«Un cambio deslumbrante: el amor podría florecer si tuviera más oportunidades»

**Diario de un reencuentro**

«Qué guapo se ha vuelto. Si tuviera un poco más de dinero y trabajara en una empresa prestigiosa, quizá me enamoraría de él», pensaba Alba mientras lo observaba de reojo.

—Bueno, Héctor, te quedas a cargo. Si surge algún problema, llámame. No me voy a Marte, estaré disponible —dijo Javier, tendiéndole la mano a su segundo y amigo.

—Entendido, no te preocupes. Por cierto, nunca me dijiste adónde ibas de vacaciones. ¿A las Islas Canarias o a Grecia? —Héctor le estrechó la mano con firmeza.

—¿No te lo dije? Voy a casa de mi madre. Hay que arreglar el tejado y la valla. Mi padre se encargaba de todo, pero desde que falleció, la casa se va desmoronando poco a poco. No recuerdo la última vez que me senté con una caña de pescar junto al río.

—Yo nunca he ido de pesca. Soy un urbanita de pura cepa. Hasta te envidio —suspiró Héctor—. Cuando vuelvas, me lo cuentas —gritó a Javier, que ya se alejaba.

Feliz por dejar atrás el ruido y el smog de la ciudad, por abrazar a su madre y respirar el aire puro de su infancia, Javier viajaba sonriente hacia su pueblo.

Había crecido en un pequeño municipio de Castilla. Su madre era maestra; su padre, albañil. De niño, Javier lo acompañaba a las obras y aprendió de todo. Su padre soñaba con que siguiera sus pasos, pero a él le fascinaban los coches, los ordenadores y la tecnología. Era buen estudiante. Al terminar el bachillerato, anunció que en el pueblo no había futuro. Quería ir a Madrid, triunfar, ser más que un simple albañil.

—¿Que no hay futuro? El pueblo crece, siempre harán falta obrros. No te faltará el pan. Si quieres, te construimos una casa moderna. Te casas, los niños correrán por el jardín… —razonaba su padre.

—Demasiado pronto para pensar en casarse. Primero hay que labrarse un porvenir —replicaba Javier, evasivo.

Su padre se irritaba, discutía. Su madre, en cambio, lo calmaba y apoyaba.

—No le cortemos las alas. Que lo intente. Es listo, algún día nos sentiremos orgullosos —decía ella.

Sus padres le dieron algo de dinero para empezar y lo dejaron partir hacia la capital. Javier estudió ingeniería mientras trabajaba en la construcción. Con los años, logró todo lo que se propuso.

En el instituto, estuvo enamorado de Alba, una chica risueña y de nariz respingona. No era una lumbrera, soñaba con ser peluquera y tener su propio salón. Cada uno siguió su camino, esperando reencontrarse algún día.

Cuando Javier volvía al pueblo en vacaciones, Alba siempre se había marchado. Podría haber preguntado a su madre por su número o dirección, pero no lo hizo. El amor entorpecería sus metas. Si se casaban, llegarían los niños, y entonces tocaría trabajar para sobrevivir, no para triunfar. No, primero debía lograr sus objetivos: montar su empresa, comprar un coche, construir una casa… Luego, ya vería.

—Ojo, no dejes pasar el tiempo. Alba podría no esperarte —le advertía su padre.

—No importa, hay más chicas —respondía Javier.
Pero no quería a ninguna otra.

Ahora tenía todo, o casi todo. Una casa en un barrio exclusivo, un buen coche, un negocio próspero. Podía pensar en casarse. Había tenido relaciones, pero todas querían su dinero, su estilo de vida. Él anhelaba que lo amaran por quien era.

En cada visita a sus padres, secretamente esperaba toparse con Alba. A ellos les hablaba poco de su vida. Vivían con humildad, sin lujos, y esperaban lo mismo de él. Cuando comentaba sus logros, su padre fruncía el ceño, y su madre parpadeaba, incómoda. ¿Cómo podía alguien comprar un piso en Madrid o construir una casa trabajando honradamente?

—¿Andas en algo turbio? ¿Es esto lo que te enseñamos? Preferiría que fueras albañil antes que avergonzarnos —refunfuñaba su padre.

Por eso, Javier visitaba a sus padres en un coche modesto que pedía prestado a cambio de su BMW, o en tren. Decía que era ingeniero, y su padre asentía, orgulloso del madrileño que había criado.

Esta vez, aunque su padre llevaba tres años muerto, Javier no cambió su rutina. Dejó el BMW en el garaje, compró un billete de tren y vistió ropa sencilla.

Le tocó litera inferior, pero cedió su sitio a una anciana. Ella no dejó de darle las gracias durante todo el viaje.

Javier, recostado en la litera superior, miraba por la ventana. Campos, bosques y ríos pasaban rápidos mientras recordaba su primer viaje a Madrid. El traqueteo del tren invitaba a evocar el pasado.

Su pueblo le pareció pequeño y encantador. El aire olía a limpio; los árboles, frondosos, contrastaban con los arbustos mustios de la ciudad. Las flores en los jardines alegraban la vista.

Al entrar en el patio de su casa, su madre lo vio, alzó las manos y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Hijo, qué alegría. No te esperaba. ¿Te quedas mucho? —lo escrutó con atención.

—Hasta que me eches —respondió, abrazándola.

Su madre cocinaba a diario, empeñada en mimarlo. Él comía sus platos y luego subía a arreglar el tejado, pintaba las persianas, reparaba la valla.

—Descansa, hijo. Has venido de vacaciones, no a trabajar —se quejaba ella.

—Ya he terminado. ¿Tú adónde vas? —preguntó al verla con un vestido elegante y un bolso grande.

—Al supermercado —contestó.

—Iré yo en bici. ¿Qué necesitas? —Javier se ofreció.

Su madre le dio la lista.
—¿Y vas a ir así? —exclamó, escandalizada.

—¿Pasa algo? —Para el pueblo, iba bien vestido: vaqueros gastados, camisa arremangada que mostraba sus brazos morenos, zapatillas caras. Nadie allí sabría su valor.

Montó en la vieja bici y fue al supermercado. Las vecinas no lo reconocían, lo miraban con curiosidad, preguntaban de quién era hijo. Se sorprendían al oír su nombre, indagaban sobre su vida. Él respondía con monosílabos.

Al salir, vio un Audi rojo junto a su bicicleta. El contraste era grotesco. Silbó al notar la rueda pinchada del coche.

—Si en vez de silbar me ayudara a cambiar la rueda… —sonó una voz conocida detrás de él.

La piel se le erizó. La voz era inconfundible. Al darse la vuelta, apenas reconoció a Alba. Vestía un ajustado vestido hasta la rodilla, con un corte moderno que le favorecía. El maquillaje resaltaba sus facciones. Sandalias doradas completaban el look.

—¿Javier? —exclamó ella al reconocerlo.

—Has cambiado mucho. ¿Es tuyo el coche? —señaló con la cabeza—. Impresionante.

Alba no pudo ocultar su satisfacción. Se ruborizó.

—Sí, pero con estas carreteras, siempre pinchando.

—¿Tienes rueda de repuesto? ¿Y herramientas? —preguntó él.

Mientras cambiaba la rueda, ella observaba sus manos hábiles, su figura ágil. Él sentía su mirada, evitando mirarla a cada instante.

—Listo. La rueda pinchada está en el maletero, se puede reparar —informó.

—Muchas gracias.**Final de la historia:**

Al día siguiente, Javier despertó con la certeza de que, a pesar de los años y las mentiras, su corazón seguía latiendo por la misma persona, pero era demasiado tarde, porque mientras él pensaba en llamarla, ella ya había cerrado su salón y tomado un tren sin retorno.

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