Nacho tardó en darse cuenta de que estaba subido en un taburete con una soga en las manos, y que sus intenciones podían malinterpretarse.
Estaba sentado en la cama, en calzoncillos, con los pies colgando. Otra vez le pareció escuchar la voz de su madre:
—Nacho, hijo… Nacho…
Casi cada noche se despertaba así. Sabía que era imposible, porque hacía tres semanas que ella había muerto. Aún así, se incorporaba, aguzaba el oído y esperaba.
Los últimos seis meses, su madre ya no se levantaba. Nacho trabajaba desde casa para cuidarla. Contrató a una cuidadora, pero a los tres días desapareció con todo el dinero y las joyas de oro de su madre. No volvió a arriesgarse.
Trabajando frente al ordenador, siempre atento, saltaba al primer susurro de su madre. A veces, el cansancio lo vencía y se quedaba dormido frente a la pantalla. Esa noche, como siempre, se despertó al oírla, corrió a su habitación… pero ya no respiraba. Lloró y le pidió perdón por sentir, además de dolor, un alivio. Había acabado su sufrimiento. Él era libre.
Pero tres semanas después, seguía solo, sin alegría, solo con un vacío que le pesaba en el pecho.
Su madre había sido vital y jovial, tarareando mientras planchaba o limpiaba. Parecía eterna. Nacho nunca imaginó que acabaría muriendo así, lentamente.
El sueño se había esfumado. Miró el reloj: las seis y media. Afuera, el gris otoñal lo envolvía todo, filtrándose incluso dentro de la habitación, apagando los colores. Silencio, vacío, penumbra.
Él mismo se sentía gris, como muerto en vida. Se vistió y se acercó a la puerta de su madre. Solo había entrado una vez desde su muerte, para buscarle un vestido en el armario. Abrió de golpe y respiró el aire cargado de medicinas, orina y enfermedad. Evitando mirar la cama vacía, abrió la ventana de par en par.
El aire fresco y el murmullo de la ciudad despertando irrumpieron en la habitación, y, por arte de magia, los colores revivieron. Nacho sintió fuerzas renovadas. Arrancó las sábanas de la cama, evitando aspirar el polvo invisible, y las tiró al suelo. Lo mismo hizo con la bata de su madre, aún colgada en la silla, como esperando que se la pusiera. Amontonó todo, lo metió en la lavadora y regresó con un cubo de basura. De un manotazo, barrió los frascos de pastillas y el vaso con el que la había ayudado a beber.
Arregló la cama, tiró lo innecesario, limpió el polvo y fregó el suelo. La habitación no recuperó la vida, pero al menos se podía respirar. Eufórico, continuó limpiando toda la casa.
Mientras el hervidor calentaba agua, se asomó a la ventana. Como contagiado por su energía, el sol se abrió paso entre las nubes, asomando un jirón de cielo azul. El ánimo le mejoró.
La nevera estaba vacía. No recordaba qué había comido esos días, o si había comido. Su madre solo podía tomar purés, y él no tenía fuerzas para cocinar otra cosa. Después, sobrevivió con lo sobrante del velorio. Ahora solo quedaba un tarro de pepinillos con moho y una botella de leche agria. Lo tiró todo.
Se conformó con un café fuerte, pero le revolvió el estómago. Se puso la chaqueta, guardó la cartera y salió a tirar la basura. De paso, compró pan, leche, pasta, medio paquete de chorizo y manzanas. Quería llevarse medio supermercado, pero se contuvo.
En casa, puso la pasta a hervir y devoró dos bocadillos de chorizo. Al oír que la lavadora terminó, recordó que no tenía dónde tender la ropa. No había tendedero ni balcón. Nacho se rascó la cabeza: solo quedaba colgar la cuerda en la habitación. ¿A quién le importaba? Nadie iba a visitarlo. Encontró un rollo de cuerda en el armario del recibidor, donde su madre guardaba “por si acaso” cosas inservibles pero “por si algún día hacen falta”.
De pronto, recordó a Natalia. Había sido su novia durante dos años. Su madre aprobaba la boda, pero él no tenía prisa. La quería, pero le pesaba su compañía constante. Natalia siempre hablaba de casarse, de planes futuros. Quizá eso era lo que le molestaba: su obsesión por controlarlo todo.
Su madre le advirtió: “Si no te casas ahora, no lo harás nunca”. Y Nacho cedió. Pero entonces ella enfermó, y Natalia pospuso la boda. ¿A quién le apetecía cuidar a una suegra enferma?
Al principio, Natalia visitaba, ayudaba, cocinaba. Luego llamaba, excusándose. Las llamadas se espaciaron hasta desaparecer. Él tampoco tenía tiempo para llamar, ¿y para qué? Todo estaba claro.
Nacho la llamó para avisarle del funeral. Le dio el pésame sin emoción y no apareció. No la echaba de menos.
Ató un extremo de la cuerda a la tubería junto a la ventana. En el armario encontró un clavo y lo clavó en el marco de la puerta. Menos mal que no habían cambiado las viejas puertas de madera por esas modernas de aglomerado. Satisfecho, subió al taburete y empezó a atar la cuerda.
“¿Aguantará mi peso?”, pensó, bajando los brazos. “Vaya ideas que se me ocurren”.
En el rellano, unos tacones repiquetearon. Hacía poco, una chica se había mudado al piso de al lado. Antes vivía una pareja mayor, que ese año decidió quedarse en el pueblo y alquilarlo. La había visto una vez: joven, guapa. Solitaria. Ninguna visita, siempre entraba y salía a la misma hora. El recibidor olía a su perfume. Él no tenía ánimos para socializar.
Pero esta vez, los tacones se detuvieron ante su puerta. Nacho, aún en el taburete, escuchó. La puerta se abrió y apareció una chica esbelta, mirándolo con ojos como platos.
—Tenía la puerta abierta —dijo—. Disculpe si le interrumpo… pero, ¿podría ayudarme?
Nacho bajó del taburete. Ella retrocedió. No era para menos: llevaba días sin afeitarse, el pelo revuelto, ojeras, la ropa vieja y sucia. Parecía un hombre al borde del abismo.
—¿Qué pasa? —preguntó, seco.
—Creo que perdí las llaves —contestó, rebuscando en el bolso con voz apagada.
Nacho la miró con escepticismo. ¿Cómo había abierto la puerta del recibidor sin llaves? O quizá él no la cerró.
—No están —sus ojos, grandes y claros, lo miraron—. ¿Cómo voy a entrar ahora?
—Llame al mantenimiento —dijo él, como si fuera la solución más obvia.
—Pero es domingo —replicó.
¿Domingo? Nacho había perdido la noción del tiempo.
—Bueno, intentaré abrirlo. —Rebuscó en el armario, sacó herramientas y se puso a forcejear con la cerradura.
Notaba su mirada clavada en su espalda. Se volvió:
—¿Va a quedarse ahí respirándome en la nuca? Espere en mi casa. Quizá queda café.
La chica dudó, pero al final sus tacones resonaron en su piso. Nacho estuvo una hora destrozando la cerradura hasta abrir la puerta. Cuando, sudoroso y agotado, le anunció que ya podía entrar, ella lo agradeció con frialdad,Elena lo miró con complicidad, sonriendo mientras le ofrecía la mano, y Nacho supo que, por primera vez en mucho tiempo, el futuro ya no le parecía tan oscuro.





