Sobre las Albóndigas

No sé cómo será para otras mujeres solteras, pero a mí siempre me salen al paso los bichos más raros. Ayer, ya bien entrada la noche, estaba tumbada en la cama, suspirando. Me había empachado de croquetas y de noticias deprimentes, entregada a mi sufrir con todo el ahínco.

De repente, tras el armario, algo empezó a gemir quedito. Una vocecilla fina, lastimera.
«¿Chinches?», pensé. «En París decían que había plaga. ¿Habrán llegado hasta Valladolid? Pobres, estarán agotadas».

Pasados unos minutos, las «chinches» dejaron de aullar y empezaron a rascar el suelo con algo.
«Ahora mismo me levanto y les doy un guantazo», mentí. Ni en sueños podía moverme después de aquel atracón de croquetas. Si me entraban ganas de hacer pis de madrugada, tendría que rodar hasta el baño.

«No hace falta el guantazo», suplicaron educadamente las «chinches».
«¡Hablan!», pensé entre croqueta y croqueta. «Entonces no son chinches. Será el vecino, que se ha vuelto majareta. Aunque, ¿quién no lo está hoy día? Bueno, yo no. A mí no me queda ni locura que perder, pero los demás sufren lo suyo».

Las «chinches» dejaron de rascar, y en la penumbra vi acercarse algo peludo y desgarbado. Como no veo un pimiento, me esforcé por distinguir tres cosas: ¿sería que las croquetas eran el somnífero perfecto y ya estaba soñando? ¿Eran tres orejas o tres cuernos? ¿De dónde salía ese vecino tan alto sin registrar? A los altos los apunto en mi cuadernito, tengo una colección.

«¿Vicente Eulogio?», intenté identificar al desconocido.
«Frío», contestó el espigado, y al momento se dio un batacazo con la lámpara. «¡Ayyyy!».
«¿Quién eres, entonces?».
«Tío Pizpireto», soltó con una risita el larguirucho, extendió hacia mí unas zarpas negras como tizones y dijo: «¡Uuuuuu!».

«Yo también me pintaba las uñas de negro para Halloween. ¿Eso es esmalte de gel o son tuyas?».
«Mías», se ofendió el larguirucho.
«Qué incómodo, con esas garras, para hurgarte la nariz».
«¡No entiendo! ¿No te da miedo?».

Aquí acercó su jeta terrorífica hasta casi rozarme, y vi que sí, tenía tres orejas: dos a los lados y una tercera en la sien, más bien como un chichón enorme.

«Tengo que entregar un libro la semana que viene, y solo llevo tres páginas. Además, la hipoteca y el divorcio. Soy una mujer adulta, perdona. Asústame con lo que quieras: ptosis, papada…».

«Los míos dicen que ni a los cinco años gritabas. Le diste un cacharro en la cabeza a uno, y todavía mira pa’l otro lado».
«¿Y entonces pa’ qué has venido?».
«Se está agusto aquí».
«Es por las croquetas. ¿Quieres?».
«Sí».
«Pues vete tú, que yo no me levanto».

El visitante de jeta siniestra se esfumó como una sombra hacia la cocina y volvió con té (¡en mi taza favorita, nada menos!), croquetas y bocadillos. Y en el morro traía una manzana. Igual que yo, pero con más pelo.

«¿Ejá?», me alargó el plato.
«¿Qué?».
«Que si quieres. Toma, he cogido mucho».
«Encantada, pero no me cabe ni un alfiler».
«Y eso que pareces una mujer espaciosa, como una boa con gafas».
«Gracias por el piropo. Échate aquí».

Me aparté un poco y estuvimos un rato juntos, quietos. Era agradable. Noche, ruido de masticar, olor a croquetas. ¿Qué más se necesita para calmar el cuerpo y el alma?

«¿Por qué no bajas a lo de la vecina del tercero? Es mayor, no pide mucho».
«Ayer estuve. Me tiró un taburete».
«Ah, con razón lo del chichón».
«Eso».

Y seguimos media horita más, cada uno suspirando por sus cosas.

Igual me apunto con ellos. Mola eso de ir de casa en casa asustando a la gente y zamparse croquetas a costa ajena. Aunque habría que llevar algo resistente en la cabeza. Una cazuela, por ejemplo.

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