Un nuevo desafío por enfrentar…

Otra vez un problema…

—Lucía, por favor, ven conmigo—rogaba Sofía.

—No quiero. No conozco a nadie ahí. Ve tú sola o invita a Marta o a Ana—contestó Lucía sin apartar la vista de sus apuntes—. Los exámenes están cerca, tengo que estudiar.

—Ana está encerrada estudiando, Marta no va a ir sin su Javier, y sola me da vergüenza, parece que voy detrás de David.

—¿Y no es así?—preguntó Lucía con una sonrisa burlona.

—Lucía, por favor…—Sofía juntó las manos como en súplica.

—Vale. Pero si me dejas sola ahí, te la pagaré—advirtió Lucía mientras se levantaba del sofá.

Los padres de uno de los estudiantes de último curso se habían ido a trabajar a Sudamérica por un año y su piso estaba libre. Los sábados organizaban fiestas. Se juntaban estudiantes de los últimos años, algunos de otros cursos e incluso recién licenciados que compartían sus experiencias, mirando con superioridad a los más jóvenes.

Sofía llegó allí por casualidad. Había salido con un estudiante de último curso que la introdujo en el grupo. Pronto rompieron, pero ella puso sus ojos en David. Por eso insistía en que Lucía la acompañara, con la esperanza de encontrarlo. Con la época de exámenes, en la universidad no tendría otra oportunidad.

Lucía se puso unos vaqueros y una camisa blanca ancha, metida por un lado, lo que le daba un aire elegante con su figura alta y delgada. Se delineó los ojos, soltó el pelo y se giró hacia Sofía, que esperaba impaciente.

—¿Qué hacemos aquí? ¿A quién esperamos?—preguntó Lucía.

—Oye, te sientan bien los ojos así. Pareces una mujer misteriosa de oriente.

—Solo una cosa: si David no está, nos vamos—le advirtió.

—Vale—aceptó Sofía sin pensarlo.

La puerta la abrió una mujer joven con vaqueros, una camisa de hombre y un cigarrillo entre los dientes, melena rizada y despeinada. Entre el humo, las miró sin decir palabra y con un gesto les indicó que pasaran. Dentro se oía música baja y voces.

—No te quites los zapatos, aquí no se hace—susurró Sofía al oído de Lucía, que ya se agachaba para descalzarse. Actuaba como si fuera una habitual, aunque estaba igual de nerviosa que su amiga. En el centro de la habitación había una mesa con restos de comida, botellas de vodka y vino barato. Un chico estaba sentado en el sofá con dos chicas, otros dos discutían junto a la mesa. Una pareja bailaba cerca de la ventana, o más bien se movían al ritmo de la música por falta de espacio. Nadie les prestó atención. Y si alguien las miró, perdió el interés al ver que eran de primero. ¿De qué iban a hablar con ellas?

Se sentaron en un sofá libre junto a la pared. Sonó el timbre y entraron los mismos dos chicos que antes, seguidos por la mujer de la camisa. Todos los presentes los recibieron con entusiasmo, incluso la pareja que bailaba se acercó a saludar.

—¡Ahí está!—Sofía saltó del sofá y se acercó a ellos, hablando con uno. Él la miró con indiferencia mientras el otro observaba a Lucía. Era mayor que los demás, alto, atlético, de ojos grises e inteligentes. Lucía bajó la vista, nerviosa.

—Hola. ¿Aburrida?—El chico se sentó a su lado. Cerca, parecía aún mayor—. No te había visto antes. ¿Bailamos?—Le tendió la mano. Era fuerte, grande y cálida.

Bailaron cerca de la ventana. La música no impedía la conversación. Él le preguntó por su curso, su facultad, si vivía con sus padres o en una residencia… La habitación se llenaba cada vez más. Lucía pensó que el piso, que le había parecido pequeño, debía esconder más estancias.

Al rato, Sofía se acercó.

—Me voy—dijo, visiblemente molesta.

—Yo también—respondió Lucía, sintiendo que no quería separarse de su compañero de baile.

—Las acompaño—dijo él—, solo déjenme despedirme.

Salieron a la calle.

—Imbécil—murmuró Sofía, refiriéndose a David.

Lucía apenas la escuchaba, distraída por los pensamientos sobre su nuevo conocido. En ese momento, él salió del portal y se acercó.

—Bueno, chicas, ¿nos presentamos? Carlos.

—¿Carlos Navarro? ¿El capitán del equipo de fútbol? No sabía dónde te había visto—exclamó Sofía, entusiasmada.

—¿Te gusta el fútbol?—preguntó Carlos, sorprendido.

—Salí con un fanático tuyo. No se perdía ni un partido—chilló Sofía—. ¡Increíble! Cuando se lo cuente, no me van a creer. ¡El mismísimo Carlos Navarro!

Intentó monopolizar su atención. Si con uno no funcionó, no dejaría escapar al segundo. Carlos lo notó.

—Sofía, ¿dónde viven?

—Yo te enseño—contestó animada, hablando sin parar durante todo el camino.

Lucía caminaba en silencio a su lado.

—Este es mi edificio, y el siguiente es el de Lucía. ¿Nos volveremos a ver?—preguntó Sofía.

—Adiós—dijo Lucía, dirigiéndose hacia su casa.

—¡Lucía, espera!—Carlos corrió tras ella.

Sofía los miró con resentimiento. Ella esperaba seguir la conversación.

El fresco de la tarde aliviaba el calor del día. Lucía y Carlos hablaron frente al portal sin querer separarse. Él le contó que trabajaba en un periódico pequeño, que soñaba con ser periodista en televisión.

—Oirán hablar de mí—afirmó con confianza—. ¿Y tú serás profesora? ¿Siempre lo has querido, te gustan los niños?

—¿Qué pasa?—se defendió Lucía.

—Nada, solo pregunto—respondió él en tono disculpante—. Dame tu número.

—¿No tienes el tuyo?—Lucía sacó el móvil y se lo entregó.

Él marcó su número y su teléfono sonó. Así intercambiaron los contactos. A Lucía le ardían las mejillas al pensar que volverían a verse.

—No me lo esperaba de ti, chica callada. Enganchaste al gran Carlos Navarro—llamó Sofía esa noche—. Cuéntame. ¿Habéis salido? ¿Os habéis besado?

—No, me fui directa a casa. Tengo que estudiar para el último examen—omitió lo del intercambio de números.

Carlos llamó dos días después, cuando Lucía ya había perdido la esperanza. Acababa de terminar su último examen. Las vacaciones de verano empezaban, era tiempo de salir. Él la invitó a dar un paseo en barca, luego a un café…

Se vieron casi a diario. Lucía se enamoró. Él tenía un coche viejo y juntos escapaban al campo, nadaban en el río…

Un día de lluvia, él la llevó al piso de un amigo. Lucía se tensó cuando abrió la puerta con su propia llave.

—¿Dónde está tu amigo? ¿Sueles traer chicas aquí?—preguntó, retrocediendo hacia las escaleras.

—Solo tomaremos algo, charlaremos—la calmó Carlos—. Mi amigo está de vacaciones, me dejó las llaves.

Lucía dudó, pero se quedó. Estaba enamorada. Si algo pasaba, que fuera. Bebieron té, la conversación no fluía, pero todo sucedió de forma natural. Carlos fue tierno y dulce…

Desde entonces, aquel piso se convirtió en su refugio. Hasta que Carlos se fue de viaje por trabajo.Pasaron los años, y mientras Lucía veía crecer a su hija junto a un hombre que la amaba de verdad, comprendió que el amor no son palabras grandiosas ni promesas vacías, sino la quietud de saber que alguien estará ahí, en los días buenos y en los malos.

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MagistrUm
Un nuevo desafío por enfrentar…