**Sin Aliento**
Lucía giró lentamente la llave en la cerradura y entró con cuidado en el piso. Por más que intentó cerrar la puerta sin hacer ruido, el pestillo resonó con un chasquido seco. Sin encender la luz, se desvistió y, de puntillas, avanzó hacia la puerta de su habitación… El clic del interruptor a sus espaldas sonó en el silencio como un disparo.
—Lucía, ¿dónde has estado? ¿Por qué tan tarde? Llamé a Sandra. Me mentiste —la voz de su madre cortó el aire.
La joven se detuvo en seco, respiró hondo y se volvió.
—¿Tú por qué no estás durmiendo? —replicó.
—¿Cómo quieres que duerma si no estás en casa? Estaba preocupada —su madre la observaba con ansiedad, las arrugas bajo sus ojos acentuadas por la luz del techo.
—Ya soy mayor, mamá. Déjame vivir —respondió Lucía, molesta.
—Sí, sí, mayor… —Su madre agitó la mano y se dirigió a su cuarto, pero dejó la puerta entreabierta.
Lucía dudó un instante y la siguió, sentándose junto a ella en el sofá.
—Mamá, perdona. Se me pasó la hora.
Su madre estaba pálida, el cansancio grabado en su rostro. Las arrugas y las ojeras parecían más profundas bajo la luz cruda.
—No estaba sola. Estaba con David. Fuimos al cine y luego dimos un paseo. No tienes que preocuparte.
—¿Con David?
—Sí. Lo conocí hace dos semanas. Es… interesante, sabe un montón de cosas —una sonrisa asomó a los labios de Lucía, sus ojos se perdieron en algún recuerdo antes de apoyar la cabeza en el hombro de su madre.
—¿O sea que la otra vez también estabas con él, no con Sandra?
—Perdón.
—Lo entiendo, pero ¿por qué no me lo dijiste? ¿Estudia en la universidad contigo?
—Ya terminó la carrera, trabaja —contestó Lucía con rapidez.
—¿Entonces es mayor que tú? Ay, hija… —su madre suspiró, y Lucía levantó la cabeza, lista para defenderse, pero su madre la adelantó—. ¿Me lo presentarás?
—Claro. Te va a encantar.
—No me di cuenta de cuándo creciste —su madre la miró con tristeza—. Es tarde, vete a dormir.
—Buenas noches, mami —Lucía le dio un beso en la mejilla y se fue a su habitación.
Se metió en la cama y clavó la mirada en el techo, repasando cada palabra, cada beso, cada promesa…
Cuando despertó, su madre ya había salido a trabajar. Lucía se lavó la cara, desayunó lo que había dejado preparado y cogió el móvil.
—Hola, ¿ya estás en el trabajo? —preguntó con entusiasmo.
—Sí —la respuesta de David fue cortante.
—¿Te molesto? —el tono frío la alertó.
—Sí. Te llamo más tarde —colgó sin más.
—¿”Te llamo”? —Lucía miró la pantalla, confundida, hasta que se apagó.
«Estará con alguien», pensó, intentando convencerse. Esperó su llamada, hojeó un libro sin retener una palabra, encendió la tele sin interés. Al final, llamó a Sandra y quedaron para dar una vuelta.
Mientras comían helado, Lucía le contó eufórica que estaba enamorada. Entonces sonó el teléfono.
—Perdona, Cigüeñita, llamaste en mal momento. Estaba ocupado. ¿Quedamos esta tarde?
—Sí —respondió, ilusionada.
—Mamá quiere conocerte —le soltó a David cuando se vieron.
—¿Le hablaste de nosotros? —Él se tensó—. ¿No le molesta que salgamos?
—¿Y por qué iba a molestarle?
—No llevamos tanto tiempo… Conocer a los padres implica algo serio.
—¿Acaso esto no lo es? —Lucía frunció el ceño.
—Para mí sí —la abrazó con fuerza, ocultando su rostro—. Es solo que tu madre me someterá a un interrogatorio.
—¿Cuántas veces has conocido a padres de otras? Confiésate —le dio un codazo juguetón.
—Un par.
—¿Pero no tienes nada que esconder, verdad? ¿O tienes un cuarto secreto donde guardas a tus ex? —se rió—. ¿Estás casado?
—No, claro. ¿De dónde sacas eso?
—Bueno, ¿adónde vamos? —cambió de tema.
—No tengo mucho tiempo. Mi madre quiere que vuelva pronto. ¿Paseamos? —David la besó con intensidad, y Lucía sintió que el mundo giraba. Cualquier duda se desvaneció.
Caminaron abrazados, él susurrándole que no podía dormir sin ella, que nunca había sentido algo así. Prometió que, cuando su madre mejorara, la llevaría a casa. Desde la muerte de su padre, su madre se ponía nerviosa con las llamadas, por eso apagaba el móvil…
Lucía lo escuchó, imaginando su vida juntos. Las flores, los besos al llegar del trabajo… Eso bastaba para que su corazón latiera con fuerza.
—¿Vendrás el sábado? —preguntó al despedirse—. Mamá hará su tarta de chocolate.
David respondió con otro beso.
El sábado, llamó para cancelar: su madre estaba mal, había venido una ambulancia…
Lucía se entristeció.
—No importa. Es bueno que sea un hijo atento. Así será buen marido —dijo su madre, sirviendo la tarta.
Lucía comió sin ganas, luego vagó por la casa sin rumbo. Esperaba pasar el día con él, pero Sandra estaba fuera.
Siguiendo el consejo de su madre, salió a caminar. El verano agonizaba, el aire olía a cambio. Compró un helado y, al alzar la vista, lo vio. Empujando un carrito, junto a una mujer rubia y sonriente. Lucía se escondió tras un árbol.
Cuando se marcharon, el helado se derretía en sus manos. Lo tiró a la basura. Volvió a casa con lágrimas ahogadas. «Si no es su mujer, ¿quién es?»
—¡Mira por dónde vas! —la regañó una desconocida.
Lucía no respondió. Intentó llamar a David, pero su móvil estaba apagado.
—¿Qué pasa? Estás pálida —su madre la miró con preocupación al ver su expresión.
—Nada, estoy cansada —se encerró en su habitación.
Más tarde, su madre entró y se sentó en la cama. Lucía yacía abrazándose a sí misma.
—¿Qué te pasa, hija? ¿Él te hizo algo?
Lucía giró la cabeza hacia la pared. Su madre suspiró y salió. Cada vez hablaban menos.
Al día siguiente, David llamó, animado.
—Te echo de menos. Tengo una sorpresa —dijo misterioso.
Lucía quiso reprocharle lo de la mujer, pero la curiosidad pudo más.
—¿Cuál?
—Lo descubrirás. A las cinco, en nuestro sitio.
Se vistió con esmero, eligió una falda y una blusa ligera.
—Estás preciosa —David la admiró. Bajo su mirada, las dudas se esfumaron.
—¿Y la sorpresa?
—Paciencia —la guió por callejones hasta un edificio viejo. Subieron al tercer piso.
—¿VivPero cuando Lucía entró, la rubia del parque estaba allí, sosteniendo a un bebé, y su mundo se desmoronó en un instante, comprendiendo demasiado tarde que todo había sido una mentira.





