Soy madre y estuve de baja por maternidad. Tengo dos hijos preciosos: uno llegó a mi vida hace cinco años y el otro hace poco tiempo.
Permíteme contarte una anécdota que me ocurrió hace ya un tiempo, en aquellos días en Madrid.
Todo comenzó con una lista que me entregó mi suegra nada más casarme con Marcos. En ella aparecían numerosos puntos, como que mi marido era alérgico a ciertos alimentos, algo de lo que siempre procuro estar pendiente. Eso sí era relevante. Pero también figuraba ahí que debía plancharle los calzoncillos porque, según ella, si no estaban bien planchados le saldrían cardenales en sus partes
Al principio me lo tomé bien, pensé: “Esta mujer es una madre muy atenta”. Al fin y al cabo, resulta agradable ver cómo una madre cuida de su hijo. Seguí todos los consejos de aquella lista sin mayor dificultad. Pero el asunto de planchar la ropa interior sí que me sorprendió, ya que ni mi madre, Rosalía, ni yo misma habíamos planchado jamás la ropa interior de nadie.
Mi hijo mayor, Alejandro, fue el primero en llegar al mundo. Al principio, como es natural, usábamos pañales. Pero al pasar a los calzoncillos, empecé, sin darme cuenta, a planchar también los suyos. Y así es como el montículo de plancha que antes era para uno, pasó a ser para dos, convirtiéndose en una verdadera montaña de ropa por planchar. Continué cumpliendo el mandato familiar porque mi suegra aseguraba que el calor y el vapor del planchado eliminaban los gérmenes, y hasta me insistió en que también con nuestro hijo Mateo planchara la ropa interior, porque así cuidaría mucho mejor de su salud íntima.
Al final, no se trata tanto de lo que diga mi suegra, sino que ahora, con el segundo hijo, sencillamente me resulta imposible mantenerlo todo al día. Las madres que han tenido dos hijos uno de ellos recién nacido seguro que saben muy bien de lo que hablo. Intento priorizar lo vital, pero la montaña de quizás debería no deja de crecer como si fuera el Mont Blanc.
Ayer, ya por la noche, Marcos vino a decirme que no quedaban calzoncillos limpios en el armario, dejando caer que tenía que planchar algunos. Estaba exhausta y le respondí que podía coger un par del montón sin planchar.
Pero Marcos llamó a su madre cuando yo me fui a la cama, y le contó que su esposa ya no tenía tiempo ni para planchar los calzoncillos. Se sintió, digamos, decepcionado por mi falta de esmero. Todo, por unos simples calzoncillos.
Vosotras, ¿plancháis la ropa interior de vuestros hijos o del marido? ¿Hasta qué edad?, ¿y realmente hay alguna forma de acelerar este ritual interminable de la plancha?
Recuerdo aquellas noches y no puedo evitar sonreír, pensando en cómo, a veces, la vida se convierte en una sucesión de montañas pequeñas pero exigentes.







