Un giro inesperado

**Un Giro Inesperado**

María nunca había vivido sola. Primero con sus padres, luego se casó, y dos años después nació su hija Lucía. Incluso cuando su marido, Javier, la dejó, siguieron viviendo juntas un tiempo. Pero ahora estaba completamente sola. Caminaba por el piso vacío sin saber qué hacer, para qué vivir. La vida se le vino abajo, y solo veía un futuro de soledad y olvido.

No entendía qué había pasado. ¿Qué tenía de malo? Ella y Javier casi nunca discutían, solo pequeñas tonterías. Nunca lo presionó, lo dejaba salir con sus amigos, mantenía la casa limpia y acogedora. Siempre había una olla de cocido en la nevera y la cena lista.

María conservó su figura después del parto. Nunca tuvo curvas exuberantes. Durante el embarazo, sus pechos crecieron, lo que alegró a Javier, pero después de dejar de amamantar, volvieron a su talla normal. “Pero por eso no se divorcia la gente”, pensaba. Todos decían que ella y Javier hacían buena pareja.

Claro que María no era ciega. Notaba que Javier había cambiado. No es que llegara tarde, pero empezó a cuidar más su imagen: corbatas que combinaban, un corte de pelo moderno…

—¿Por qué nunca llevas vestidos? —le preguntó un día.

—¿Que por qué? Los llevo, en fiestas —contestó ella, sorprendida. Nunca antes le había importado su ropa.

—Hoy estás pálida. ¿Te encuentras mal?

—Siempre soy así. ¿Por qué me criticas? —replicó María, molesta.

Una vez se maquilló, incluso se puso colorete, y así fue a trabajar.

—Límpiatelo, no te favorece —le soltó Javier al verla por la noche.

—En el trabajo me hicieron halagos —dijo ella, ofendida, pero obedeció y se quitó el maquillaje.

—Pensé que ahora vendrías guapa todos los días —comentó una compañera al día siguiente.

—A mi marido no le gustó —respondió María.

—Es que si te vieras así siempre, se volvería loco de celos —bromeó la compañera. María no contestó.

Una tarde, su amiga Laura la llamó para quedar en una cafetería. Laura era guapa y divertida, pero llevaban siendo amigas desde el instituto.

—¿Cómo mantienes la figura sin dietas? Yo tengo que privarme de todo o me pongo como un flan —suspiró Laura.

—No exageres. Los hombres se te quedan mirando —se rio María.

—Y a ti también, pero no les das oportunidad. Tienes unas piernas preciosas, es un pecado taparlas con pantalones. Un vestido ceñido te iría genial. Y deberías cortarte el pelo, teñírtelo. Quizá pelirroja. María, por favor, cuídate. Pareces una jubilada.

María supo que Laura no hablaba por hablar.

—Lau, ¿qué te he hecho? Siempre dijiste que…

—Da igual lo que dijera —la interrumpió Laura, evitando su mirada—. Perdona. Vi a Javier con una chica joven, una veinteañera. La miraba con esos ojos…

María apretó los párpados y negó con la cabeza.

—¡Cállate!

—No quería hacerte daño. Pero llevas años igual, no cambias. Los hombres tienen ojos. Tu monotonía da pena.

—¡Eso no es verdad! —María se levantó y salió corriendo.

En casa, se sentó al borde de la bañera, mirando al vacío.

—Mamá, ha venido papá —gritó Lucía desde la puerta.

María se lavó la cara y salió. Lucía se fue a su habitación, y Javier estaba en la cocina, con las manos sobre la mesa, como un niño obediente.

—Perdona, no he hecho la cena. Salí con Laura —dijo ella, culpable.

—No tengo hambre. Supongo que ya lo sabes todo —contestó Javier.

—¿Qué debo saber? —preguntó, aunque ya lo entendía. “Así que Laura no mintió”, pensó.

—Amo a otra mujer. Intenté luchar, pero es más fuerte que yo. Es mucho más joven, pero no puedo vivir sin ella. Lo siento. Voy a hacer las maletas.

María no lo retuvo. Y luego, Lucía también la traicionó. Iba a ver a su padre. María no se opuso, hasta que empezó a llegar con regalos. Diana, la nueva pareja, le daba camisetas, vestidos cortos, maquillaje…

—¡Mira lo que me regaló Diana! —presumía Lucía—. ¡Es genial! ¿Me queda bien?

—No deberías aceptar regalos de ella —dijo María, seria.

—¿Por qué?

—¡Porque te robó a tu padre!

—¿Y qué? Ella es joven y divertida, y tú… una pesada. Hizo bien papá en irse.

Lucía empezó a hablar con jerga nueva, se tiñó mechones de verde y rosa, se maquillaba exageradamente. Los profesores se quejaban: faltaba a clase, contestaba mal…

Pero era más fácil parar un tren que hacer entrar en razón a una adolescente. Y cada reproche de María era respondido con: “Diana dice que…”, “Diana piensa…”.

El nombre de Diana la hacía temblar. Intentó prohibirle las visitas, pero Lucía amenazó con irse a vivir con ellos.

—¿Soy una mala madre? ¿Diana es mejor? Pues vete. Pero cuando ella tenga un hijo, te echarán.

—¿En serio? ¿Puedo irme? —preguntó Lucía, fría.

—Sí, pero que tu padre me llame y lo confirme.

Javier llamó al día siguiente.

—Lucía dice que quieres que se venga conmigo.

—¿Lucía lo dice? Me obligó. No puedo con ella. Es grosera, se maquilla mucho, falta a clase. Y todo por culpa de tu Diana.

—Se llevan bien. Tú solo eres rencorosa… Acepto que venga.

Y Lucía se fue. María se volvió loca de rabia, tristeza y autocompasión. Casi no comía, adelgazó más. Las llamadas de Lucía solo eran para clavarle más el cuchillo: “Fui a un concierto con Diana…”.

La Selectividad le fue fatal. No tenía opciones para la universidad. Ni ganas.

Luego, Javier llamó: Lucía se había ido de casa para vivir con un chico en un piso alquilado.

María dejó de respirar.

—¿Y tú la dejaste ir?

—Es mayor de edad. Tú la criaste así. Diana está embarazada…

—¿Y ya no necesitas a tu hija? Esto es culpa tuya. Y Diana le lavó el cerebro y la tiró como un juguete roto…

Cuando Laura llamó, María se alegró.

—¿Qué haces?

—Pensando en tirarme por un puente. Javier me dejó, Lucía me traicionó. Todos me abandonaron. No quiero vivir…

Media hora después, Laura llegó con una botella de coñac. A María se le subió enseguida. Lloriqueó, contando sus penas. Laura solo soltaba comentarios: “Cabrón”, “Boba”, “Qué horror…”. Cuando amaneció, Laura se levantó.

—Basta de llorar. Primero, te arreglamos. Corte, manicura, ropa nueva. Luego, salimos donde haya hombres normales.

—¿Y dónde hay? —preguntó María, borracha.

—Ya verás.

Tras la transformación, no se reconocía en el espejo. Parecía diez años más joven. Los fines de semana, Laura la llevaba a galerías de arte. Aunque no entendía mucho, le encantaba. Intentaba llamar a Lucía, pero su móvil estaba apagado.

Hasta que Lucía llamó.

—Mamá, ¿—Mamá, ¿podemos quedarnos en tu casa un par de semanas hasta que encontremos otro piso? —preguntó Lucía con voz cansada, y al oír el “sí” de su madre, colgó el teléfono sin dar más explicaciones, dejando a María con el corazón en un hilo y la esperanza de que, al fin, su familia volviera a estar completa.

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