**Mi Diario: La Traición y el Destino**
—¿Te importa si me pongo tu vestido de novia? Total, ya no lo necesitarás —dijo Amalia con una sonrisa burlona.
—Creo que es perfecto. Lo mejor que te has probado —respondió Juana, observándola con ojos críticos.
—Tu amiga tiene razón. El vestido te queda de maravilla —añadió la vendedora del salón de bodas—. Solo hay que ajustar el bajo y estrechar un poco la cintura. ¿Quieres que traiga el velo?
—Yo quería algo sin velo —murmuró Lucía, insegura.
—Tráigalo, pero que no sea muy largo —intervino Juana, sin apartar la vista de su amiga, que giraba frente al espejo.
La falda acampanada ondeaba alrededor de sus piernas. Lucía ya imaginaba la mirada embelesada de Adrián al verla con aquel vestido.
La vendedora regresó con un velo etéreo, colocándolo con destreza en el cabello de Lucía.
—Podrías ir al Registro Civil ahora mismo —dijo la vendedora, sonriendo ante su reflejo—. ¿Qué dices? ¿Te lo llevas?
—¿Tú qué opinas? —Lucía miró a Juana.
—Eres tú la que se casa, así que tú decides —respondió su amiga, sin ocultar del todo el brillo de envidia en sus ojos.
—Sí, nos lo quedamos —dijo Lucía, levantando ligeramente la falda para bajar del pedestal, pero la vendedora la detuvo.
—Espera, llamaré a la costurera.
Lucía fingió un suspiro de impaciencia, aunque en realidad estaba encantada de permanecer un poco más con el vestido puesto.
De regreso a casa, las amigas atravesaron un parque. Se conocían desde el colegio. Juana era alta, de rasgos angulosos y nariz afilada, mientras que Lucía tenía facciones dulces, mejillas sonrosadas y una nariz pequeña. Juana siempre envidiaba su suerte: su familia estable, su trabajo como traductora en una empresa importante… Mientras que ella, tras estudiar Biología a distancia, trabajaba en un laboratorio ambiental, odiando cada minuto.
Y ahora, Lucía se casaba. Adrián no le importaba a Juana, pero el simple hecho la exasperaba. Ella también soñaba con un vestido blanco y huir de su madre, una mujer amargada desde que su padre murió por culpa de un alcohol adulterado. ¿Por qué Lucía lo tenía todo?
—¡Ni siquiera me escuchas! —Lucía tiró del brazo de Juana.
—¿Qué dijiste?
—Que te lanzaré el ramo para que tú también te cases pronto. Mira, ahí está esa vendedora de bisutería. Ayer la vi pero tenía prisa. Vamos a echar un vistazo.
—¿Para qué quieres esas baratijas? —refunfuñó Juana, mirando con desdén a la anciana y su mercancía brillante pero vulgar.
—Mira este anillo —dijo Lucía, admirando una sortija con una piedra blanca—. ¿Puedo probármelo?
—No te cobro por probártelo, pero no te lo venderé —respondió la mujer.
—¿Por qué?
—Pronto llevarás una alianza. Mezclar metales es de mal gusto —repuso la anciana—. Mejor mira esto. —Le tendió un colgante circular, pulido hasta brillar como un espejo.
—Lucía, ¿para qué quieres eso? —se quejó Juana.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Lucía, ignorándola.
—Lo que quieras dar. Te traerá felicidad.
—Ya es feliz —intervino Juana.
—Y tú envidiosa —replicó la mujer, clavándole una mirada severa.
Lucía sacó unas monedas de su bolso y se las dio a la vendedora.
—Llévatelo. Que te sea leve —dijo la mujer, sonriendo.
Al alejarse, Lucía se colocó el colgante al instante.
—¿Qué tal? —preguntó.
—Original —respondió Juana, aunque a ella también le gustaba.
Una semana después, Lucía recogió su vestido. Mientras lo probaba, llamó a Adrián, pero no contestó. Inquieta, fue a su casa. Al abrir la puerta, encontró a Juana, con la camisa de Adrián y el colgante en el pecho.
—¿Qué haces aquí? —tartamudeó Lucía—. ¿Dónde está Adrián?
—Cansado, durmiendo —respondió Juana, sonriendo.
Lucía la empujó y entró. Adrián yacía en el sofá, dormido, medio cubierto por una manta.
—¡Adrián! —gritó. Él no despertó.
—¿Contenta? —preguntó Juana desde atrás.
Lucía se giró, llorando.
—¿Cómo pudiste? —La empujó y salió corriendo.
Esa noche, su madre la encontró llorando en el sofá. Le contó todo, jurando que no habría boda. Su madre intentó calmarla, pero Lucía no quería volver a verlo.
Sin embargo, Adrián la esperó días después, explicando que no recordaba nada, que Juana le había dado un té y luego lo encontró durmiendo. Pero Lucía no lo creyó.
Poco después, Juana anunció que estaba embarazada y que se casarían.
—¿Te importa si me pongo tu vestido de novia? —se burló.
Tres semanas después, Lucía vio desde su ventana el coche nupcial frente a la casa de Juana. Adrián miró hacia su ventana un segundo antes de entrar. Lucía corrió a su habitación, destrozada.
El tiempo pasó. Una tarde, encontró a Adrián en la calle, demacrado.
—Juana nos dejó. No soportaba a nuestro hijo —confesó—. Pero… él no es mío. Lo descubrí después. Me engañó.
Lucía no sabía si creerle, pero su corazón se ablandó. Poco a poco, volvieron a acercarse. Criaron al niño juntos, como una familia.
—¿Y si Juana regresa? —le preguntó su madre.
—No volverá. Renunció a todo y se fue —respondió Lucía, tocando el colgante que, por casualidad o destino, había regresado a ella.
No era el colgante lo importante, sino el amor que había resistido las mentiras. La vida no es perfecta, pero a veces, incluso tras la traición, el destino encuentra su camino.







