Tres hilos. Tres destinos

Tres hilos. Tres destinos.

¿Qué ha dicho? Carmen, no te he oído, ¿qué? se inclinó un poco hacia delante y de lado Emilia Fernández, acercándose a su amiga que caminaba a su lado, Carmen Ramírez.

Carmen empezó entonces a explicarle con detalle de qué hablaban una madre y su hija de unos siete años que acababan de pasar por su lado.

Que en el colegio tienen un chaval algo travieso, y la niña le dijo

Carmen hablaba alto, casi voceando en plena calle. Emilia la escuchaba con atención, sin interrumpirla, y luego, mirando atrás, buscó con la mirada a aquella niña, y asintió con la cabeza mientras la veía alejarse.

Simpática, limpita la chiquilla. Pero qué vueltas tiene en la cabeza, hija. sentenció Emilia.

¿Por qué dices eso? le preguntó Carmen sorprendida, sujetándola del brazo y tirando de ella hacia adelante, porque el semáforo ya llevaba rato en verde y los coches, en fila, esperaban a que las dos señoras mayores terminaran de cruzar la calle.

¿Qué dices? No te oigo, Emi, ¿qué? volvió a preguntar Carmen, mirando a su alrededor algo perdida, apretando su bolso contra el costado, siguiendo adelante con pasos pequeños y rápidos, hasta pisar la acera.

Que te pregunto, ¿por qué dices que es complicada? repitió Emilia en voz alta.

Ah Pues eso. zanjó la amiga, que a veces no tenía ánimos de explicar sus razonamientos, o creía que eran obvios.

¿La niña se ha empeñado en corregir y educar al travieso de su clase? ¿Le llama la atención, le riñe? Así no, hija, así no va a cambiar nada…

Emilia negaba con la cabeza, siguiendo el ritmo de sus pensamientos, mientras Carmen suspiraba. A veces su amiga resultaba indescifrable en esos silencios suyos tan particulares. Pero sin ella, el mundo, que se había vuelto tan extraño y ruidoso, sería aún más difícil.

Emilia Fernández y Carmen Ramírez eran vecinas. Sus viviendas eran particulares: cada una con su puerta directa a la calle, sin escaleras ni ascensor. Vivían en una de esas casas antiguas que antaño formaron parte de una finca señorial en Salamanca, hoy reconvertida. La casa principal alberga un colegio de arte, y los pabellones y anexos se destinaron a talleres y viviendas. Con los años, la historia fue moldeando y alterando aquel apacible lugar. Ahora, el antiguo establo de caballos, en un edificio de una sola planta en forma de semicírculo, ha sido transformado en pisos. La mayoría se marchó, buscando casas nuevas y soleadas, pero Carmen, Emilia y su amiga Teresa siguieron resistiendo allí, rompiendo cada semana nuevas cartas de agencias y constructores deseosos de comprar su vivienda, de permutar, de pagarles la mudanza y mantenerles el empadronamiento.

Empresas y negocios veían ese rincón de Salamanca como una joya, en pleno histórico barrio de Los Jardines, cerca de la facultad y la iglesia de San Esteban. Y aunque la casa principal era ya un colegio, aún quedaban anexos y bajos que no habían sido vendidos ni entregados a manos fiables.

Ellas, ya frágiles y de salud mermada, no cedían. Ahí se aferraban a sus madrigueras: toda la vida allí, y allí debían cerrarla.

Vamos a ver a Teresa, anunció Carmen avanzando decidida. Llevaba una caja con una tarta . Hay que felicitarla.

¿Qué dices? No te entiendo, Carmen, mírame, ¡que te leo los labios! se quejaba Emilia, tirando del abrigo de su amiga, avergonzada y asustada de que Carmen perdiera la paciencia y la dejara atrás. Ser medio sorda resulta irritante, y ella lo sabía bien…

Pero Carmen se detuvo, se inclinó hacia la cara de Emilia y le vocalizó despacio, para que pudiera entenderla.

Ah, sí, claro. Teresa nos invitó Me acuerdo, me acuerdo asintió Emilia. No hubo malentendido; era momento de seguir.

En casa de Teresa Gutiérrez, que ya no podía andar, celebraban hoy el cumpleaños de su hija. Lidia ya era adulta, trabajaba en una gestoría y apenas iba a ver a su madre. Tenían pensado celebrarlo el fin de semana, pero después se cambió la fecha. Pero Teresa no guardaba rencor.

Es culpa mía decía ella cuando por fin las tres amigas se sentaron en torno a la mesa, modestamente arreglada para la ocasión . Y no digáis nada malo de mi niña alzaba el dedo índice, aunque ninguna iba a hacerlo. Hablar de Lidia siempre era hacerlo bien.

Carmen le acariciaba la mano, aquella mano fina y temblorosa que en sus tiempos de niña arrancaba malas hierbas en el patio cuando, acabada la guerra, improvisaron un huerto junto a la casa. Aquellas manos movieron palas, removieron la tierra dura y plantaron semillas. Fue una época dura, de hambre y muchos sacrificios. Las madres de las tres amigas trabajaban como enfermeras en clínicas y hospitales, y las niñas se quedaban solas. Comían lo que encontraban, cocinaban lo que podían. Sus madres traían pan y, a veces, un poco de manteca que tenía un sabor extraño, casi a serrín. Pero estaban acostumbradas, sabían que era igual en todas partes… Y tenían un huerto, ¡iban a cosechar cosas ricas! Un antiguo agricultor, el señor Protasio, les dio semillas, regañando medio en broma, medio en serio, pero realmente les ayudó.

Venid aquí, niñas les solía decir . Plantad esto, ya veréis qué bueno

Y contra todo pronóstico, crecieron coles, pepinos y hasta alguna planta de perejil, aunque esta última no prosperó. El señor Protasio las regañaba, pero después les daba una rebanada de pan seco y las animaba.

Se acabará la guerra, y veréis cómo montamos aquí un jardín que va a dar envidia a todos prometía.

Pero él mismo no vivió hasta el final de la guerra. Las tres amigas nunca olvidaron su pérdida, ni lo que aprendieron. Los padres de las niñas, como él, tampoco volvieron. El jardín lo hicieron después, sin ellos.

Ahora Teresa, ya mayor, sentada en su silla de ruedas, con la mano de Carmen sobre la suya, ve a Emilia poner un guiso en la mesa y cortar pepinillos. Hay copitas en la mesa. A Teresa le gusta el licor casero de arándanos lo aprecia mucho. Brindarían por la salud de Lidia, por las piernas de Teresa, por un invierno que no muerda sus ya viejos huesos.

La movilidad de Teresa la perdió en un accidente trivial y doloroso. Fue a pasear en invierno, resbaló, cayó. El golpe fue leve, pero al día siguiente no podía mover las piernas. Ni llamar a su hija ni avisar a ningún médico: el teléfono quedaba lejos, no tenía fuerzas para arrastrarse hasta la mesilla. La edad no perdona, y los médicos sólo supieron recetarle paciencia y algo para el dolor, aunque lo que tenía, pensaba Teresa, era vejez y resignación.

Vivían tan pegadas a la calle que todo lo que ocurría afuera podía verse, como en la pantalla de una televisión. Ahí va Carmen, de compras. Pronto aparecerá Emilia Es de las que le gusta dormir un poquito más por las mañanas, pensaba Teresa.

No se atrevía a pedir socorro. El frío de octubre arrancaba el último calor del piso, y sólo sentía hambre y urgencia. Sus amigas se alarmaron rápido: nunca había pasado que Teresa no encendiese la radio ni la vieja gramola mientras desayunaba. ¿Se había quedado dormida? Imposible Teresa era madrugadora y puntual.

Llamaron a su puerta primero Carmen y Emilia, luego el portero, que tartamudeando preguntó si necesitaban ayuda. Llegaron a forzar la débil puerta de madera. Entró el portero de un empujón, después Emilia, medio sorda, y tras ella Carmen.

¡Teresa! ¿Dónde estás? ¡Pero dime ya qué ha pasado! gritaba Emilia, tan nerviosa que no escuchaba nada. Vieron a Teresa en el suelo, lo comprendieron todo y echaron al portero.

¡Qué vergüenza! ¡Idos, por favor, no me miréis! se lamentaba Teresa, mientras Carmen la cambiaba, la lavaba, la vestía. Lo había hecho antes con su marido, que quedó inválido tras caer trabajando en la restauración de una iglesia. Carmen cuidó de él hasta el final, y aunque lloró su pérdida, también sintió alivio.

Sufría mucho dijo al pie de la tumba . Por fin descansa; allá arriba, volverá a estar como nuevo.

Por qué Carmen pensaba que su marido, aun siendo algo tacaño y difícil, merecía el cielo, Emilia y Teresa no lo entendían, pero ya no la discutían.

Teresa fue llevada al hospital, donde el pronóstico fue el peor. Lloró toda la noche, convencida de que era un castigo divino.

Pero, ¿por qué, Teresa? le preguntaban las otras mujeres en la sala.

Había motivos. Con diecinueve años, Teresa tuvo a su hija Lidia, pelirroja y zalamera. Fue fruto de su primer amor, con un compañero de clase, con el que vivió un romance secreto. Al terminar el instituto, Teresa supo que estaba embarazada. Su madre la abofeteó y le recomendó abortar, pero ya era tarde. Teresa huyó al pueblo con una tía, donde vivió y crió a Lidia trabajando en el campo. Su madre las visitaba a regañadientes.

¿Y el padre? Él desapareció, prefiriendo dedicarse a los estudios y a su prometedora carrera diplomática. Teresa y Lidia no entraban en ese plan. No quería escándalos en la familia. Dos años después, la madre de Teresa las llevó a vivir de nuevo a Salamanca. Carmen y Emilia fueron las mejores niñeras de Lidia, que creció entre las casas de las tres amigas, siempre bajo mirada cariñosa.

Lo extraño era ver a Teresa tan seria, siendo tan joven madre, como si de repente hubiese ganado altura y peso, aunque seguía siendo la de siempre, sólo más cansada.

Teresa estudió por correspondencia, trabajó, crió a Lidia y enterró a su madre cuando la niña tenía nueve años.

Y entonces, un día, llegó a la imprenta una delegación extranjera. Y entre ellos, un francés apuesto. Ni los avisos de la dirección, ni las dudas, ni siquiera los rumores pararon a Teresa. El amor es lo que tiene.

Carmen y Emilia se quedaban pasmadas cuando Pierre, el francés, le traía regalos, vestidos y muñecas para Lidia. Al poco, le propuso marcharse con él.

Tiene un chalet cerca de París, todo como en los cuentos. Incluso hay una habitación para mí contaba entusiasmada.

¿Y Lidia? preguntó Carmen.

De momento se queda aquí. Cuando me instale, me la llevo se justificaba Teresa, con la cabeza zumbando de ilusión.

Mamá, ¿dónde está mi billete? preguntó una tarde Lidia, seria, al volver del colegio . Hay que avisar al colegio también…

Te quedas aquí, Lidia. El viaje es duro para ti. Luego vendré a buscarte. Estarás con…

Y de pronto, la niña arrojó el jarrón que le trajo Pierre y lo rompió en mil pedazos contra el suelo de madera. Después, lanzando platos y tazas a la pared.

Años después, Lidia confesaría a Carmen que ese día sintió como si la asesinasen en vida, un nudo en la garganta del que no podía escapar.

Tu madre volverá. Lo verás la consoló Carmen tras las primeras lágrimas . Tendrás que decidir si la perdonas o no. No voy a juzgarla, ni pedirte que la excuses. Pero las promesas de una vida de lujo engañan a muchas mujeres cansadas de la rutina.

Carmen también fue víctima de esas promesas: una vez, una desconocida le ofreció una gorra de astracán de segunda mano a buen precio. Le dieron una bolsa, pero en casa sólo había trapos viejos. Todos soñamos a veces con la belleza, pensaba.

Teresa se fue. Lidia no la despidió en la estación ni contestó a sus cartas. Lo poco que Teresa supo de su hija fue por sus amigas.

Volvió medio año después una eternidad para una adolescente. Lidia la aborrecía, rechazó cualquier regalo.

¿Al menos te casaste? preguntó Emilia en voz baja.

No. La familia de Pierre no aceptó una mujer con hija. Un detalle sin importancia, dijeron. Cuando vi que Pierre estaba de acuerdo, dejé todo, escupí en el suelo pulido y me vine. ¿Tú crees que Lidia me perdonará algún día?

Emilia encogió los hombros y respondió:

Cuando sea mayor, si se enamora y sufre, quizás te comprenda. Aunque no te justifico, Teresa. Fue cruel y absurdo.

Carmen y Emilia ya estaban casadas por entonces y se les hacía inconcebible pasar aunque fuera un par de días lejos de sus hijos…

De ese pecado se creía Teresa castigada. Y de ahí venía su culpa y su dolor físico.

Lidia contrató a una cuidadora para su madre, pero era fría y brusca. Teresa lo aceptaba, resignada. Un día, la cuidadora le echó agua hirviendo en la espalda en lugar de agua templada, y salió huyendo cuando vio el resultado. Teresa quedó sola, con la espalda ardiendo y lágrimas en los ojos.

Las paredes eran tan finas que Carmen oyó los gritos y llegó corriendo, acompañada por Emilia. Tenían copias de las llaves por si acaso. La curaron y cuidaron.

¡No quiero que me ayudéis! ¡Os pago! insistía Teresa.

¡Venga ya, gasta ese dinero en otra cosa! bufó Carmen . ¡Qué cosas dices!

No había por qué avergonzarse. Habían compartido baños y confidencias, pasado juntas la guerra, escondido bajo las bombas… ¿Después de todo eso iban a cobrarse favores y cuidados?

Y el tema se zanjó. Carmen ayudaba a Teresa, y después salía a pasear con Emilia, que apenas oía y se desorientaba por la calle. Carmen la tomaba del brazo, y juntas recorrían el barrio de Los Jardines, bajaban hasta la ribera del Tormes o se perdían por los patios soleados del centro de Salamanca, viendo a los niños jugar y recordando a sus propios hijos trepando a los tilos. Cuando florecían, seguía flotando el aroma, embriagador. Emilia era una experta en recolectar y preparar té de tila, y las tres amigas celebraban la tarde del té de tilo en la diminuta cocina, con tazas de porcelana fina y algún pastel hecho siguiendo la receta de un libro viejo.

Hablaban de sus vidas: Teresa del París que había dejado, Carmen de los artistas que conocía de su trabajo en el museo, Emilia, que trabajó en una fábrica de caucho, cada vez hablaba menos, pues su sordera avanzaba tras un bombardeo en la infancia. Una explosión cerca le dañó el oído, y aunque de niña aguantó el dolor apretando la cabeza con ambas manos, el tiempo sólo agravó sus males.

En la fábrica conoció a su marido, Iván, doce años mayor…

¿Para qué te sirvo yo, con esta cara marcada? Encuentra a uno joven, no quiero sufrir le decía él.

Y al casarse, en la primera noche juntos, Iván comprobaba de vez en cuando si ella seguía a su lado, atento hasta quedarse dormido sólo al alba, cuando Emilia ya preparaba el desayuno. La marca del accidente no le importaba: ella veía en sus ojos siempre una alegría juvenil.

Iván fue su único amor, y el cielo se lo llevó temprano, a los cincuenta y cinco años. Una noche no despertó. Emilia lloró sobre su cuerpo, temiendo que las lágrimas le escocieran.

Su hijo Sergio avisó a las vecinas, que corrieron en su ayuda. Entre lágrimas, Lidia, aún una muchacha, entendió que su madre le importaba tanto que sentía que no podía vivir sin ella. Y empezó a perdonarla, poco a poco.

El marido de Carmen nunca gustó a sus amigas. Siempre tenía excusas para no gastar dinero en arreglos del hogar. Prometía cosas que nunca llegaba a cumplir. Carmen aguantaba y lloraba.

¿Por qué sigues con él? le preguntó Emilia una vez, cuando él volvió a negarse a comprar el armario que faltaba.

Porque tenía miedo de quedarme sola. Vosotras sois guapas, y yo me veo como una ratita ¿Quién, quién me iba a querer? sollozaba Carmen, tan lista y dulce.

¡Divórciate! gritaban sus amigas.

No puedo. Tenemos un hijo, y Mikel adora a su padre. No lo entendería, chicas.

Emilia y Teresa se desesperaban, pero Carmen floreció de repente yendo por la calle.

¿Qué te pasa? le preguntó severa Emilia.

Es que… me he enamorado. Hay un hombre bueno en mi vida, ahora sé lo que es de verdad tener a alguien a mi lado

Lloró, pero nunca se separó de su marido. Aquel romance duró hasta que Mikel era ya universitario y su padre sufrió un derrame cerebral. Carmen, entre culpa y deber, cuidó de él hasta el final. Aquel hombre bueno le pidió matrimonio, pero ella rechazó.

Eso sería traicionar a Mikel. Ya soy bastante culpable de todo.

Aquel amante se marchó de Salamanca para siempre. No volvió a escribir ni llamar. Nunca pudo sacar a Carmen de su cárcel de culpa, y fue una lástima. Por él consiguió el armario, el frigorífico, alguna ropa para Mikel… pero nunca fue el dueño de la casa. Qué pena…

Los años pasaron. Las vecinas envejecieron, y la casa abrazaba aún su patio lleno de tilos centenarios. En el colegio de arte crecían talentos, y siempre había tres señoras mayores sentadas en los conciertos: Teresa en su sillita, con falda de terciopelo y cuello de encaje; Carmen, erguida, con pelo recogido, vestido chocolate y cinturón de cuentas, zapatos a juego; Emilia, que apenas oía, vestida con modestia, con botines ortopédicos y bolso arrugado, el rostro en paz, como si fuera una concertista famosa llegada de incógnito.

Y las tres, con guantes de encaje, recuerdo del pasado parisino de Teresa…

No deberías culparte tanto, Teresa dijo Carmen sirviendo la tarta. Lidia ya es adulta, madre, esposa. Ha aprendido lo que es amar y equivocarse. Pierre, ése sí puede odiarle, pero a ti te quiere.

Eso es asintió Emilia . La juventud es cruel, pero el tiempo suaviza todo. Lidia sufrió y no entendió, pero con los años lo verá de otra manera. Aunque Pierre, bueno… fue un sinvergüenza.

Pusieron a hervir otra vez agua para el té. El samovar eléctrico, herencia familiar, lucía brillante en la esquina, reflejando los rostros de madres y abuelas de generaciones pasadas. Su brillo era un tesoro.

Fuera, la lluvia removía las hojas secas. Cualquier día llegaría la primera helada y se marchitarían los jardines. El otoño olía ya a despedida, pero seguía regalando calor.

Un coche entró en el patio, salpicando el asfalto mojado, y alguien bajó apresurado. Llamaron a la puerta. Teresa se estremeció.

Carmen fue a abrir y dejó pasar a Lidia, dándole un beso y señalando la cocina.

Te estaba esperando, cielo. ¡Ve, anda, ve! ¡Feliz cumpleaños, mi niña!

Lidia traía los favoritos de su madre: dahlias moradas con corazón amarillo. Tras el gran ramo apenas se le veía el rostro, cubierto de lágrimas, porque aún no termina de creerse perdonada, o tal vez no logra perdonarse a sí misma aunque también rebosa de emoción. Hoy ha sido madre de una niña pelirroja, un pequeño retoño arropado en una mantita rosa. Eso es vida y esperanza.

Si alguna vez ustedes se asoman a la ventana de esa casa baja y circular detrás de un edificio histórico de Salamanca, verán a tres ancianas encantadoras, riendo, tomando té, compartiendo recuerdos y esperando hijos, nietos y bisnietos los que dan sentido, color y calor a la vida. Saben que pronto, muy pronto, se irán. Por eso quieren aprovechar cada instante, abrazar a los suyos, dejar claro lo más importante: que al final, lo único de auténtico valor es el amor y la compañía de quienes nos acompañan en la vida. Eso es, verdaderamente, lo más valioso de todo.

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