La grieta de la confianza

Grieta en la confianza

¡Doña Carmela, está usted en casa? ¡Soy yo, Charo, la del tercero! Me han sobrado unas empanadillas recién hechas… Y venía a consultarle una cosita, ¿no me abre?

Carmela se quedó petrificada junto a la ventana, con la taza de té helado entre las manos. Fuera, el patio de la comunidad, alfombrado de hojas ocres por noviembre, era mecido por el viento entre los bloques grises de viviendas. Los pocos vecinos apretaban el paso, enfundados en abrigos, rumbo a quién sabe dónde. Carmela ya estaba acostumbrada al silencio. Al sonido del reloj en la pared, el murmullo del frigorífico, el crujido de la tarima bajo sus zapatillas. Y, sobre todo, a que ya nadie llamaba a la puerta.

¡Que sí, que le veo la luz desde afuera! insistía Charo al otro lado. No se esconda, doña Carmela, que no muerdo…

El timbre de voz tenía esa alegría inquebrantable de quien nunca acepta un no, y Carmela, con resignación, dejó la taza en el alfeizar y fue lentamente hasta el recibidor. Miró por la mirilla. Allí estaba Charo, con una bolsa de plástico y una sonrisa tan ancha como la Gran Vía, pelo zanahoria recogido a la coleta y pinta de haberse puesto lo primero que pilló.

Pero mujer, parece usted una reclusaseguía Charo. Ábrame, que aquí me pelo de frío…

Carmela quitó la cadena y, en cuanto giró el pestillo, Charo irrumpió como un vendaval de primavera, trayendo consigo aroma a colonia barata, aire fresco y un olorcillo a sartén tan familiar.

¡Tome, que le traigo empanadillas, de carne y de pisto, aún calientes! Que seguro que con lo flaca que se ha quedado, ni cena hace. Y en la tienda del barrio hay chismorreo nuevo…

No, de verdad, Charo, no hacía falta…

Pero mujer, qué le cuesta. A mí me sobra alegría para regalar. Usted coma, coma sin miedo. Y hágase un té bien cargado, que la veo con un color de índice Nikkei en crisis.

Sin pedir permiso, Charo cruzó hasta la cocina, encendió el hervidor, abrió armarios buscando tazas y se acomodó como si estuviera en su propia casa. Carmela no movía un músculo; después de tanto tiempo sola, convivir con otra persona le parecía tan insólito como tener un lagarto en el microondas.

Siéntese, andaordenó Charo. Y cuénteme cómo le va. Que la soledad, Carmela, eso sí que es veneno. Mire mi tía Almu, desde que se murió el Tito Manolo, que parecía el Banco de España, ni reía ni nada.

Carmela obedeció. Las empanadillas olían que alimentaban solo de olerlas. Pero ella hacía meses que no pisaba fogones, que para sí misma, ni ganas.

No piense que soy cotilla, ¿eh? dijo Charo, embolsándose cuatro cucharadas de azúcar. Pero si veo a alguien triste, no puedo mirar a otro lado. Es mi cruz, a mi Rafa le da la risa, madre, que te ocupas de todos menos de ti, dice. Pero bueno, es lo que hay.

Charo no se callaba ni debajo del agua. Se deshacía en tics, chascarrillos y aspavientos, y Carmela, a pesar de sí misma, sentía cómo una parte de ella, oxidada por la ausencia, empezaba a desentumecerse. ¿Desde cuándo no charlaba así, en una cocina, con alguien delante? Su hija Carmen llamaba de uvas a peras, y la conversación apenas duraba: ¿Qué tal mamá? Bien, hija. ¿Necesitas algo? No, cariño. Bueno, un beso, luego te llamo. Siete días de silencio después.

Le tengo que llevar un día con las chicas al bar de la esquina, La Canasta insistió Charo, acercando la silla y mirándola con una ternura desbordante. Nos juntamos a merendar, a contarnos las penas, ríase usted de Sálvame. Venga, anímese y venga un día, mujer.

No sé, Charo… yo no soy muy de eso…

¡Qué no, ni qué no! Mañana a las tres la recojo y no me lleva la contraria, que hay que ventilarse, no estar encerrada como si la vida fuera un capítulo de El Ministerio del Tiempo. Mire que lo digo yo por su bien. De la soledad vienen todos los males.

Carmela asintió sin fuerzas para discutir. Charo terminó el té, dió un vistazo a la cocina.

¡Qué bonito le ha quedado todo aquí! ¿Ese juego de café es de La Cartuja? fue directa al mueble bar, donde relucía un antiguo servicio de porcelana con fino filo dorado. ¡Esto es una joya, cuídelo como oro en paño!

Me lo regaló Antonio, para las bodas de plata susurró Carmela.

¡Vaya, qué detallazo! Atesórelo. Bueno, me voy que tengo escalera por delante. Cómaselo todo, ¿eh? Y mañana, a las tres, ni un minuto más.

Charo se marchó tan deprisa como había venido. Carmela se quedó mirando el paquete de empanadillas, las tazas, el rastro de pintalabios en el vaso. El silencio volvió, pero era un silencio menos asfixiante. Menos hueco.

***

Y así empezó todo. Charo pasó a venir casi a diario, ya fuese por la mañana o tarde, siempre con una excusa bajo el brazo: que si le falta sal, que si tiene un problema técnico con la lavadora, o simplemente para traer algún postre. Metió a Carmela en charlas, en paseos, en meriendas en La Canasta junto con otras tres jubiladas, todas más ruidosas que una peña del Atleti, que despellejaban vecinos y precios con el mismo entusiasmo.

Al principio, Carmela sentía que no encajaba. Aquellas mujeres eran muy de aquí, echaban pullas, bromeaban de cosas que ella jamás habría tratado con esa sorna, y utilizaban expresiones que la sonrojaban. Pero Charo la apadrinaba, le cogía del brazo, le presentaba diciendo: Esta es Carmela, una señora de las auténticas, fue maestra. Y sonaba casi como si anunciara el regreso de una duquesa.

Poco a poco, Carmela se dejó arrastrar. Empezó a esperar la llegada de Charo, a arreglarse un poco más, a encontrar cierto sabor nuevo en esas meriendas baratas con café en vaso de plástico y risas atronadoras. De sus antiguas amistades, de los paseos por la Gran Vía con Antonio, de las tardes en el teatro, solo quedaban restos dispersos. Cada cual por su lado, o enfermos, o directamente poco disponibles. Ahora, lo que había era eso: La Canasta, el café aguado, charlas sobre cualquier tontería, pero mejor eso que el eco de la nevera.

Carmela, ¿sigue teniendo ese broche tan bonito que llevó la otra vez? preguntó Charo una tarde acompañando las galletas María. Me encantó, ¿es ámbar?

Sí, era de mi madre.

¡Ay, déjeme verlo! ¡Me apasionan las reliquias! ¿Puedo enseñárselo a mi hija Belén? Sale de la carrera en nada y sueña con lucir algo vintage en la graduación… ¿Me deja enseñárselo y se lo devuelvo? Palabra de honor.

Carmela dudó. Tenía a ese broche tanto cariño como miedo a perderlo. Pero Charo se lo pedía con esa cara de niña que ha visto una tarta detrás del escaparate, y no supo decir que no.

Bueno… pero con mucho cuidado, Charo, de verdad.

Como si fuera el Santo Grial, Carmela. ¡Mil gracias, es usted un sol!

Una semana después no había rastro del broche. Carmela lo insinuaba, con algo de rubor, y Charo salía por peteneras: ¡Belén aún no ha decidido si se lo pone! Otro poquito y te lo traigo, te lo juro. Pasaron dos semanas. Luego Charo explicó que, ay, Belén lo perdió, pero que lo estaba buscando, que no sufriera.

Carmela sufría. Daba vueltas en la cama, repasando una y otra vez dónde había fallado Se culpaba, hasta que un día intentó hablarlo en serio y Charo montó en cólera.

¿Me está diciendo que miento? le espetó Charo. ¿Yo, que venía cada día, que casi le levanto la moral cuando parecía una exiliada del mundo? Vaya forma de pagar la compañía.

No, Charo, no quería decir eso… solo que era muy importante para mí…

Ya, ya, encontraremos el broche, palabrita. Ni se agobie.

Así que Carmela se esforzó por no agobiarse. Charo volvió con sus empanadillas y sus paseos, pero cada cierto tiempo, una nueva petición.

Carmela, ¿podrías prestarme incluso unos cien euros hasta la pensión? Que si no, no puedo comprar los medicamentos para Rafa, que está malísimo, y en nada te lo devuelvo, palabra de honor.

Carmela cedía. Porque Charo era su amiga, casi su hermana, la única que la visitaba, que se interesaba por su vida. Ciento cincuenta euros. Doscientos. El dinero nunca volvía a su cuenta, y cuando Carmela se animaba a recordarlo, Charo ponía cara de perro apaleado.

Yo pensaba que entre amigas no hay deudas suspiraba Charo. Menuda decepción, lo mío es cariño y lo suyo lo suyo, pura cuenta de resultados.

***

Carmen, la hija, llamó un miércoles por la noche. Carmela estaba entre el documental de la 2 y los anuncios del tele-tienda, más por no pensar que por interés real.

Hola, mamá, ¿cómo vas?

Bien, hija, bien, ¿y tú?

Mucho lío en el bufete. Oye, mamá, pensaba que igual podrías venirte el finde. Samuel pregunta mucho por ti, y yo tengo ganas de que vengas y de probar tu pisto…

Uy, no sé, Carmen. Tengo cosas que hacer…

¿Qué cosas, mamá? Si tú nunca sales.

Mujer, tampoco es eso. Salgo con mi amiga Charo, vamos de tiendas, al café… Te parece mentira, pero no llevo tan mala vida de viuda mustia.

¿Charo? ¿Qué Charo?

¡La del tercero! Un encanto, Carmen. Se preocupa por mí más que nadie.

Hubo un largo silencio al otro lado.

Bueno, mamá. Vale, dale recuerdos. Pero cuida tus cosas, ¿vale? Y a ver si nos vemos pronto. Te quiero, ¿eh?

Sí, sí… igual.

Colgó con un amargo sabor en la boca. Parecía que ni a su propia hija le hacía gracia que tuviera vida propia. Seguramente preferían que fuese un mueble más del trastero Egoísmo, pensó.

Al día siguiente, propuesta relámpago de Charo.

Carmela, no sabe lo que me ha salido: ¡una oferta para el balneario en Alhama! Silla de ruedas, spa, buffet libre Mi compi de toda la vida dice que, descontado, nos sale por 500 euros. Yo la acompaño, juntamos los dineros y nos vamos un par de semanas a sanear hasta los genes, ¿qué me dice?

Carmela llevaba tiempo sin viajar a nada que no fuera la revisión del centro médico. Antonio había sido su escudo contra el mundo, y sin él, el mundo ahora le intimidaba.

Eso tiene que ser carísimo…

¡Qué va! Si a usted le quedan ahorros. Le acompaño al banco, que los cajeros le tienen manía y a la ventanilla me hacen caso seguro.

Y así fue: paseíto por la zona, banco-respirador, y Carmela se despidió de 500 euros, confiándoselos a Charo, que trincó los billetes con la celeridad de una liguilla de mus.

Mi amiga la de recepción me hará la factura y la traigo en cuanto la tenga, ¡seguro!

La factura, por supuesto, nunca llegó. Que si el sistema, que si no estaba aún procesada, que si la informática es lo que tiene Carmela empezó a ponerse nerviosa, pero no tenía valor para presionar.

Y, por si fuera poco, nuevo antojo de Charo:

Carmela, ¿y si me presta el juego de café para la boda de Belén? No tenemos unas tazas decentes para los invitados y esto lo devuelve mi hija más reluciente.

Carmela sintió que el suelo temblaba. El servicio de porcelana era el alma de la casa, lo único que todavía olía a Antonio. Pero la sola idea de perder a Charo, de volver a la soledad helada, la desarmó.

Tómelo, Charo. Pero por favor, con mucho cuidado…

Por usted, Carmela, por usted.

***

Marina, su nuera, la llamó tres semanas después, con voz nerviosa.

Hola, Carmela, soy yo, Marina ¿me puede explicar por qué han desaparecido 500 euros de su cuenta?

¿Eso a qué viene ahora?

Carmen mira los movimientos por si le intentan estafar, ¡ya sabe cómo está esto! Solo queríamos ayudar… ¿Qué los ha hecho?

Mis cosas, Marina, mis cosas. ¡No soy una incapaz!

Lo sabemos, pero es que nos inquieta Charo, esa vecina ya le han contado los bancos que se ha aprovechado de una señora del primero…

¡Basta ya!saltó Carmela. Charo es mi amiga, la única que se ocupa de mí.

Pero, Carmela… nosotros hacemos lo que podemos, estamos hasta arriba, el metro, el trabajo, los niños…

No hace falta que se justifique. Buenas tardes, Marina, estoy ocupada.

Colgó tiritando. Era injusta, lo sabía, sabía bien que Carmen y Marina se partían el lomo. Pero algo en su interior ardía: necesitaba defender a Charo, aunque fuera solo por no admitir la humillación de haber caído.

Charo volvió esa tarde con otra solicitud pintoresca:

¿Me presta otros cien, Carmela? Rafa se resbaló y me tienen seca Solo hasta pasado mañana.

Carmela sentía que su voluntad era de mantequilla y solo atinaba a decir que sí.

Pero el cerco de los hijos volvió a cerrarse. Al fin, Carmen y Marina se plantaron en su puerta, con un arsenal de alimentos y paciencia.

Mamá, basta ya. Hay varias denuncias contra Charo en el barrio. Te ha sacado el dinero, el juego de café, el brocheaclaró Carmen, visiblemente afectada. Hasta la Guardia Civil la está vigilando.

La reacción de Carmela fue una explosión de rabia, de esas que solo estallan por pura vergüenza.

¡Para una persona que me presta atención, y la perseguís! Dejadme tranquila.

Echaron en cara la realidad, pero Carmela no quiso oír. Los echó de casa entre sollozos.

Charo desapareció por unos días. Volvió de repente, tan pizpireta.

Carmela, el juego de café… verás, la Belén, pobrecilla, lo tuvo un accidente fregando y… bueno, te voy a traer otro más bonito, ya verás.

Y añadió, mientras pedía otros doscientos euros.

¿Otra vez, Charo?

Las cosas están complicadas, ¿vale? No me dejes tirada ahora, anda.

Por fin, Carmela vio lo que no quería ver: de amiga, nada. Charo la tenía como fuente de recursos. Todo el show de la compañía, las empanadillas, los abrazos Mercadeo emocional.

No, Charo. No más.

Charo gruñó, masculló que todo era culpa de sus hijos, que ahora se quedara sola como la una y pegó un portazo que retumbó en la escalera. Al día siguiente arrojó una caja con el juego de café, más bien una caja de tiestos, mitad desportillados, mitad apestando a vinagre.

Carmela recogió los restos como quien acaricia cenizas. Torció por fin el brazo al orgullo y marcó a Carmen.

¿Te importaría acercarte?

Llegaron hija y nuera, con sopa, bollos y amor envuelto en paciencia. Carmela reconoció la derrota. Lloró sobre sus manos, y las suyas, por fin, no la soltaron. No le prometieron que al día siguiente fuera a doler menos, pero sí que no la dejarían sola.

Marina acarició el trozo de taza.

Esto, con cariño y un poco de pegamento, se puede intentar arreglar. Queda la cicatriz, sí, pero aguanta.

Carmela asintió. Quizá funcionaba igual con las personas: rotas, remendadas, pero funcionales.

Durante la merienda hablaron poco. Carmen y Marina le propusieron mudarse un tiempo con ellos. Carmela no contestó, pero por primera vez en meses, miró el té y le pareció templado, con posibilidades.

Por la noche, cuando el teléfono sonó y era Carmen:

Mamá, ¿te vienes el domingo a casa? Hay cocido y los niños quieren que les leas un cuento.

Carmela, sentada ante los trozos de la taza mientras trataba de pegarlos, respondió:

Claro, me pasaré. A ver si entre todos arreglamos las grietas.

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