Un compromiso concertado: emparejamientos a la hora señalada

Cortejo con horario

Marina está sentada ante su mesa, completamente absorbida por el trabajo. Frente a ella se apila una montaña de papeles: informes, facturas, albaranes. Los va colocando con mimo en carpetas, revisa datos, anota en su cuaderno. La oficina respira silencio, sólo se escuchan a lo lejos conversaciones apagadas del despacho contiguo y el golpeteo pausado de un teclado tras la pared. Por las persianas se filtran los rayos del sol, que pintan frías líneas de luz sobre el escritorio.

De repente, el sonido abrupto de su móvil la sobresalta. Marina parpadea, deja los documentos y mira la pantalla: Mamá. Frunce el ceño unos segundos. Su madre siempre llama al atardecer, cuando regresa del trabajo, pero son apenas las tres. ¿Habrá pasado algo?

Desliza el dedo para responder y se lo lleva al oído.

Marina, hija, ¿puedes venir cuanto antes? la voz de su madre aparece tensa, temblorosa incluso. Es muy importante.

Siente un pellizco de inquietud en el estómago y se incorpora de golpe, apartando los papeles con gesto automático.

¿Pero qué ocurre? pregunta intentando sonar serena, aunque la preocupación le tiñe la voz. ¿Te encuentras mal?

No, conmigo todo bien responde la madre rápido, ansiosa de disipar la idea. Pero tenemos que hablar, urgente.

Marina duda unos segundos contemplando la mesa repleta de trabajo. El horario aún no termina y le quedan muchas tareas pendientes, pero el tono de su madre no permite discusión.

Vale dice, mirando el reloj de pared. En una hora estoy allí.

Que sea antes si puedes la voz de la madre baja, algo tensa. Aquí te esperan.

Te esperan. La frase queda flotando, cargada de misterio. Marina intenta desentrañar a qué se refiere. ¿Será algo grave o una tontería? Decide no seguir indagando por teléfono: si su madre pide urgencia, no hay tiempo que perder.

Recoge rápidamente los papeles en una carpeta, mete móvil y cartera en el bolso y se pone la americana. Luego busca a su jefe para avisarle. Por suerte, es un hombre comprensivo y la deja ir sin problema. Al salir, abre la app de taxi, introduce la dirección y confirma el viaje. Mientras espera el coche, llama de nuevo a su madre, por si necesita que le lleve algo, pero la respuesta es escueta: Nada, sólo ven ya.

Nada más pisar la calle, Marina siente que avanza deprisa, como si corriera. Le rondan preguntas por la cabeza, pero intenta no dejar volar la imaginación. El taxi llega pronto; dentro, da la dirección y, mientras el coche avanza, mira la hora insistentemente.

El trayecto dura 40 minutos exactos. Por la ventanilla pasan los paisajes habituales: bloques de pisos en tonos grises, luminosos carteles de tiendas, rincones verdes con árboles y bancos. Marina ve todo sin mirar: sus pensamientos giran una y otra vez en torno a la llamada.

¿Quizá es por un problema en el trabajo de su madre? Había mencionado un proyecto complicado y nervios en la oficina. ¿O le habrá ocurrido algo a tía Lucía, la mejor amiga de su madre? Eran tan cercanas que cualquier noticia saltaba de una a otra. O tal vez algo de salud en un pariente lejano Baraja opciones, pero ninguno parece plausibe.

Cuando el taxi se detiene ante el portal conocido, Marina paga con tarjetaochenta eurosy sube a la tercera planta. Ni siquiera puede sacar la llave: la puerta se abre antes desde dentro.

¡Por fin! su madre la toma de la mano y casi tira de ella al interior. Venga, pasa deprisa.

El recibidor la envuelve en el inconfundible aroma de bollos de vainilla, ese dulce que su madre sólo prepara en días especiales. Marina se detiene a aspirar; siempre era una señal de celebración cumpleaños, fiestas, buenas noticias pero el nerviosismo de su madre no cuadra con ninguna.

Se descalza con recelo y cruza al salón.

Mamá, ¿qué pasa? pregunta mientras avanza.

Y ahí se queda parada. A la mesa redonda, cubierta por un mantel impoluto, se sienta Sergio. Sí, ese Sergio: el hijo de Lucía, amiga de su madre, a quien Marina llama interiormente el torpe desde que era niña. Siempre la pareció lento, torpón, se liaba al hablar y todo lo tiraba. Ahora sonríe con timidez, tocándose el cuello de la camisa, más fuera de lugar que nunca.

A su lado, Lucía resplandece, como si estuviera en una boda. Su rostro es puro gozo y a Marina la desconcierta.

Hola, Marina Sergio se levanta trabajando su seguridad. Cuánto tiempo.

Ya ves, y podría haber pasado otro tanto responde ella sin filtros, cruzando los brazos. Disimula el estupor con frialdad. Mamá, ¿para qué tanta urgencia?

Su madre ignora el tono seco, inquieta arregla el mantel y las servilletas, una y otra vez.

Hija, Lucía y yo hemos pensado… Os conocéis de siempre, ya sois adultos, independientes…

¿Y? la mira de frente, abiertamente molesta. ¿Qué tengo que ver en esto? He dejado el trabajo, he dado plantón a gente sólo para… ¿qué?

No espera respuesta, Lucía interviene:

Sergio ha salido muy bien, de verdad. Tiene buen empleo, su piso… Todo correcto, todo a su tiempo.

Solo queríamos que hablarais al fin la madre busca los ojos de Marina, se muestra evasiva. Que os conozcáis mejor.

El enfado asoma bajo la piel de Marina. Otra vez lo mismo: juntarla con el partido ideal, como si ella sola no fuera capaz de decidir sobre su vida. Aprieta los puños y, pese a tratar de no perder las formas, la voz le vibra.

Mamá respira hondo, cuenta hasta tres y se suaviza, sé que te inquieta mi vida amorosa, pero con quién hablar y de qué, eso decido yo.

Sergio se pone rojo y busca salvar la situación:

Marina, ¿no te parece brusco? Ni siquiera hemos charlado. ¿Por qué no probar a hablar más, como antes? Me caes bien, eres simpática, yo también…

¿Qué hay que hablar? ella se vuelve hacia él. Nunca me interesaste, nunca. Y esto no ha cambiado. No voy a fingir que somos algo más que conocidos.

El chico agacha la vista, se toca el cuello con nerviosismo.

Podríamos intentarlo… dice muy bajo. Yo sí me lo tomo en serio. Me gustaría que saliese bien.

Marina cierra los ojos. No quiere ser cruel, pero tampoco mentir.

Sergio usa el tono más edificante posible, eres buena persona, y lo sé, tienes la vida encauzada. Pero eso no basta: forzar sentimientos porque otros lo ven lo correcto no sirve para nada.

Al soltarse, el peso del agobio empieza a aliviarse. ¡Menuda ocurrencia la de su madre!

Será mejor que me vaya cuelga el bolso, pasa la correa por el hombro. Lo siento, mamá, pero esto es lo mejor: más vale decir la verdad a tiempo. No sigáis con paripés.

¡Marina! la madre intenta detenerla, casi se le escapa la mano. Espera. No hace falta dramatizar. Sólo queremos lo mejor.

No, ahora no Marina la frena con un gesto dulce, pero firme. Hablamos luego, cuando estés dispuesta a escuchar y no a montar teatros. Tengo que volver. Y por favor, no repitas algo así. Me angustié muchísimo.

Sale del edificio antes de oír réplica. La puerta se cierra con un golpecito y se encuentra en la calle, el aire fresco tras la lluvia de la mañana le despeja.

¿Por qué su madre no puede dejar de intervenir? ¿No se da cuenta de lo absurdo que es? Marina lo tiene claro desde niña: sabe lo que quiere, incluso en el amor. No necesita a un tipo indeciso. Sí, tiene trabajo estable, futuro prometedor… pero ¿y qué? Un hombre ha de ser seguro, no tímido y dependiente, que hasta la madre le busque pareja.

Frustrada, tuerce hacia el parque de siempre. Es su atajo de la infancia. A su alrededor todo sigue igual: niños corriendo, mujeres hablando junto a los cochecitos, mayores al sol en los bancos. Camina sorteando charcos, sintiendo el frescor del agua en las zapatillas, pero apenas lo nota.

Pronto nota el zumbido del móvil. Es Mamá. Tras una pausa, contesta.

Marina, ¿por qué te fuiste así? la voz de su madre es dolida, sin enojo, más bien herida. Íbamos a hablar.

Mamá, no voy a estar con un hombre sólo porque tú y Lucía sois amigas desde hace veinte años le responde tranquila, caminando. El tema es demasiado serio para decidirse por amiguismo.

¿Quién ha hablado de boda? la madre se crispa un poco. Sólo quería que hablarais. Es educado, trabajador, no bebe, un chico decente…

Decente, sí asiente Marina; la madre sólo siente el tono. Pero eso no lo convierte automáticamente en mi tipo.

¿Entonces quién lo es? la voz de la madre cansada, como si hubieran repetido la conversación cien veces. Llevas tres años sola. No sales con nadie, no sé qué buscas.

No busco nada Marina se detiene junto a un banco de madera. Sólo no quiero estar con alguien por imposición. No me niego a conocer a nadie, pero quiero que sea algo mío, no un proyecto vuestro.

Tu elección es trabajar hasta las tantas y cenar viendo la tele, sin más vida que la oficina su madre suena amarga. Marinita, sólo quiero tu felicidad.

Y lo soy, mamá. Se sienta. Delante, un niño flota un barquito de papel. A mi manera. Amo mi trabajo, mi rutina. No necesito al primer hombre que se cruce, ¿entiendes? Y no voy a estar con alguien sólo porque a ti te vaya mejor así.

Silencio. Al fondo, ruido sordo, tal vez la madre apartando el móvil para suspirar. Luego, más bajo casi en susurro:

Perdona por presionarte. Es que temo que te quedes sola cuando seamos mayores.

Lo entiendo responde Marina, con ternura. Y te lo agradezco, de verdad. Pero prometamos que no habrá más sorpresas de este tipo, ¿vale? Imagina mis nervios.

Prometido y la nota sonreír en la voz. Sólo… si aparece alguien especial, dímelo la primera, ¿vale?

Por supuesto Marina se incorpora, ajusta el bolso. Pero ahora vuelvo al lío. Un beso.

Cuídate, hija.

Guarda el móvil y alza la vista. Las nubes empiezan a abrirse, desvelando trozos de cielo azul. El sol resplandece dorando las cornisas y lanzando reflejos cálidos a los tejados. A lo lejos se oye la risa de unas chicas; van por la acera hablando animadas, bolsas en mano. Pasa un hombre con chándal, seguido por un perro grande, lengua fuera.

Marina respira hondo. La vida sigue: gente con prisa, niños jugando, las terrazas del bar llenas de clientes charlando. La normalidad contagia tranquilidad. Piensa en todos los caminos y oportunidades que le esperan, y cómo encerrar el destino en el esquema de otra persona no tiene ningún sentido.

Durante los días siguientes, Marina procura no pensar en la conversación incómoda. El trabajo en la agencia la absorbe: el equipo prepara un gran lanzamiento y apenas pisa su casa. Es la primera en llegar y la última en irse. Entre reunión y reunión, toma té y pica bocadillos, mientras repasa presupuestos y soluciona problemas con clientes. Al llegar a casa, sólo le queda ducha rápida y caer rendida en la cama.

Pero por las noches el recuerdo vuelve: la cara preocupada de su madre, el silencio torpe de Sergio, la esperanza ingenua de Lucía. No se siente culpable estaba convencida de tener razón, pero una leve amargura persiste. Lamenta haber tenido que hablar tan claro.

El viernes por la tarde, repasando correos, encuentra uno del compañero Javier: ¡Ven a mi cumple! Será en un sitio chulo, conocerás gente nueva. Habrá buen rollo y música. Marina se lo piensa. Tras la semana, su instinto es tumbarse en el sofá y no hacer nada, pero nota el peso de la soledad. ¿Por qué no?, escribe finalmente. Iré.

La fiesta es en un café moderno a las afueras de la ciudad, pequeño y decorado con gusto: ladrillo visto, mesas robustas de madera, bancos tapizados bajo los ventanales. Al entrar, lo encuentra lleno. Huele a café, pasteles y perfumes; suena jazz suave, la gente conversa, ríe, va de un grupo a otro.

Javier, el cumpleañero, está en la barra hablando con pasión. La ve y le saluda con un abrazo alegre:

¡Sabía que venías! ríe. Creí que me dejarías tirado.

Hoy tocaba desconectar Marina sonríe. ¡Felicidades, por cierto!

Cruzan unas palabras y él le indica una mesa cerca del ventanal:

Allí hay muy buena gente. ¡Luego paso!

Marina toma un zumo de la bandeja de un camarero, observa los rostros antes de acercarse a sentarse. Hay charla animada; alguien cuenta un chiste y estallan las risas. Se suma disimuladamente, saluda y se deja llevar por el ambiente cálido.

Hola un chico de sonrisa franca se sienta a su lado. ¿Eres Marina, no? Soy Álvaro, compañero de Paula.

Sí le corresponde, simpatizando al instante. Encantada.

Te vi en la última reunión de proyectos Álvaro se acomoda en la silla junto a ella. Llevas el tema de Soluciones Iberia, ¿verdad?

Le sorprende que alguien de otro departamento la siga.

Eso es. ¿Tú?

Analista. Hice los informes de viabilidad para vuestro equipo.

La conversación fluye con naturalidad. Álvaro no destaca sólo por profesional, sino por su ingenio y su capacidad de escuchar. Formula preguntas acertadas y lanza comentarios tan inteligentes que Marina se sorprende riendo más que en toda la semana.

Pronto el local rebosa de gente; el grupo de al lado se ríe escandalosamente. Álvaro le señala la puerta:

¿Salimos un rato? Aquí ya cuesta oírse.

Marina asiente. Fuera refresca y la calma sólo se altera por los coches a lo lejos y el titilar de las estrellas. Se apoyan en el pretil y miran la calle sin prisa.

¿Qué sueles hacer en tu tiempo libre? pregunta él.

Leo, paseo… Si hay buena peli, igual me acerco al cine. ¿Y tú?

Viajar. Sus ojos brillan. El año pasado estuve en Portugal. Quedé fascinado: los pueblos, el vino, la gente… muy auténtico todo.

¡Cuenta, cuenta! Marina le mira intrigada.

Álvaro narra anécdotas llenas de detalles: describe los callejones de Oporto, el olor del pan recién hecho, las rutas costeras. Cuando habla de la amabilidad de aquellos que le recibieron como a uno más, Marina siente que puede verlo todo.

¿Y tú, a dónde te escapas? le pregunta tras una pausa.

Al mar Marina se ilumina recordando sus vacaciones. Me obsesiona el ruido de las olas y el salitre. Pero sólo puedo ir cada par de años: el trabajo me absorbe.

¡Eso hay que arreglarlo! bromea él, guiñado cómplice. ¿El año que viene me llevas?

Ella se ríe, sorprendida por su franqueza.

Qué directo.

Pero sincero afirma Álvaro, sin sombra de presión, mirándola a los ojos. Me gusta estar contigo. De verdad. Quiero conocerte más.

Lo observa con atención y sólo ve sinceridad y una agradable ligereza. No hay prisas, ni expectativas forzadas.

Probemos asiente Marina. Pero paso a paso.

¿Te invito a un café mañana? Solo por charlar tranquilamente.

Me parece perfecto siente zozobra cálida en el pecho. Nos vemos.

Al volver a casa, ni ha dejado el bolso cuando suena el móvil: Mamá. Esta vez lo coge enseguida.

Hola, Marina. ¿Qué tal? la madre habla con especial cuidado, temiendo romper algo frágil.

Genial Marina se desploma en el sofá, aún sonríe recordando la tarde. He estado en una fiesta, he conocido a un chico.

¿Ah, sí? la sorpresa materna es notoria, y levemente vigilante. ¿Qué tal es? Cuéntame.

Normal Marina se ríe pensando en lo que diría Álvaro si la oyese. Listo, alegre, con gracia. Y por cierto, no necesita que su madre le arregle las citas.

La madre también ríe, su risa se escucha liberada:

Me alegro mucho. Entonces, ¿ha valido la pena preocuparse tanto?

Marina busca cómo explicarse despacio, para que su madre comprenda sin rodeos:

No has querido mal, mamá. Sólo tienes que confiar en que yo sabré gestionar mi vida. Ya basta de sustos, ¿de acuerdo?

Hecho acepta tras una breve pausa. Te quiero.

Y yo a ti responde cálida.

Deja el teléfono sobre la mesa y mira las luces de la ciudad: amarillas, blancas, naranjas, dibujan una red luminosa sobre el asfalto. De lejos llega el rumor de coches, risas, música suave.

Marina inspira profundamente. Siente por fin una serenidad nueva: el día, la conversación, el encuentro con Álvaro Todo encaja como piezas nuevas. No sabe qué traerá el futuro, pero sí que está bien dejar que la vida le abra caminos por sí sola.

Mientras la ciudad parpadea tras el cristal, se sienta tranquila a contemplar el vaivén pausado de la noche, segura de que todo marcha como debe.

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