Hace ya muchos años, cuando en Madrid todo parecía menos vertiginoso, recuerdo una tarde al cerrar el ordenador y prepararme para irme:
Doña Elvira, hay una señorita que insiste en verla. Dice que es por un asunto personal.
Déjala pasar, que entre.
Entró a mi despacho una joven bajita, de rizos negros y falda corta.
Buenas tardes. Soy Almudena. Vengo a proponerle un trato.
Buenas tardes, Almudena. Me intriga, ¿qué clase de trato? No recuerdo habernos conocido
Con usted no. Pero con su marido Gonzalo, bastante bien. Mire.
La joven se acercó a la mesa y dejó caer un papel. Lo tomé y comencé a leer.
«Almudena Pascual, embarazo de 5-6 semanas».
¿Qué es esto? No comprendo… ¿Por qué me lo da a mí?
¿Qué más hay que entender? Estoy embarazada de su marido.
No pude evitar mirarla de arriba abajo, atónita por semejante noticia.
¿Y qué busca de mí? ¿Enhorabuena?
No. Quiero dinero. Eso, si su marido le importa
¿Dinero, por qué razón?
Yo aborto y desaparezco de la vida de Gonzalo. Él aún no sabe lo del embarazo, vengo antes a usted. Si rechaza, él se irá conmigo, porque usted no puede tener hijos. Sé todo de usted. ¿Qué decide?
Traté de ordenar mis pensamientos mientras el despacho daba vueltas.
¿Y cuánto pide por su secreto?
Sólo ciento cincuenta mil euros. Para usted es una minucia. Así puede seguir envejeciendo junto a su esposo
Qué generosidad la suya ¡Gracias por su oportunidad! Vea, Almudena, déjeme su número de teléfono, lo pensaré y le contactaré.
Pero no tarde demasiado. El tiempo apremia si tengo que abortar
Almudena garabateó su teléfono y se fue despacio.
Doña Elvira, ¿se va ya? El técnico está esperando
Doblé el papel y lo guardé en el bolso.
Sí, me voy. Hasta mañana, Ángela.
Al sentarme en mi coche, no podía dar crédito. ¿Quién era aquella Almudena? ¿Habría Gonzalo cometido semejante locura?
En casa, examiné el papel una y otra vez mientras el reloj avanzaba hacia la hora en que Gonzalo regresaría.
¡Cariño, ya estoy en casa! ¿Qué es este olor delicioso?
Entra y verás
Gonzalo entró a la cocina frotándose las manos. Yo le miré fijamente desde mi sillón.
¿Qué pasa? Me miras tan seria que hasta miedo me da
Gonzalo, ¿quién es Almudena Pascual?
Es una empleada de una empresa con la que colaboro. ¿Por?
Porque viene, me dice que está embarazada de ti Mira.
Gonzalo tomó el papel y lo leyó de un vistazo, perplejo.
Esto es imposible… Nunca pasó nada con ella. ¿Cómo puede ser?
A ti te lo pregunto. Pide ciento cincuenta mil euros a cambio de abortar. Si no, te vas con ella. Eso dice.
No entiendo nada ¿Por qué te dice eso? Te juro por lo más sagrado que no entiendo nada ¡pura mentira!
Así lo pensé. No es que piense que eres un santo, Gonzalo, pero reconozco cuándo alguien miente. Quiere sacar dinero fácil.
Puedes hacerme las pruebas que quieras, no tengo nada que ocultar. ¡Te lo aseguro, eres la única para mí, mi vida!
Bien. Vamos a cenar, que esto me da dolor de cabeza.
Al día siguiente llamé al número de Almudena, citándola de nuevo en mi despacho. Ella acudió puntual.
Mire, Almudena. Gonzalo no puede ser el padre. Le creo. No ha conseguido su dinero fácil. Si quiere abortar, hágalo.
Qué mujer más rara es usted ¿Cómo puede confiar tanto en él? ¿Tan segura se siente? ¿Se ha mirado al espejo? Ya tiene cuarenta años y siempre habrá más jóvenes y guapas
¿Algo más quiere decir?
Sí. Quiero venderle este bebé. Puede hacer pruebas, el padre es Gonzalo, se lo aseguro.
¿Y cómo puede ser, si dice que no pasó nada?
Bien, le cuento la verdad. Hace cosa de mes y medio, hubo una fiesta en la empresa. Ese día, una amiga de Gonzalo me dijo que estaba casado con una mujer adinerada incapaz de tener hijos ni con madre de alquiler. Un candidato perfecto para sacar provecho.
Intenté seducirle sin éxito; los hombres suelen caer a mis pies y él ni me miró. Eso me picó. Mi hermana, que trabaja en una farmacia, me entregó un polvo especial. Temporalmente, la persona pierde el juicio y no recuerda nada.
Se lo puse en la bebida, le llevé a mi casa y allí, confundido y dócil, no sabía lo que hacía. Tuve suerte de estar ovulando. Así, quedé embarazada. Él no recuerda absolutamente nada. Pero todo esto es posible, tengo hasta un vídeo.
Colocó su teléfono sobre la mesa, mostrando a Gonzalo ajeno, sin ropa, distante.
El aborto me da igual, tengo salud de hierro. Pero quiero dinero, sobre todo si es fácil. No creo que me denuncie, su cargo es demasiado alto para escándalos.
Pensé que aceptaría, pero no. Así que puedo tener al bebé y dárselo a usted. Seguiré los controles médicos y me cuidaré. Ciento cincuenta mil euros y el niño es suyo.
Me dejó sin palabras. ¿Era esto real?
¡Almudena, lo tuyo es de juzgado! ¡Eres una estafadora!
Hay que buscarse la vida. Debo mucho dinero y mi padrino falleció de pronto.
No sea impulsiva, doña Elvira. Piénselo. Le llamo en tres días.
Almudena salió. Yo me serví agua; el corazón me latía con fuerza. ¡Qué situación tan absurda!
Por la noche se lo conté todo a Gonzalo, que quedó igual o más impactado.
Me han usado como una marioneta ¡Puedo denunciarla!
Gonzalo, en estos tiempos, todo es posible. He leído que después de la semana siete se puede hacer análisis genético al feto para saber si eres el padre.
Primero descubramos si el niño es tuyo. Y luego, tanto hemos deseado tener un hijo propio Quizá, pese a lo retorcido, esto es nuestra oportunidad para formar una familia.
¿No lo has pensado nunca?
No me digas que encima debemos agradecer a esa tipa ¡Todo esto es una locura! ¡Que aborte y nos deje en paz!
Gonzalo salió del salón, furioso.
Pensé en aquellos años lejanos Éramos estudiantes en la Complutense, él y yo. Un flechazo irremediable; nos casamos pronto y alquilábamos piso en Chamberí.
Luego, con ayuda de mi tío Antonio, monté mi propia empresa; le devolví lo prestado con creces. Gonzalo inauguró su propia tienda y yo seguí adelante, aunque nunca llegaron los hijos.
Una noche, tras una cena romántica, nos asaltaron unos maleantes borrachos cerca de la Plaza Mayor. Uno me atacó con navaja; me interpuse por instinto entre él y Gonzalo, recibiendo la puñalada.
Los médicos salvaron mi vida, pero no pudieron salvar mi útero. Nunca podría tener hijos…
Gonzalo me apoyó siempre, cargando con la culpa por el accidente. Ojalá hubiera sido yo, repetía.
De vez en cuando iba a la iglesia de San Ginés. Encendía una vela por mis seres queridos, y daba limosna a los necesitados.
Un día, entregué unas monedas a una anciana sentada junto a la puerta.
Muchas gracias, hija Veo que la pena te consume, pero no te desesperes.
No es nada, abuela. Sólo que jamás podré tener hijos… suspiré.
Te entiendo; tampoco los tuve. Pero tendrás un niño. De una manera muy extraña este vendrá a ti
No hice caso, pero lo recuerdo cada vez que miro atrás.
Seguimos juntos, más unidos por los años, aunque sin hijos. Y, de pronto, aparece esto…
Le pedí a Gonzalo hacerse las pruebas, y Almudena también lo hizo a la novena semana. El análisis confirmó la paternidad.
¿Ve? No mentía. ¿Ahora están dispuestos a pagarme por el niño? se burló Almudena.
Escúcheme. Encontrar una mujer dispuesta a parir por dinero no es ningún problema, y por mucho menos, pero nunca lo hicimos. A pesar de todo, aceptaremos quedarnos con el niño. Te pagaremos setenta y cinco mil euros, ni un céntimo más. Con documentos y todo en regla.
¡Pero yo pedí ciento cincuenta mil! ¿Y esto qué es?
Ahora la situación es nuestra. Si quieres, bien, si no, nada recibirás y peor aún, te puedes buscar un problema legal. Sé agradecida, que no te hemos denunciado
***
Gonzalo, he cerrado el acuerdo. Tendremos a ese niño.
Elvira, ¿todo esto era necesario? Encima hay que pagarle
Quizá el destino nos trae este regalo de la única forma posible. No lo rechacemos
Almudena acudió a todos los controles. Nació en el hospital un niño fuerte y sano. Ella renunció a la patria potestad; Gonzalo, como padre biológico, inscribió al pequeño. La burocracia terminó. Almudena tomó el dinero y desapareció. A todos dijimos que fue gestación subrogada.
Gracias por dar a luz al hijo de mi marido me despedí de Almudena.
El niño, al que llamamos Nicolás, llenó nuestro hogar de risas.
Mira, Gonzalo, ¡se parece a ti!
¿Tú crees? Yo no entiendo de bebés Aunque, sí, es todo un conquistador, igualito que su padre
¿Recuerdas a la anciana de la iglesia? Te lo conté Lo predijo. Este niño vino a nuestra vida de la forma más insospechada
Gonzalo y yo mirábamos a Nicolás arropados por aquella felicidad, ignorando lo que el futuro traería A veces el universo concede los deseos de un modo bien extraño.
***
Meses después, en el telediario, supe que Almudena había aparecido muerta en su piso. Las circunstancias nunca se aclararon. Aquella joven cruzó la raya y perdió el juegoLa noticia nos dejó en silencio largo rato. Miré a Nicolás, tan pequeño en mis brazos, dormitando con una sonrisa torcida que era todo Gonzalo. Sentí una punzada de compasión y agradecimiento imposible de explicar.
Esa noche, mientras la ciudad se sumía en la calma, salí al balcón. El vaho de Madrid subía caliente; las farolas iluminaban la calle vacía. Gonzalo se asomó a mi lado y, en voz baja, me susurró:
Ha terminado, Elvira. Por fin estamos en paz.
Le apreté la mano, pensando en todo lo perdido y lo que habíamos encontrado. Supongo que nunca nadie elige cómo llega el amor o la familia, y la felicidad rara vez sigue los caminos rectos de los cuentos.
Miré a nuestro hijo durmiendo y supe, con certeza rara y luminosa, que aquel pequeño era nuestro milagro, imperfecto y prodigioso. Un hilo invisible venía de lejos, desde la herida de mi juventud hasta ese instante. La vida nunca pide permiso; sólo arrastra y, si tienes suerte, también sostiene.
Ese verano Nicolás balbuceó sus primeras palabras. Entre risas y pasos titubeantes, aprendimos a ser aquellos padres que tanto habíamos soñado. Y cuando en la iglesia de San Ginés volví a encender una vela, pensé en la anciana, en Almudena y hasta en los días amargos. La llama tembló unos segundos, y sentí que el universo, en sus giros extraños, nos había enseñado a recibir lo inesperado.
El mundo siguió girando, pero cada mañana, abrazando a mi hijo, supe que jamás volvería a sentirme incompleta. Era cierto: a veces la felicidad llega de la manera más absurda, y no por ello menos real. Así es la vida; así empezó para nosotros la auténtica historia.




