Carmen García sostenía el sobre mientras Luisa Martín agitaba su teléfono frente a ella.
—¡Señora Carmen, mire qué maravilla! —exclamó Luisa—. Nuestra nueva casa en la sierra, ¿ve? ¡Y el coche de mi hijo! Lujoso, ¿verdad? Y mi nieta tocando el piano… ¡estudia en el conservatorio!
—Sí, muy bonito —asintió Carmen, rebuscando en los buzones—. Disculpe, voy con prisa…
—¿Prisa? ¡Pero si somos vecinas hace veinte años! —insistió Luisa—. Mire, esto es de nuestras
Las flores guardaban silencio, pero sus hojas se estiraban hacia la luz, como ella se estiraba hacia las voces de sus hijos, igual de silenciosamente. Y esa lucha silenciosa entre la esperanza y la resignación se convirtió en su única compañera permanente.





