—Juana, ¿te vas a casa? —preguntó su amiga Lucía, impaciente, golpeando la mesa con sus uñas recién hechas.
—No, me quedaré un rato. Mi marido vendrá a buscarme —mintió Juana sin pudor.
—Bueno, como quieras. Hasta mañana. —Lucía se alejó balanceando las caderas.
Uno a uno, los compañeros abandonaban la oficina. Fuera, se escuchaban pasos apresurados y el taconeo de zapatos. Juana tomó el móvil y suspiró. *Seguro que ya se ha bebido unas cervezas, tirado en el sofá viendo la tele*. Marcó el número. Tras varios tonos, escuchó el murmullo de la televisión antes de oír la voz de Javier:
—Dime.
—Javi, está lloviendo y llevo botas de ante. ¿Vienes a buscarme?
—Juani, lo siento, no sabía que me llamarías. Ya he bebido. Coge un taxi —respondió él.
—Como siempre. No esperaba menos de ti. Por cierto, cuando me pediste matrimonio, prometiste llevarme en brazos.
—Cariño, es que hay partido… —Los gritos de los aficionados cortaron la llamada.
Habían pasado los días en los que él la esperaba a la salida del trabajo. Entonces no tenía coche, pero aún así iba a recogerla. Juana apagó el ordenador, se abrigó y salió.
El taconeo rompió el silencio del pasillo vacío. En el vestíbulo, Fernando, el subdirector, hablaba por teléfono junto al guardia de seguridad. Alto, elegante, con un abrigo negro, parecía más un actor de cine que un empleado de oficina. Las mujeres murmuraban sobre por qué seguía soltero.
Juana, siempre mordaz, había comentado: *Algo raro tiene, con lo guapo que es*.
—Sale con una modelo. No recuerdo su nombre, pero sale en todas las revistas —le había dicho Lucía, experta en cotilleos.
Javier, en su juventud, tampoco estaba mal. Treinta dominadas cada día en el parque. Pero luego… la pereza, la cerveza, la tripa. Y cada noche, al llegar, la misma escena: Javier en el sofá, una lata vacía en el suelo.
Al abrir la puerta, una voz grave la detuvo, erizándole la piel.
—Juana, ¿tan tarde?
—Pensé que mi marido vendría, pero no pudo —respondió con una sonrisa, volviéndose.
Fernando guardó el móvil y se acercó.
—Yo te llevo. —Abrió la puerta, cedió el paso.
—No, por favor, llamaré un taxi —rechazó ella, saliendo a la calle.
La lluvia había formado charcos. Miró sus botas, casi arrepentida.
—Considera que el taxi ya está aquí. —Fernando la tomó del brazo y la guio hacia su coche.
¿Cómo negarse? Ojalá alguien la hubiera visto. No faltaban cazadoras del apuesto subdirector.
Fernando desactivó la alarma y abrió la puerta del todoterreno. Juana subió con un ligero grito, ajustándose la falda. Él cerró la puerta con suavidad y ocupó el asiento del conductor.
—Llevo tiempo observándote. Exigente sin pasarte, pero no dejas que nadie se relaje. Creo que podrías dirigir el departamento de marketing.
—¿Y Luisa? —preguntó Juana, sorprendida.
—Es hora de que se jubile. Es buena, pero no sigue los nuevos programas.
Juana se removió en el asiento. Le daba pena Luisa, pero la oferta era tentadora.
—Su nieto se casa pronto; quería ahorrar para su piso… —dijo con tristeza.
—No es tu problema. Si es solo eso, recibirá una buena indemnización. ¿Aceptas?
Juana sintió su mirada. Dudó un instante antes de responder. Cuando giró la cabeza, él ya miraba al frente.
Notó que el coche pasaba de largo por su casa.
—Gira a la derecha. Es ahí —rompió el silencio—. Para en esa puerta.
El coche se detuvo, pero Juana no salió. No encontraba las palabras.
—¿Quieres comer conmigo algún día? —propuso él con voz seductora.
Su corazón latió fuerte.
—Quizá —respondió, sonriendo, y bajó ligera bajo la lluvia.
—Hasta mañana —sonrió él.
El todoterreno se alejó, saltando en los baches del vecindario.
Al día siguiente, ante todos, salieron juntos a comer. Luego vinieron las cenas… Y después…
Bastaba decir que ninguna mujer joven resistiría a un hombre así. Juana se sentía deseada, rejuvenecida, feliz. Pero cada día, ver a Javier en el sofá le producía más rechazo.
Esa noche, otra botella semivacía en el suelo. Juana contuvo las ganas de patearla.
—Has cambiado. Estás… —Javier buscaba palabras.
*Por fin se da cuenta*, pensó ella con amargura.
—¿Cómo? Normal —respondió fría.
—Te ves como cuando nos conocimos. ¿Te has enamorado?
—¿Y si es así? Tú solo ves la tele y la cerveza.
—Te noté el pelo distinto —dijo él, cauteloso.
—Llevo tres años con este corte. —Suspiro—. Ni cine, ni cenas fuera… Yo también trabajo, pero no me tiro en el sofá.
—Cocinas mejor que cualquier restaurante —intentó halagarla—. ¿Qué te pasa?
Juana lo miró. Ni su voz, ni sus torpes cumplidos le provocaban ya nada. *¿Debería dejarlo? Pero ¿adónde iríamos?*
—No eres la misma —le dijo Lucía a solas—. Brillas. ¿Enamorada? Dicen que sales con Fernando. ¿Le has puesto los cuernos a Javier?
—Ojalá. —Juana se encogió de hombros—. Parafraseas a mi marido.
—Dichosa tú. Marido y amante. Verónica es quince años menor, y él mira solo para ti.
El corazón de Juana se encogió. Verónica era joven, soltera, hermosa…
—Dame el contacto de esa mujer que hace amarres —susurró.
—¿A quién quieres enhechizar? ¿A Fernando o a tu rival?
—A mi marido. ¿Me lo das o no?
—Toma. —Lucía buscó en el móvil—. ¿Tan mal está?
—Peor imposible.
—¿Javier te engaña?
—Ojalá.
—Entonces, ¿qué te falta? Fernando no te va a pedir matrimonio —susurró Lucía.
—Él no tiene que ver. Gracias, debo trabajar.
Esa misma noche, Juana visitó a la hechicera. Una mujer entrada en años, vestida con elegancia, la examinó con ojos penetrantes.
—¿Quieres deshacerte de tu marido?
—No, solo… —Explicó casi todo.
—Toma este frasco. Una gota en su té cada día. No más, o su corazón no resistirá. Mejor úsalo con tu amante —sugirió.
Juana pagó y escapó de aquel lugar oscuro, perfumado a hierbas.
En casa, escondió el frasco tras una caja de té. Nadie lo encontraría.
Al entrar en la sala, Javier, como siempre, veía la tele. Una botella a medio beber en el suelo. Juana se plantó frente a él.
—¿Qué pasa? —preguntó él, sorprendido.
—¿No ayudas ni a cenar? —reprochó, irritada.
—No sé cocinar.
—Pues aprende. ¿Qué harás solo?
—¿Solo? ¿Tú te vas? —se apresuró a seguirla.
—Sí. Me marcho. —Se volviJuana sintió sus brazos rodeándola y, entre lágrimas, comprendió que algunas batallas se ganan sin magia, solo con el amor que resurge cuando menos se espera.





