Solo quería ser feliz.

Solamente quería ser feliz

Lucía apartó la manta, giró la almohada húmeda y volvió a acostarse. El fresquito ayudaba un poco, pero el sueño no llegaba. El rumor de los neumáticos de los pocos coches que pasaban a esas horas no dejaba de molestar. Y los pensamientos. Esos eran peores. «¿Adónde irá ese conductor tan tarde? ¿A casa? ¿O huye de alguien, adentrándose en la noche? ¿Quién esperará a ese viajero apresurado?… Maldito calor…»

Lucía suspiró y se levantó. Conocía su piso como la palma de su mano, así que no encendió la luz. En la cocina, se acercó a la ventana. En el edificio de enfrente, dos ventanas seguían iluminadas. «¿Alguien espera a su viajero o llora su partida?»

Las hojas jóvenes de los árboles impedían ver si había alguien asomado al otro lado. Lucía encendió una lamparilla y llenó un vaso con agua del grifo. Apagó la luz y volvió a mirar. Una de las ventanas se había oscurecido. Bebió a pequeños sorbos, notando cómo el frescor del agua se extendía por su cuerpo. El linóleo del suelo enfriaba sus pies descalzos.

Dejó el vaso vacío en el alféizar y regresó al dormitorio. Pero no quiso tumbarse entre las sábanas revueltas y húmedas. Fue al salón y se tendió en el sofá estrecho y duro, apoyando la cabeza en una almohada diminuta rellena de quién sabe qué.

Y entonces, inesperadamente, el sueño la venció…

***

—¡Que se besen! ¡Que se besen! —gritaban los invitados, alzando sus copas de cava.

Alejandro se levantó y, tomando a Lucía de la mano, la atrajo hacia sí. Con los tacones de sus zapatos de novia, casi igualaba su altura, pudiendo mirarlo a los ojos sin alzar la vista como solía hacer. Él la contemplaba con admiración, amor y un deseo indisimulado. Lucía se inclinó hacia adelante, ladeando la cabeza para que el velo ocultara su perfil de los curiosos.

—¡Uno, dos, tres…! —coreaban los invitados entre risas.

Su madre le había enseñado que en el matrimonio todo dependía de la mujer, que debía llevar la casa y ser el sostén del marido. Y así, Lucía se lanzó heroicamente a construir su felicidad.

Al principio, hacían todo juntos: iban al supermercado, cocinaban juntos, riendo y besándose. Hasta que una vez, demasiado entretenidos, casi dejaron que las patatas se quemaran en la sartén. Se amaban. Parecía que sería así para siempre, eternamente jóvenes y felices.

Dos años después, Lucía dio a luz a su hija Carlota. Su madre la ayudó al principio.

—Estoy agotada —se quejaba Lucía de que Alejandro no colaboraba.

—Tu marido trabaja, llega cansado. Es el destino de la mujer: llevar la casa y criar a los hijos —decía su madre—. Tú puedes dormir cuando Carlota lo haga. Pero si él no descansa, ¿qué clase de trabajador será?

Lucía se acostumbró a dormir a trozos, incluso a cerrar los ojos unos minutos en el banco del parque mientras paseaba el cochecito. Cuando Carlota cumplió dos años, la llevó a la guardería y volvió al trabajo.

—Cuando me jubile dentro de cinco años, vuestra hija vendrá a vivir con nosotros, y vosotros podréis tener otro —fantaseaba su madre.

Pero al retomar su profesión, Lucía no quiso ni oír hablar de otro niño. Alejandro tampoco insistió. Así que no hubo más hijos.

—¿Por qué los hombres engañan? Porque ven a la amante siempre arreglada y elegante, mientras que la esposa se permite ir despeinada y con una bata raída —sentenciaba su madre.

Y Lucía se esforzó por que su marido la viera siempre arreglada y maquillada. Se levantaba antes para estar impecable cuando él despertara.

Pero nada salvó su matrimonio. Su hija creció, dejó el nido, y Lucía notó con sorpresa que Alejandro prefería ahora vaqueros y sudaderas en lugar de trajes. Empezó a correr por las mañanas, aunque ya estaba en forma.

—Es la moda —decía—. Hay que estar al día.

Cuando descubrió restos de pintalabios en su camisa, le preguntó directamente por la amante. Sorprendido, él balbuceó antes de confesar y pedirle que lo dejara ir.

—¿Acaso te retengo? Vete. Pero no esperes volver.

Empacó sus cosas sin derramar una lágrima. Alejandro se vistió despacio en el recibidor, fingiendo revisar que no olvidaba nada, pero en realidad lanzándole miradas furtivas, esperando que se aferrara a él, que le suplicara quedarse.

Lucía permaneció en la puerta, con los brazos cruzados. «No lo conseguirás», decía su actitud.

Él se fue. Ella volvió al salón, se tendió en el sofá, hundió la cara en aquella almohada dura y lloró como una loba herida. La vida había perdido todo sentido. Lloró toda la noche. Por la mañana, decidió tomar un puñado de pastillas. Sacó el frasco. Pero, como despedida, llamó a una amiga.

Esta notó algo raro y acudió enseguida.

—Ni se te ocurra hacer una tontería. Imagínate qué trofeo serías para él si mueres por su culpa. Todos pensarían que es tan especial que las mujeres pierden la cabeza por él. No le hagas ese favor.

Y Lucía no tomó las pastillas. Poco a poco, se rehízo, aprendió a vivir sola. Descubrió ventajas en la soledad: dormir hasta tarde, pasear por casa como Dios la trajo al mundo, no maquillarse los fines de semana, no cocinar en exceso. Comió menos, adelgazó, rejuveneció. Con lo ahorrado en comida, se compró ropa nueva. Como se sabe, ir de compras es el mejor consuelo para una mujer.

Luego, su hija le dio un nieto, y Lucía encontró un nuevo propósito. Le encantó ser abuela: cantarle nanas, leerle cuentos, hacer castillos de arena juntos.

A veces fantaseaba con que Alejandro la viera por casualidad y comprendiera de qué se había privado. Imaginaba a su nueva esposa: ¿Le haría gachas por las mañanas o solo tostadas? ¿O sería él quien le llevara el café a la cama? La mente le pintaba escenas donde él, con un delantal de flores, cocinaba o hacía la compra…

El dolor regresaba entonces, agudo. Parecía que él también era feliz sin ella.

Un día, paseando con su nieto, un hombre de su edad se sentó junto a ella en el banco.

—¡Vaya tiempo, eh! Parece verano, y aún es abril. Qué bien juegan los niños. ¿Es su nieto? Se parece. La niña de ahí es mi nieta Laura. Una preciosidad, ¿verdad?

No esperaba respuestas. Solo quería hablar.

—Cuando nacieron mis hijos, mi mujer no me dejaba acercarme, temía que hiciera algo mal. Y yo ni me inmutaba. No noté cómo crecían, cuándo dieron sus primeros pasos, sus primeras palabras. No recuerdo nada. Su vida pasó de largo.

Pero cuando mi hijo y su mujer me dieron una nieta, entendí todo lo que me había perdido. No hay nada más fascinante que verla crecer. Sé más de ella que sus padres —suspiró—. Si pudiera volver atrás, todo sería distinto. No ayudaba en casa. Mi mujer nunca se quejó. Murió hace tres años. Soy viudo —calló, y Lucía pensó en Alejandro.

«¿Y si él también tuvo otro hijo? ¿Lucía tomó aire profundamente, miró hacia el cielo azul y sonrió al sentir la manita cálida de su nieto entre los dedos, comprendiendo al fin que la felicidad no era algo que se busca, sino que se construye con pequeños instantes como este.

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MagistrUm
Solo quería ser feliz.