Perder a una persona

María, me voy. tosió Joaquín, con una voz fría y ajena que parecía flotar en el aire de la cocina.

¿Te vas al trastero? musitó María, sin apartar la vista del brillo mate de las patatas, distraída.

No. María, me voy de verdad. Me marcho… con otra mujer.

Una patata medio pelada resbaló de sus manos, botó como una pelotita absurdamente vivaz y terminó rodando bajo la mesa. María la siguió con la mirada, intentando entender si de verdad había oído lo que creía. Dio la vuelta y clavó sus ojos verdes en su marido. Solo entonces le impactó el sentido real de aquellas palabras. Por fuera, rígida como el granito de una catedral en la niebla de Segovia; por dentro, se desencadenó una avalancha de sentimientos que arrasó con todo: amor, alegría, promesas incumplidas y esperanzas rotas.

¿Y quién es esa mujer? preguntó María, controlando con dificultad la rabia que amenazaba con gritar y desgarrar la cocina de su cabaña.

No la conoces, María. Pero es distinta… todo es auténtico entre nosotros. Me entiende con una mirada, y tenemos tanto en común… ¡tanto! Joaquín estaba embelesado. María, en su mente, imaginaba cómo le atravesaba con el cuchillo de pelar patatas y lo veía contorsionarse de dolor. Pero no hizo nada de eso.

Pues mira, felicidades. Has encontrado tu felicidad. Ella dejó caer la patata y la peladora en el fregadero. No necesito saber ningún detalle. Eres libre. Lárgate. Y no esperes que te invite a cenar, seguro que alguien te espera con más ansias…

Joaquín sorbió la nariz, quizás llorando, quizás emocionado, y desapareció al dormitorio a hacer la maleta. María, por no desplomarse, se aferró al borde del fregadero. Sólo quería dos cosas: no caer redonda al suelo y que se marchara ya.

Bueno… ya… ya me voy, ¿vale? musitó Joaquín, retrocediendo hacia la puerta como un ladrón pillado en falta. María se giró hacia él. Su rostro, demasiado tranquilo, sugería una extraña paz. Él esperaba lágrimas, reproches, incluso algún grito; pero encontró indiferencia. Murmurando algo, cerró la puerta de la cocina.

María esperó a escuchar el portazo de la entrada y, al verse sola, se dejó caer sobre las baldosas frías, mordiendo su propio puño para no gritar. Lloró como un cordero herido, como si la vida se extinguiera allí mismo. Sólo tras tres horas de ahogos y lágrimas pudo arrastrarse hasta la cama, vestida y derrotada. El mundo ya no tenía luz.

…Despertó de madrugada, en mitad de una penumbra viscosa, envuelta en una nostalgia agria. Evocó aquel primer encuentro: ella, muchacha de pueblo, recién llegada a una pequeña localidad de Castilla por el destino caprichoso de un sorteo de plazas. Salió un sábado, arrastrada por unas amigas, a un baile en la plaza. Lo vio entre un grupo de mozos encargados de vigilar la fiesta.

Alto, de hombros anchos y sonrisa infinita, Joaquín imponía respeto. María no supo ni moverse ante él; desde esa noche supo que se había perdido. Joaquín, altanero, también se fijó en aquella muchacha delgada de ojos grandes. Esa misma noche la acompañó a casa. Y no volvieron a separarse.

Empezaron a verse todos los días. A la tercera luna nueva presentaron papeles en el Registro Civil. Y en verano celebraron boda, ruidosa y bullanguera, entre los robles del pueblo. Al principio vivían en un piso compartido. Cuando llegó el primer hijo, les dieron su propio piso de dos habitaciones. Fueron felices, sinceramente felices. Se comprendían por gestos, por miradas, por silencios. Nunca discutían, de verdad que no. Encajaban como las piezas de un mosaico mudéjar.

La semana pasada cumplieron treinta y seis años de matrimonio. Y lo más terrible era pensar que treinta y siete ya no habría… María volvió a llorar en la oscuridad silenciosa, como si velara un duelo invisible.

La mañana siguiente amaneció grisácea, igual de opaca que el estado de María. Pero debía levantarse: la casa era grande y el corral también. Todo demandaba atención. Se bebió un té con azúcar, pero no pudo engullir ni una miga de pan. Se puso a limpiar, dio de comer a las gallinas, soltó la cabra, fregó los suelos y la losa de la cocina, toda la vajilla abandonada del día anterior. Todo lo hizo con furia, como para no pensar en el abismo que la había tragado la noche anterior. Pero tenía otro problema: cómo decirles a sus hijos, Jaime y Lucía, lo que había pasado. Se atrevió solo al mediodía.

Mamá, ¿pero qué está diciendo papá? ¿Otra mujer? No puede ser en serio… ¿Quieres que vayamos ahora mismo? exclamó Lucía asustada.

No, no, hija, ni se os ocurra moveros. Tú con la barriga ya a punto de explotar, qué necesidades de sustos tienes… Yo me las apaño. Que nadie ha muerto.

Jaime fue más bronco. Maldijo por el teléfono, soltó improperios uno tras otro. María tuvo que reprenderle: que dejara de insultar a su padre, que en la vida pasan cosas. Finalmente, Jaime prometió pasar el sábado.

María, cumplidos los avisos, suspiró hondo. Al cruzar por el espejo del vestíbulo, atrapó una versión de sí misma perdida: una mujer algo hinchada, en bata, sin maquillaje, los ojos hinchados y los labios agrietados.

No me extraña que se haya buscado una más joven… Así acabo yo, gorda, sin peinar, sin uñas ni colorete. Aquella seguro que es bien guapa, y yo llevo años olvidando cuidarme por hijos, esposo y nietos. Incluso antes que eso… las gallinas.

Repasó mentalmente el último año, comprendiendo muchas cosas: el embarazo difícil de Lucía, el nacimiento del nieto de Jaime, el trajín continuo, las necesidades de la casa. Para Joaquín, muchas noches solo para cenar, los fines de semana lo pasaba lejos de ella, ocupada en sus nietos. Seguramente ahí encontró tiempo para su gran amor. María recordó sus silencios, la distancia de los últimos meses. Pero de tanto vivir, no se dio cuenta… o no quiso verlo…

Los días comenzaron a deslizarse lentamente, con la pesada inercia del cambio. Al principio dolía. Luego costaba menos. Rogó a sus hijos no darle la espalda a su padre; que Joaquín era buen hombre, que quería a sus nietos. Era asunto suyo. Los hijos protestaron, pero aceptaron a regañadientes. Y así, medio año después, se sintió algo más ligera. No había tiempo para la tristeza. Las cabras, los niños, los tomates, la jubilación. Hasta empezó a trabajar en la tienda del pueblo. Adelgazó, se cortó el pelo, se puso guapa. Poco a poco la sonrisa, su adorno más bonito, comenzó a asomarse de nuevo. ¿Qué otra cosa se puede hacer? La vida sigue rodando como una peonza.

Medio año después, recibió una llamada de un número desconocido. La voz, olvidada pero inconfundible.

María, mi vida… perdóname, déjame volver. No puedo sin ti. Dos meses en la niebla, pero ahora, cada noche que cierro los ojos, te veo frente a mí. ¿Me dejarás volver?

No. Vuelve con tu juventud. Si tanto tenéis. A mí me va bien sin ti respondió María, seca, y colgó.

Pero desde entonces, llamadas, ruegos, palabras melosas.

María, ya no somos jovencitos. ¿Qué sentido tiene estar enfrentados? Fue un desliz, a cualquiera le pasa. Sigo amándote, amo a la familia, a Jaime, a Lucía, a los nietos. Quiero estar con vosotros.

¿Quién te lo impide? Ama a tus hijos y nietos. Ellos no te rechazan. Pero de mí… ya te puedes olvidar. No se recompone una taza rota, por mucho que lo intentes.

Los hijos, que al principio se pusieron del lado de María, terminaron abogando por el perdón.

Mamá, está hundido. Todos cometemos errores. Podrías perdonarle suplicaba Lucía.

Eso, mamá, sabes que le quieres añadía Jaime.

No. No puedo. Jamás volveré a confiar, ¿entendéis? Siempre recordaré que me traicionó.

El tiempo siguió su ciclo. María trabajaba, atendía la casa, hablaba con sus hijos, cuidaba a sus nietos. Todo, pero sin Joaquín.

Él, por su parte, había terminado también con su “gran amor”, y se fue a vivir con su vieja madre al pueblo. Añoraba cada día la vida con María. La pena, como una sombra larga, lo seguía. Sabía que nada se podía arreglar. Que tendría que convivir con su error.

Un día se llenó de valor: iría a casa de María, caería a sus pies, le suplicaría su perdón. Si no le aceptaba, al menos la vería, aunque solo de lejos.

Se vistió lo mejor que pudo y cogió el tren hasta el pueblo. Llamó a la puerta, pero nadie contestó. María había salido para cubrir el turno de noche en el ambulatorio. Esperó un rato, se sentó en el porche de la casa, y, abrazado al recuerdo de la familia, cayó en un sueño pesado y profundo. Hacía mucho que no dormía así: tal vez era el aire familiar, o la fatiga de los remordimientos.

Por la madrugada, María regresó de trabajar y, al ver la figura tumbada en el banco del porche, sintió un escalofrío extraño. Se acercó y creyó que no respiraba. El rostro de Joaquín, bajo la luz de la luna, parecía de cera. Le tocó el hombro: nada. Le sacudió con fuerza: ni una reacción.

¡Ay, Virgen santa! ¡Qué desgracia la mía! ¡Joaquín, amor mío, ¿por qué me dejas sola? ¿Cómo voy a vivir sin ti? gritó supersticiosa, lanzándose sobre él.

Pero Joaquín despertó de golpe, la rodeó con los brazos y empezó a besarla entre sollozos.

¡Si me llamas amor, es que me quieres! Yo también te quiero, María mía, perdóname, mi vida… No puedo vivir sin ti.

¡Eres un sinvergüenza, granuja! María le golpeaba la espalda entre lagrimones. Pensé que habías venido a morirte aquí, como gato apaleado. ¿Ya has terminado con tus aventuras, tunante?

Desde aquel amanecer, María y Joaquín volvieron a vivir juntos, amándose con una fuerza renovada. Solo entonces entendieron el verdadero temor de perder… perder a la persona más suya, la más cercana. Y comprendieron, además, que a veces perdonar es necesario. El orgullo no siempre protege. Que incluso cuando alguien se equivoca de la peor manera, uno puede hallar en su corazón un rincón. Y que lo importante es cuidar lo que se tiene, no llorar por la felicidad perdida. Así, entre surrealismo y ternura, siguieron su camino… hasta el final, de la mano.

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