.