Un giro inesperado

12 de octubre de 2023

Hoy escribo estas líneas con el corazón pesado y la mente clara. Nunca pensé que la vida daría tantas vueltas, como esos caminos sinuosos de la sierra de Guadarrama.

Lucía nunca había vivido sola. Primero con sus padres en Toledo, luego se casó con Adrián y al poco nació su hija Martina. Incluso cuando él la abandonó, siguieron viviendo juntas en su piso de Chamberí. Pero ahora… ahora la soledad le pesaba como una losa. Paseaba por las habitaciones vacías preguntándose para qué levantarse cada mañana.

No lo entendía. ¿Qué había hecho mal? Nunca discutían seriamente, solo pequeñas rencillas sin importancia. Ella cuidaba la casa, siempre había una olla de cocido en la nevera y la cena lista al caer la tarde. Lucía mantuvo su figura incluso después del parto, aunque los pechos que tanto alegraron a Adrián durante la lactancia volvieron a su tamaño habitual después. “Qué más da”, pensaba, “nadie deja a su mujer por eso”.

Pero algo había cambiado. Adrián empezó a arreglarse más: corbatas a juego, cortes de pelo modernos en la peluquería de la calle Fuencarral.

—¿Por qué nunca te pones vestidos? —le preguntó un día.

—¿Que no me pongo? En las fiestas sí —respondió Lucía, extrañada. Nunca antes le había importado su ropa.

Hasta que una tarde se pintó los labios y se coloreó las mejillas antes de ir a la oficina.

—Lávate, no te sienta bien —fue el comentario de Adrián al verla.

—En el trabajo me halagaron —murmuró ella, pero obedeció.

Todo se aclaró cuando su amiga de toda la vida, Carmen, la citó en el Café Gijón.

—Tu Adrián anda con una cría de veinte años —soltó Carmen entre sorbo y sorbo de café con leche. —Una flor fresca, vestida como una tonadillera.

Esa misma noche, Adrián confesó todo entre lágrimas falsas. Se marchó al día siguiente.

Pero el golpe más duro vino de Martina. Empezó a visitar a su padre y a esa tal Diana, que le regalaba vestidos cortísimos y maquillaje estridente.

—¡Es que Diana opina que…! —repetía la chiquilla como un loro.

Hasta que un día Martina se fue a vivir con ellos. Lucía se quedó hecha polvo, como esos muñecos de trapo que venden en El Rastro. Ya no comía, apenas dormía.

La llamada de Adrián meses después la dejó sin aliento:

—Martina se ha ido de casa con un chaval. Viven en un piso compartido en Vallecas.

Carmen apareció esa misma noche con una botella de Rioja. Entre lágrimas y vino, Lucía confesó que no quería seguir viviendo.

—Basta de lloriqueos —cortó Carmen—. Mañana te llevo a la peluquería y te compramos un vestido nuevo.

La transformación fue milagrosa. Lucía rejuveneció diez años. Comenzaron a frecuentar el Prado y el Reina Sofía, aunque ella solo iba por las tapas del museo.

Hasta que Martina llamó:

—Mamá, ¿podemos quedarnos en tu casa unas semanas?

Lucía casi se ahoga de alegría. Preparó la habitación de su hija como si fuera Navidad. Pero al abrir la puerta…

Martina, demacrada, le entregó un bulto envuelto en una manta. Detrás, un chaval larguirucho llamado Quique mascaba chicle.

El niño se llamaba Rodrigo.

Los siguientes meses fueron un infierno. Fiestas nocturnas, vecinos quejándose, Quique devorando la comida como si viniera de una huelga de hambre. Hasta que Carmen tuvo una idea digna de una obra de Lope de Vega:

—Vas a fingir que te vas a un balneario y alquilas tu habitación a dos actores que harán de borrachos.

Funcionó. En una semana, Quique desapareció. Martina, arrepentida, suplicó a Lucía que volviera.

Y cuando Adrián reapareció —Diana resultó ser una cazafortunas que jamás estuvo embarazada—, Lucía solo atinó a decir:

—Puedes quedarte en tu mitad del piso con Martina y Rodrigo. Pero no creo que te guste la idea.

Seis meses después, en una exposición de Goya, conoció a Javier. Pero esa… esa es otra historia.

Moraleja: A veces la vida nos parte el alma como un guiñapo, pero con paciencia y unas buenas amigas, hasta los mayores desastres pueden convertirse en un nuevo comienzo.

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