Soy Ana, no Anita
Ana brillaba de felicidad: ¡había aprobado todos los exámenes! No con sobresalientes, pero lo suficiente para que sus padres estuvieran orgullosos. Al abrir la puerta de casa, escuchó la voz familiar de su madre y… otra voz, extraña, opaca, como salida del pasado. La joven entró sigilosamente a su habitación, sin querer interrumpir, pero las palabras llegaron claras:
—Te lo digo por última vez, Teresa… — dijo su madre con firmeza.
Un golpe en la entrada: era su padre, que llegaba a almorzar. Ana asomó la cabeza al pasillo y se encontró con la mirada de una mujer con un pañuelo blanco y desgastado. Sus rasgos le resultaron dolorosamente familiares. ¿Dónde la había visto antes? Un recuerdo lejano la pinchó con agudeza. Aquella mujer con mirada intensa y pegajosa. La que una vez la llamó «Anita».
—Hola, Anita. Hola, hija —dijo la visitante inesperada.
—Vete, Teresa —ordenó su padre con calma.
—Ya voy, ya voy… Hasta pronto, hermanita —murmuró la mujer antes de irse.
Ana se quedó paralizada.
—Papá, ¿quién era?
—Una amiga de tu madre.
—Pero la llamó hermana.
—A veces las chicas se dicen así… Supongo.
Sin embargo, la mirada angustiada de su madre y el silencio cargado en la casa decían lo contrario. Era evidente: no era solo una amiga. Era parte de un secreto.
Dos días después, Ana volvió a encontrarse con Teresa.
—Hola, Anita —dijo la mujer, acercándose demasiado.
—No soy Anita, soy Ana.
—¿Me recuerdas?
—No sé… Usted venía a casa de mamá.
—¿De mamá? Yo soy tu madre, Anita… La verdadera…
Teresa le agarró las manos. Hablaba con urgencia, entrecortadamente, suplicante. Y Ana, sin entender por qué, se dejó llevar.
—Pasa, hija —la guió hacia una habitación vieja—. Aquí vivías hasta los dos años… ¿Te acuerdas?
Una ola de recuerdos la golpeó: el suelo sucio, colillas mordisqueadas, alguien gritando, pateando la puerta, y ella, pequeñita, buscando algo que comer en el suelo. Alguien le metía dedos sucios en la boca… Y ella mordía, hasta sacar sangre. Miedo. Lágrimas. Frío. Anita… entonces la llamaban Anita.
Una voz ronca la sacó del trance:
—¿Otra vez de paseo, Tere? ¿Trajiste el dinero?
Entró un hombre borracho, con ojos vidriosos.
—¿Y esta quién es? ¿Un regalo para mí? —extendió la mano hacia Ana.
Ella abrió su bolso de golpe y sacó un fajo de billetes:
—¡Tome! Pero no vuelva. Ni a mi casa, ni a la de mis padres. Ya recordé todo. Y ustedes no son nada para mí.
—Anita…
—¡Me llamo Ana!
Corrió a casa ahogada en lágrimas. Al llegar, empezó a temblar, con fiebre. Su madre la encontró llorando.
—Mamá, fui a verla… Lo recordé… los dedos sucios en mi boca… mordí…
—Mi niña…— su madre la abrazó como si fuera pequeña.
Y entonces le contó todo. En el orfanato había dos hermanas: Teresa y Carmen. Las adoptaron juntas. Teresa al principio era cariñosa, pero luego… cambió. Fumaba, robaba, se escapó y regresó embarazada. El padre era desconocido. Sus padres la perdonaron. Carmen, aún estudiante, aceptó cuidar a la bebé. Anita se convirtió en Ana. A Teresa le quitaron la custodia, pero seguía pidiendo dinero a cambio de no interferir.
Desde entonces, Ana fue su hija, por amor y por ley.
Teresa volvió algunas veces. Lloraba. Pedía perdón.
—Anita, mi niña…
—Soy Ana. Lo siento, tía Teresa.
Su madre lo toleraba.
—Es mi hermana. Quizá soy su último hilo de esperanza.
Un día llegó Juan, el de los dedos sucios.
—Teresa está en el hospital. Grave.
Fueron a verla.
—Perdóname, hija —dijo Teresa, pálida pero sobria—. Gracias por vivir. Gracias porque, aunque poco, fuiste mía.
—Todo irá bien. Sigue adelante. Te ayudaremos.
Pero no sobrevivió.
Más tarde, Ana volvió a ver a Juan. Esta vez, sobrio.
—Lo dejé. Gracias a ella… Perdón, Anita…
—Soy Ana.
—Sabes… No soy tu padre, pero sé dónde está. ¿Quieres ver?
La llevó a la tumba de un hombre guapo. Allí, una anciana la abordó.
—¿Eres su hija?
—Creo que sí…
—Soy tu abuela…
Desde entonces, Ana tiene dos tumbas. Y dos vidas: una, de la que escapó, y otra, en la que creció.
Visita a quienes le dieron la vida. Les habla de sí misma. Promete vivir con honor… y cumple su palabra.







