Simplemente seguir adelante

Simplemente seguir viviendo

Marina, una niña pizpireta con dos coletas rebeldes, corría de un lado a otro por la enorme y soleada terraza del chalet familiar en las afueras de Ávila. Sus ojos brillaban como si acabara de atrapar la estrella más luminosa del firmamento, y sus mofletes lucían sonrosados tras horas de juegos y carreras. Al ver que el amigo mayor de su hermano se encaminaba, sin prisas, hacia la cancela del jardín, Marina frenó de golpe, jadeando, y salió disparada tras él.

Ni se lo pensó dos veces: se colgó de su brazo con sus manitas cálidas y, levantando su rostro para mirarle desde abajo, soltó una risotada chispeante y llena de intención:

¡No te voy a soltar nunca! ¡Cuando sea mayor, me caso contigo! ¡Espérame, Alfonso!

El chico se quedó paralizado unos segundos, con las cejas arqueadas con sorpresa; luego, fue abriéndosele una sonrisa plácida y bonachona, mezcla de ternura y ese desconcierto que sólo pueden dar las confesiones infantiles. Con voz pausada y un punto burlón, le contestó:

Pues claro que te espero.

Mientras lo decía, le despeinó suave las coletas con una palmada cariñosa y provocó aún más desbarajuste en su ya indomable melena. Marina se encogió de hombros, pero volvió a reír, sin soltar su presa.

Eso sí prosiguió Alfonso, inclinándose hasta que sus narices casi se rozaban. Tú estudia mucho y haz caso a tus padres, ¿eh? Para que merezcas el título de prometida mía.

No sonaba a regañina, sino más bien al tono cómplice y pecoso de los mayores que se permiten mimar a los niños más allá de toda lógica. Marina pareció meditarlo unos instantes, como si el asunto de casarse mereciese la máxima seriedad, y después asintió con tanta energía que casi le da un latigazo a las coletas:

¡Vale! ¡Seré la mejor!

El aire olía a verano y a sueños ingenuos; era ese día en el que cualquier cosa se siente posible, y la felicidad es tan sencilla como perseguir a quien quieres por una terraza llena de luz.

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Marina hojeaba distraídamente su libro de matemáticas en su cuarto, mientras la tarde caía y la casa entera se sumía en un silencio poco común; sólo se colaban, desde el pasillo, los murmullos amortiguados de la voz de su hermano Lucas, que hablaba por el móvil con inusitado entusiasmo.

La joven, sin quererlo, afinó el oído. Cuando escuchó el nombre de Alfonso, notó un revoltijo extraño en la tripa. De inmediato se pegó a la puerta, con la agilidad de un ninja que espía secretos de Estado. Lucas contaba algo de una quedada, de un café, de cómo ella sonreía No había duda: hablaban de la nueva novia de Alfonso.

Antes de poder pensarlo, Marina tomó una decisión poco digna de Sherlock Holmes y se pegó a la puerta de su hermano, ansiosa por no perder ninguna palabra. Sentía un pinchazo incómodo en el pecho, pero apartó la sensación a manotazos, casi literalmente. Quizá no están hablando de lo que pienso, se repitió como un mantra absurdo.

Al terminar la llamada, Lucas salió al pasillo y pilló a la hermana justo en su labor de espionaje.

¿Alfonso tiene novia nueva? saltó ella sin rodeos, intentando sonar casual pese a la voz quebrada.

Lucas apoyó el hombro en el marco de la puerta y puso cara de resignación absoluta.

¿Otra vez con lo mismo? giró los ojos, como quien lidia con una telenovela interminable. Marina, tienes dieciséis años. Ya va siendo hora de superar ese flechazo, ¿no? ¡Si es que sólo fue un capricho infantil!

Pero su hermana levantó la barbilla como una estatua: había fuego en su mirada de terca castellana. Cruzó los brazos, como diciendo me lo dices tú, y replicó desafiante:

¡Jamás! negó con tal vehemencia que su melena dorada casi salta por los aires. No tienes ni idea, Lucas. Me va a querer, ¡ya verás! Esto no es un capricho, es de verdad.

Sonó tan seria que hasta ella se lo creyó un poco más. Recuerdos de miradas fugaces de Alfonso, alguna sonrisa lanzada al vuelo, un roce fortuito: lo atesoraba todo en su corazón, construyendo esperanzas minúsculas como castillos en el cielo.

El hermano no supo qué decir. La conocía demasiado bien para intentar convencerla; ya no era un encaprichamiento, era una columna de su mundo.

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Un rayo de sol se coló por la cortina y bañó de oro la habitación. Marina entró en el salón como si acabaran de decir su nombre por megafonía. Era todo luz y alegría, los ojos chisporroteando de emoción y una sonrisa tan amplia que parecía a punto de tragarse la cara entera.

No le dio tiempo ni a respirar tras subir las escaleras. Se abalanzó sobre Lucas, que leía el periódico con su café de rigor.

¡Me ha pedido salir! gritó Marina, tan eufórica que los puños se le apretaban solos. ¿Te lo puedes creer? ¡Me ha regalado una cajita preciosa por mi cumpleaños y ha dicho que, como ya soy mayor de edad, podía confesar que siempre le he gustado! ¡Alfonso me quiere!

Saltaba de contenta, pasando una mano nerviosa por el pelo, como si le preocupara que la alegría la despeinara más de la cuenta. El aire mismo parecía zumbón y cristalino a su alrededor.

Lucas bajó la taza y sonrió de oreja a oreja, como si por fin hubiera cerrado el círculo. Hacía meses que sospechaba que Alfonso tenía mariposas propias: preguntas ocasionales sobre los fines de semana de ella, qué flores prefería o si le gustaba aquel grupo de música, como si todo el universo se redujera a los gustos de Marina.

Es tan guapa le escuchó suspirar más de una vez Alfonso, soñador, tan lista, tan buena Ojalá cumpliera ya los dieciocho. Tú no tendrás problema en que salgamos, ¿no?

Lucas siempre respondía lo mismo: Si ella es feliz, yo también. Alfonso era fiable y sensato, y el hermano confiaba plenamente en él. Y, viendo ahora a Marina, le quedó claro que era una elección fantástica.

Enhorabuena, peque dijo Lucas, abrazando a su hermana. Me alegro mucho por los dos, de verdad.

Marina se apretó a su hermano, intentando convencerse de que aquello no era un sueño. En ese momento, el mundo le parecía más amable que nunca. De fondo, como acompañamiento discreto, sonaba el ronroneo satisfecho del gato, que dormía al sol sobre la ventana

*******************

Marina estaba sentada en un incómodo banco, en el frío pasillo del hospital provincial de Salamanca. Las paredes, de un color indefinido entre beis y tristeza, se veían aún más lúgubres bajo la luz escasa. Sus manos reposaban inertes en el regazo y el pelo, normalmente recogido, caía en cascada descuidada sobre sus hombros.

Parecía una muñeca rota. En su mente, daban vueltas los últimos recuerdos de Alfonso: la tarde anterior, los dos dibujaban bocetos para decorar el salón de bodas; debatían qué lazo pegarle al tul blanco. Él se reía, hacía bromas, prometía que todo saldría perfecto Y ahora Alfonso ya no estaba.

Fue tan repentino, tan absurdo Un conductor perdió el control y, en un visto y no visto, tres coches quedaron reducidos a chatarra. No sobrevivió nadie. Ni Alfonso, ni los otros ocupantes, ni siquiera el culpable del accidente. Un segundo bastó para triturar su futuro como un cristal.

El silencio del hospital se quebró con pasos remolones. Lucas apareció, con cara demacrada y los ojos hinchados. Se sentó junto a ella, tembloroso, esforzándose por sostenerse por ella.

¿Marina? susurró, como si temiera romper el frágil equilibro de su hermana. Mar, háblame, anda.

Ella le miró despacio, con los ojos secos pero llenos de tormenta. Su voz, cuando salió, ni siquiera parecía suya:

¿De qué? dijo ausente, las palabras rodando como piedras.

Lucas tragó saliva, buscando consuelo que no sonase a tópico.

De lo que sea Descarga, grita si hace falta, pero no te lo guardes.

Marina negó con la cabeza, gélida.

No puedo. No me quedan fuerzas. Tampoco ganas de vivir y encogió los hombros, rematando cada sílaba con esa resignación cortante de quien ya ni siente el vacío.

Esas palabras quedaron suspendidas, pesadas, como si hundieran el aire. Lucas cerró los ojos, apretando la mandíbula. Sabía que tenía que ser fuerte para ella, aunque por dentro todo se desmoronase.

Después, fue como si Marina se apagara por completo. Ni respondía ni mostraba interés por nada; los médicos pasaban, intentaban arrancarle una palabra, pero ni caso. Marina ya no existía para esa realidad de camillas y gritos, sólo para su propio dolor sordo.

Alguien del personal sugirió una inyección para ayudarla a dormir. Notó el pinchazo y pronto flotó en un sueño turbio, denso como la niebla en una noche de invierno castellana.

Despertó, por fin, en su propia habitación, rodeada de cortinas de rayas azuladas y la foto de Alfonso enmarcada en la mesilla. Allí estaba Lucas, acurrucado en el sofá sin afeitar y con las mejillas encendidas. Hablaba bajito por teléfono con su madre, que acababa de llegar de un viaje por trabajo:

Estoy asustado por ella susurraba él. Siempre se volvía loca por Alfonso, desde pequeñita ¿Y ahora qué va a hacer?

El tiempo todo lo cura respondía la madre, aunque ni ella se lo creía. Pero no la dejaremos sola, Lucas.

Marina oyó todo, pero se quedó inmóvil, fingiendo dormir. Por dentro sentía que le habían arrancado todo lo que la hacía humana. Cerró los ojos, incapaz de responder a tanto cariño, porque la pena se escondía tras la noche y no hacía sino hacerse más honda.

Lucas la veló un rato y luego salió. Su madre se sentó en una silla, pasándole la mano por encima como para prestarle fuerzas. El cuarto se llenó de un silencio tan espeso que ni los relojes se atrevían a interrumpirlo.

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Nueve días. Cuarenta días. El tiempo era una sopa espesa que le pegaba cada segundo a la piel. Marina apenas salía de la repisa de la ventana, con las piernas hechas un ovillo, contemplando el patio sin ver nada.

A veces se fijaba en el banco de madera bajo el gran plátano. Allí fue donde Alfonso, con gesto nervioso y el anillo torcido en los dedos, le pidió matrimonio una tarde de septiembre. Recordaba el temblor en sus manos, el titubeo antes de lanzar la pregunta, su propio sí prematuro, todavía entre risas. Ahora, el banco era sólo un trozo de madera mojada; el jardín, un simple decorado deshabitado.

¿Marina, quieres comer algo? susurraba la madre, entrando de puntillas, temblando casi más que su hija.

Ella no respondía o murmuraba un no quiero, como si hablar fuera demasiado esfuerzo.

Marina, hay que comer.

¿Para qué? Ya no le debo nada a nadie.

La madre se quedaba quieta, como si esas palabras la partieran en dos. Luego suspiraba, se encogía y se iba, derrotada. Su hijo la esperaba en el pasillo, también con la sombra a cuestas.

He hablado con la doctora García decía Lucas en voz baja. Necesitamos ayuda profesional. A solas, no lo conseguiremos.

Ella asentía. Ninguno encontraba el modo de ayudar. Marina era ya más espectro que hermana.

Por la noche, cuando hasta la luna parecía triste, Marina se forzó a levantarse de la ventana. Sus piernas apenas la sostenían. Llegó a la cama, se tumbó y cerró los ojos, rogando dormir sin pensar. Pero el sueño trajo de vuelta a Alfonso.

Allí estaba, idéntico y diferente: sonrisa cálida, sudadera gris, pero un gesto serio que nunca había tenido.

Marina le habló alto y claro, como si estuviera tras la puerta. Mírate. ¿Qué te estás haciendo?

Ella quiso lanzar una queja, pero la voz se le atascaba. Él insistió, serio:

¿Te has visto? Así no eres tú. No te puedes abandonar, Mar. Tienes que vivir. ¿Me oyes? Vivir.

Ella intentó tocarlo, pero sólo abrazó aire. El dolor le brotó en lágrimas calientes.

Sin ti no puedo susurró.

Claro que sí. Siempre has sido la fuerte. Yo estaré aquí arriba y señalaba, riendo, a las estrellas. Llámame si me necesitas. Pero tú, sigue adelante. Por favor.

Él se fue desdibujando, cada vez más lejano.

¡No te vayas! gritó ella, pero ya era tarde.

Sólo quedó un murmullo: Vive, Marina. Prométemelo.

Ella se despertó de golpe, sola en la oscuridad, con la almohada empapada de llanto. Por primera vez en semanas, gritóun grito roto, que llenó la casa. Enseguida entraron la madre y Lucas.

¿Qué te duele, hija? preguntó la madre, apretándole la mano.

¿Te has hecho daño? insistía Lucas, a punto de llamar a Urgencias.

Marina solo lloraba. Entre sollozos, lo único que pudo balbucear fue:

Lo prometo

La madre la abrazó como cuando era pequeña, y su hermano puso la mano en su hombro. No encontraron palabras. Ni hacía falta.

Marina, acurrucada en los brazos de los suyos, empeza a preguntarse: ¿y ahora qué? ¿Cómo se respira, cómo se sonríe, cómo se vive sin Alfonso? No tenía idea. Pero algo diminuto y tierno le murmuraba que debía intentarlo. Por él.

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En una lluviosa tarde de domingo, la familia se reunió en el salón. La tetera humeaba, pero nadie se atrevía a probar el té. Todos sabían que debían tomar una decisión.

Quizá deberíamos mudarnos dijo Lucas, mirando de reojo a su hermana. Cada rincón de este piso son recuerdos. Cada paso, una punzada.

Marina escuchaba sentada en un sillón, acurrucada en sí misma. No discutía, no protestaba. Simplemente miraba cómo las gotas escurrían por la ventana.

Quizá en otra ciudad sea más fácil añadió la madre, acariciando la mano de su hija. Gente nueva, calles nuevas… a lo mejor así es más llevadero empezar de cero.

Marina, con voz baja, preguntó:

¿Y adónde?

A Valladolid dijo Lucas. Tengo un colega en una empresa que me ofrece trabajo allí, y podemos alquilar un piso.

Y a ti te buscaremos instituto remató la madre. Juntos, nos las apañaremos para que estés mejor.

Marina dejó que su mente viajara: imágenes de Alfonso, de sus paseos, de los brazos enlazados, de la plaza del pueblo a la salida del colegio Todo esto dolía, seguía doliendo. Pero supo que, si se quedaban, la herida nunca cerraría.

Vale. Nos mudamos.

Era poco, pero era algo: una rendija por la que se colaba el aire fresco. La primera decisión suya en mucho tiempo.

Las semanas siguientes fueron caóticas: cajas, discusiones sobre qué llevar, viejos recuerdos que pesaban cien kilos. Marina sólo miraba cómo todo desaparecía en un ir y venir de mudanza, recogiendo de vez en cuando alguna reliquia de Alfonsoaquella entrada de cine, una fotografía torcida, el llavero con su inicialy guardándola como si fuera un amuleto prohibido.

El último día salió al balcón y echó un último vistazo al barrio donde empezó todo. Dolía, sí. Pero, por alguna razón, también liberaba.

La nueva ciudad, Valladolid, los recibió con un cielo plomizo y prisas urbanas. El piso era luminoso, la calle llena de caras desconocidas. Marina tardó tiempo en reconocer algo propio en aquellos edificios grises. No era fácil.

Las primeras semanas fueron aún más difíciles. Soñaba casi cada noche con Alfonso, que le sonreía entre luces difusas, diciéndole que no se rindiera. Lloraba en silencio, convencida de que nunca podrían entenderla.

Pero poco a poco, empezó a ver cosas. El bar donde el camarero la saludó dos veces. El parque con narcisos. El aroma a café en el portal de al lado.

Empezó a ir a clases, a ayudar en casa, incluso a dar paseos por la ciudad con Lucas. Cada día era una batalla, pero también un pequeño triunfo.

Y, en el fondo, Marina estaba convencida: Alfonso la seguía mirando, desde dónde fuera.

Y estaría orgulloso.

Porque ella seguía viva.

Porque seguía adelante.

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MagistrUm
Simplemente seguir adelante