¡Pues tú no sabes cómo son los niños de ahora!
Hola, Elena, te veo trabajando en el huerto y he pensado en pasar a saludarte dijo Teresa mientras se acercaba a la verja.
Con Elena vivían en extremos opuestos del pueblo. Teresa y su marido, Víctor, cerca del río, y Elena más hacia el bosque.
Antes apenas se hablaban, con tantos vecinos alrededor. Pero resulta que los nietos de los demás ya eran mayores, y este verano, los hijos de Teresa querían dejarle a sus nietos, Adrián y Javier, ¡todo un mes! Decían que los chicos estaban hartos de la ciudad.
Antes, la familia de su hijo tenía más dinero y siempre viajaban al extranjero. Pero ahora las cosas habían cambiado, y recordaron que los abuelos vivían en el campo, junto al río. Así que no serían solo un fin de semana, como otras veces, ¡sino un mes entero!
Eso sí, madre le advirtió su hijo, Miguel, Adrián, con trece años, se cree mayor. Y Javier no quiere obedecerle, así que se pelean todo el día.
Bueno, ¿qué no podremos con nuestros nietos? Tráelos, ya nos arreglaremos dijo Teresa con entusiasmo. Pero al colgar, dudó. Los niños ahora no son como antes, a veces ni sabes cómo acercarte. Antes solo los traían pequeños, pero ahora ¿Cómo se portarán? Hasta un poco de miedo le dio. ¿Y si no podía con ellos?
Víctor, su marido, era un hombre estricto, no iba a tolerar faltas de respeto. Y menos líos querían.
Así que Teresa decidió ir a ver a Elena, a ver si sus nietos eran de la misma edad.
Ella recordaba que, para evitar problemas, había que mantener a los niños ocupados. Si se hacían amigos, mejor para todos.
¡Pasa, Teresa! la recibió Elena. ¿A qué viene la visita?
Pues que me traen a los nietos un mes entero, y los tuyos son más o menos de su edad, ¿no? Podríamos presentarlos. Si se llevan bien, todos contentos propuso Teresa.
¡Tú es que no sabes cómo son los niños de ahora! se rio Elena. ¿No te da miedo tenerlos tanto tiempo? Los míos me dejaron los nervios hechos polvo, y mi marido hasta quiso mandarlos de vuelta. Pero bueno, si ya te comprometiste, tráelos, que se conozcan. Al fin y al cabo, ¡son nuestros nietos!
El fin de semana llegó Miguel con su mujer, Laura, y sus hijos, Adrián y Javier.
Los chicos habían crecido, y se notaba que estaban contentos de ver a los abuelos. A Teresa se le quitó un peso de encima.
¿De qué la había asustado Elena? ¡Si los suyos eran unos encantadores, bien educados y estudiosos! Nada de qué preocuparse.
Madre, si pasa algo, llámame y les echo la bronca dijo Miguel al irse, pero Teresa le hizo un gesto con la mano. ¡Venga ya, hijo! ¿Acaso no hemos criado niños antes?
Esa noche, Adrián y Javier no paraban de moverse. Los acostaron en el cuarto que antes era de Miguel.
Pero con el cambio, estaban nerviosos y no podían dormir. Hablaban alto, el ruido molestaba, y Víctor, ya enfadado, gruñó:
¿Para qué aceptaste, Teresa? ¡Ni les hacía falta el pueblo!
Sin embargo, por la mañana, no había quien los despertara.
Era casi la hora de comer, ¡y seguían durmiendo!
Abuela, déjanos dormir un poco más murmuró Adrián, medio dormido.
Javier ni siquiera la oyó, tan profundamente dormido estaba.
¡Pero ¿hasta cuándo vais a dormir?! se quejó Teresa.
Entonces vio algo en el suelo. Al acercarse, ¡eran sus móviles!
¿Estuvisteis jugando hasta tarde? ¡Esto no puede ser! Los voy a guardar, ¡así aprenderéis!
Adrián se levantó de un salto.
¡Dámelos, no son tuyos! ¡Mamá nos deja!
Pues ahora mismo la llamo y le pregunto qué es lo que os deja dijo Teresa. Adrián dejó de forcejear, pero se fue enfurruñado, dando un portazo y mascullando: ¡Pues llama!
Pasaron dos horas sin salir. Víctor ya iba a ir a ver qué clase de boicot era ese, pero al fin aparecieron, los dos de mal humor:
No queremos gachas, queremos nuggets o bocadillos calientes.
¿Ah, sí? Pues si no os gustan las gachas, ¡a pasar hambre! contestó Víctor, con el humor por los suelos. ¿Y habéis hecho las camas? Voy a ver ¿De dónde salen estos envoltorios de patatas y caramelos en la cama? ¡Y todo sin recoger! Primero ganáoslo, ¡a recoger y hacer las camas!
¡No podemos estar sin comer! Javier miró a su abuelo con el ceño fruncido. ¡Sois malos!
Víctor estuvo a punto de estallar, pero Teresa intervino:
Vamos, os enseño a hacer las camas, y mañana lo hacéis solos, ¿vale? Y los bocadillos, después de las gachas. ¿Trato hecho?
Los estás malcriando, hay que ser más duros refunfuñó Víctor. ¡Menudos vagos, sin vergüenza ninguna!
Con los nietos de Elena, Adrián y Javier se hicieron amigos.
¡Pero lo que armaban los cuatro juntos!
Si jugaban en el patio de Teresa, luego ella, a escondidas de Víctor, recogía ramas, palos, no se sabía de dónde. Las flores rotas, entrando y saliendo de casa con hierba en los zapatos, migas por todas partes Hasta las patas de las sillas se las habían aflojado de tanto moverse, y las puertas, de tanto dar portazos, casi se salían de los goznes.
¡Un desastre!
¡Pero ¿qué clase de niños son estos?! se quejaba Víctor. ¡Que no vuelvan más, si no hay manera con ellos! Oye, Adrián, ven, me ayudas a arreglar las bicis. Y Javier, que ayude a la abuela con la comida. ¡A ver si os ganáis el almuerzo!
¿Tú también tienes que ganártelo? preguntó Adrián, sorprendido.
¿Tú qué creías? ¿Me has visto holgazanear o dormir hasta mediodía? Nada es gratis, ¡hay que ganárselo! ¡Y vosotros, el primer día, ya habéis roto la ropa! Menos mal que la abuela guardaba la de vuestro padre. Pero así no salen las cosas, ¡sin trabajar no se consigue nada!
Tú tampoco te pases, que tú de pequeño tampoco eras un santo le advirtió Teresa. ¡No te hagas el perfecto!
Cuando se iban, los nietos, contentos, se quejaban a sus padres:
¡El abuelo nos hizo trabajar, no nos dejaba el móvil y todo había que ganárselo!
Pero una semana después, Miguel llamó, asombrado:
Madre, padre, ¿cómo lo habéis hecho? ¡Javier ya sabe pelar patatas y pasar la aspiradora! Adrián lava sus calcetines y hasta ayuda en la cocina. ¡Y hacen sus camas sin que se lo digan!
¿Qué, íbamos a ser sus criados? replicó Teresa. Claro que se enfadaron, y se fueron contentos. No sé si querrán volver
Pero al año siguiente, Adrián y Javier pidieron ir otra vez al pueblo. Hasta rechazaron ir de vacaciones. ¡Porque allí les esperaban sus amigos!
Y qué bien sabía la comida hecha por la abuela, ¡porque quien trabaja, luego disfruta más!
Y, además, ¡hasta podían presumir de lo que habían aprendido!





