La madre la abrazaba con fuerza, la colmaba de besos y se preguntaba: «¿A quién se parece esta niña?» Y suspiraba. Los conocidos también se asombraban y hacían la misma pregunta. Quizá fue algún amigo quien sembró la duda en el marido, tal vez su propia madre sospechó algo, o quizá Víctor comenzó a desconfiar por sí mismo de la fidelidad de su esposa, pero un día llegó del trabajo con el ceño fruncido.

La madre apretaba a su pequeña contra el pecho, la colmaba de besos y pensaba, angustiada: «¿A quién se parece?» Luego suspiraba largo y tendido. Los conocidos se quedaban intrigados y preguntaban lo mismo, con ese tono entre broma y preocupación tan mediterráneo. Quizá algún amigo enredó a su marido, tal vez fue la propia madre quien sospechó lo peor, o quizá fue Víctor quien, solo, empezó a dudar de la fidelidad de su esposa. Un día llegó a casa desde el despacho con el ceño fruncido.

Víctor, ¿y ahora qué hacemos? Es demasiado pronto. A Sofía justo le han quitado el pañal, apenas acaba de cumplir los dos años. Y yo ni he tenido tiempo de recuperarme decía Teresa, casi sin aliento, mientras miraba a su marido sentarse derrumbado en el sofá. De un permiso de maternidad a otro y Sofía sigue siendo una cría, viene con los brazos pidiendo que la coja. ¿Cómo lo voy a hacer con la barriga?

Teresa, seremos cuatro y solo tú trabajas. ¿No crees que mejor esperamos un poco para el segundo? preguntó, titubeante, asustada de sus propios pensamientos.

¿Pero qué dices? Olvida esas ideas contestó Víctor, ahora con menos dureza. Perdona, ha sido cosa mía. Saldremos adelante. Buscaré algún extra. Si es niña no habrá problema; la ropa de la mayor está perfecta, ni la cuna tenemos que comprar.

Se miraron, buscando una grieta de tranquilidad a la que aferrarse, y pactaron continuar. Teresa adoraba y mimaba a Sofía como solo en Castilla se adora a una hija muy esperada. No podía resistirse a tomarla en brazos y besarla, aunque la barriga despuntara ya bajo el delantal.

En lo más profundo, una sombra de culpa le susurraba que quizá sería mejor no seguir adelante con el segundo embarazo, que había sido demasiado precipitado pero ni se atrevía a admitirlo en voz alta. El destino, caprichoso, quiso otra cosa: el embarazo transcurrió sin sobresaltos y en el hogar de los Álvarez nació otra niña, como tocada por la magia.

La primera vez que la trajeron para amamantarla, a Teresa le desconcertó ver aquel suave vello rubio en la coronilla de la pequeña. Tanto ella como Víctor llevaban el cabello oscuro, lo mismo que Sofía al nacer. Con el tiempo, el pelo de la mayor se aclaró un poco, pero nunca alcanzó ese tono tan claro de la recién nacida. ¿Y si, con los meses, también a esta le cambiara? Soñó Teresa, la mirada perdida en esa cabecita.

La niña, blanquísima y de ojos azules, arrancaba exclamaciones de asombro entre todos los visitantes. ¿Qué nombre le ponemos?, dudaron poco. Al final, la llamaron Inés, nombre poco común por León y Valladolid. Así, las hermanas tendrían las mismas iniciales. Los padres veían en eso algún mensaje secreto, solo para ellos comprensible.

Nadie supo explicar cómo habían nacido dos niñas tan diferentes en la misma familia. Inés no solo era distinta de Sofía, también de los propios padres. Y cuanto más crecía, más evidente era esa distancia, como si el viento la hubiera traído desde otra tierra.

Con el tiempo, el cabello de Inés tomó un tono rubio oscuro. Serenita, gordita y callada, escrutaba el mundo con sus inmensos ojos de cielo. Teresa la arropaba entre brazos, la besaba y le volvía la pregunta: «¿A quién demonios se parece?» Y suspiraba. Los vecinos, en el portal, se hacían eco de la misma inquietud.

Quizá alguien alimentó los celos de Víctor, quizás la suegra, o quizás solo fue fruto de las dudas sembradas durante meses. Una tarde, tras un día largo en el ayuntamiento, Víctor rompió el silencio:

Tras una larga pausa vino el desplome. Acusó a Teresa de no serle fiel; recordó que un antiguo pretendiente, un guapo rubio de la oficina de Correos cosas del pueblo, se había interesado por ella. Tal vez, por antiguo cariño

O si no era eso, sería que en el hospital habían cambiado a la niña, que tampoco sería tan raro, pensó él, como cualquier español atrapado en la sospecha.

Nunca te he engañado, esta es nuestra hija, nadie la ha cambiado sollozaba Teresa, ofendida por acusaciones tan injustas y carentes de sentido.

Las discusiones se volvieron norma en casa. Teresa llegó a hacer la maleta, decidida a marcharse, solo entonces Víctor, descompuesto por la posibilidad de quedarse solo, dio marcha atrás.

No soportaba la vergüenza de que le preguntaran, sin parar: ¿A quién ha salido la niña? Sentía los cuernos crecer en la cabeza, como en las viejas comedias castizas. Logró que Teresa se quedara, pero con una condición: haría una prueba de paternidad. Otra vez, lágrimas en los ojos de Teresa.

¿Cómo puedes pedírmelo si no confías en mí? Hazla también con Sofía, ya puestos Mejor vamos cortando por lo sano.

Fue Víctor quien recogió en un bote la saliva de la pequeña y unos cabellos de la mayor. Él mismo llevó la muestra al laboratorio de Zamora, preguntando a los técnicos cien veces si podían confundirse en los resultados.

Las niñas veían y escuchaban los gritos, aunque Inés tuviera solo cuatro años, y lo comprendía todo. Sofía, directa, le soltó:

No eres mi hermana, nos han dejado contigo. Por tu culpa papá y mamá se separan.

Inés se echó a llorar, y ni el regazo de su madre logró consolarla al principio.

Sofía reflexionaba a escondidas sobre la manera de apartar de su vida a su hermana. Si desaparecía, quizá la paz volvería al hogar. Un sábado, la madre salió al mercado y la demora se alargó; el padre andaba por Burgos, trabajando. Sofía vistió a la pequeña y salió con ella a la calle, llevándola cada vez más lejos de la casa.

Al regresar Teresa, no halló a las niñas y salió corriendo, presa de una angustia salvaje. Una vecina dijo que las vio marchar, pero no preguntó a dónde ni con quién. La tensión en el barrio crecía, más cuando Víctor volvió y se unió a los gritos. Al caer la noche, la desesperación los llevó a llamar a la policía.

Las hallaron después de una hora. Inés estaba sentada y llorando desconsolada en el parque infantil, una mujer mayor, al oír los llantos, había avisado al cuartelillo. A Sofía la encontraron perdida y asustada entre las calles, incapaz de volver.

La alegría de los padres fue tan brutal que no hubo reprimenda; Sofía nunca confesó su plan de abandonar a la hermana lejos del barrio.

Las discusiones seguían. Víctor culpaba a Teresa de haber dejado solas a las niñas; ella se desahogaba acusándole de ausente. ¿Y si las secuestraban? ¿Y si un coche las atropella?

Por fin llegaron los resultados del análisis. Víctor era padre de ambas. Un médico explicó que los genes pueden dar extraños giros: incluso una madre rubia puede tener un hijo moreno y viceversa, cosas de herencias secretas.

La calma volvió poco a poco a la casa. Pero la sensación de extrañeza en Inés nunca se disipó. Las hermanas no lograron nunca reparar su vínculo. Cuando discutían, Sofía atacaba la herida:

A mí siempre me compran vestidos nuevos y tú te pones los míos usados, porque no eres de la familia decía, implacable.

Inés lloraba en silencio y nunca decía nada a su madre, que a menudo la comparaba con la mayor. ¿En quién has salido, Inés? Deberías aprender de Sofía, que nunca arma jaleo, suspiraba Teresa.

Tras esas frases, Inés decidió no quejarse más. Su estrategia era esconderse en un rincón y taparse los ojos: si ella no podía ver la habitación, tal vez la habitación no podría verla a ella.

Así escapaba a la severidad de la madre y la crueldad de la hermana.

Sofía fue la primera en terminar el colegio, pero no tenía intención de estudiar una carrera; ¿para qué, si era guapa? En los bailes de las fiestas patronales conoció a un chico, pronto se casó. Él contaba con un pequeño piso y un trabajo con su padre, un comerciante de coches usados por el Paseo Zorrilla.

Teresa quería a Inés, pero su cariño equivocadamente ponía a Sofía como ejemplo, y la pequeña creció con la certeza de no estar nunca a la altura. Las palabras crueles de Sofía, dicha en la infancia, dejaron heridas difícilmente cerrables. Incluso sus vestidos eran de segunda mano.

Mira Sofía, sí que sabe buscarse un novio bueno. Aprende, Inés, que tú siempre estás soñando, dibujando por los rincones. Podrías salir más insistía la madre.

Fue en el último curso de bachillerato cuando un compañero mostró interés. Inés, sedienta de afecto, se dejó llevar, deseando sentirse por fin querida. Cuando supo que estaba embarazada, la noticia la paralizó. Confesó todo al chico, que decidió pedir ayuda a sus padres. Así se descubrió la relación.

La madre del chico fue enseguida a casa de los Álvarez, suplicando a Teresa que convenciera a Inés de abortar, que no arruinara el futuro de su hijo. Sorprendentemente, fue Víctor quien defendió con vehemencia a Inés.

Que dé a luz. No voy a permitir que la desgracien. Ya ha sufrido bastante. Si no os gusta, pues nosotros solos criaremos al niño.

Obligaron al chico a irse a estudiar fuera, a Salamanca, con unos parientes. Inés fue transferida a educación a distancia, y en la escuela taparon el caso antes de que llegara a la inspección provincial. Así, evitaban que culparan al profesorado por “no vigilar” lo suficiente.

Los exámenes los hizo sola, bajo la supervisión cauta de los profesores. La de inglés, que la quería, le ayudó un poco y logró una buena nota. Pero poco importaba: pronto llegaría el nacimiento, y los estudios quedarían aparcados.

No pasó mucho tiempo antes de que Víctor, llevado por el agotamiento y los problemas que se le acumulaban, sufriese un fatal infarto. Se quedó dormido en el sillón, frente al televisor, y nunca volvió a despertar. Teresa lo encontró todavía tibio al ir a llamarle para cenar.

Gritos, sollozos y una ambulancia llenaron el piso. La impresión fue tal, que a Inés se le adelantó el parto. Así ocurrió que, el mismo día que el padre falleció, vino al mundo su hijo: un niño rubio y de ojos azules, una réplica de su madre, como caído del cielo.

Inés no pudo ir al entierro. Al salir del hospital la recibió una madre consumida por el dolor, que en casa, sin poder ya contenerse, murmuró: Tú lo has matado. Desde que naciste, solo das disgustos. Pero el nieto, tan bondadoso, le robó el corazón. ¿Cómo no querer a un niño tan dulce, casi celestial?

Preocupaba, sin embargo, el futuro de Inés: ¿quién querría casarse con una chica con un hijo? Sin vacilar, Inés contestó:

No quiero a nadie. Si mi propio padre dudó de mí, nadie de fuera querrá a mi hijo.

El niño crecía despierto y sereno. Tenía cinco años cuando el destino, caprichoso una vez más, trajo a Sofía de vuelta a la vida de Inés. A diferencia de su hermana, Sofía no pudo quedarse embarazada, y su marido, influido por los padres que soñaban con un nieto y heredero, empezó a buscarle sustituta. Sofía no se marchó; ¿a dónde iba a volver? Además, allí estaban su madre y la odiada Inés, junto a su hijo.

Sofía, al ver a la hermana bien, decidió buscarle marido, esperando que así saliera de casa y le devolviera espacio. Acababa de conocer, por trabajo, a Javier, un informático joven, apuesto, soltero.

Sofía lo tentó, jugueteando, quizás para vengarse del marido, pero Javier la rechazó con sequedad. Decidió entonces presentárselo a su hermana, convencida de que a él le causaría rechazo aquella chica torpe, rellenita y con un hijo.

Le mandó un mensaje a Javier citándole en un café de la Plaza Mayor. Le dijo a Inés que conocería a un chico que podría cambiar su suerte. Inés se peinó, pero no se maquilló quería que la vieran tal como era.

Al llegar al café, reconoció enseguida a Javier, absorto en el móvil.

¿Eres Javier? preguntó Inés tímidamente.

Sí, ¿y tú?

Soy la hermana de Sofía. Inés.

Aunque sorprendido, la invitó a tomar un café.

Aquí hacen unos pastelitos buenísimos, ¿quieres probarlos?

¿Cómo sabes eso?

Vengo mucho. Hago muchas reuniones con clientes aquí dijo, marcando de nuevo a Sofía por teléfono, sin éxito.

Inés, insegura, le preguntó finalmente:

¿Te molesto?

Para nada. Pero, ¿tu hermana no va a venir?

No entiendo nada. Sofía me dijo que tú querías quedar conmigo.

Esto es un lío. Si prefieres, me voy

Justo entonces, llegó el café.

Quedémonos. Ya que hemos venido.

No. Yo no quiero pastel dijo ella, apartando el plato.

¿Tienes miedo de engordar? Estás preciosa. Eso te favorece respondió Javier.

Los hombres quieren chicas delgadas susurró ella.

¿Quién te lo ha dicho? ¿Qué sabes tú de hombres?

Nada respondió Inés. Tengo un hijo de cinco años. ¿No te lo ha contado Sofía?

No tenía por qué sonrió Javier, restándole importancia.

A pesar de sentir que Sofía la había usado, Javier insistió en acompañarla a casa tras la cita. Caminaron y charlaron despacio. Al despedirse, le pidió el número de móvil.

¿Y para qué lo quieres? preguntó Inés, aún desconfiada.

Porque quiero seguir conociéndote. Yo he hablado mucho de mí, pero tú apenas nada. Te llamaré.

Tardó una semana en hacerlo. Cuando finalmente la llamó, fue igual de directo:

Perdona, mucho trabajo. Hoy estoy libre. ¿Vemosnos?

A Inés la desconcertó ese tono, tan diferente del mundo que giraba en torno a su hijo. Se animó, quiso concederle una oportunidad.

En la siguiente cita, Inés empezó a compartir su historia cómo nació, las broncas de sus padres, lo distinta que siempre se sintió. A medida que hablaba, fue comprendiendo su propia vida como si la mirara desde fuera.

Al salir del café, un perro callejero les siguió. Compraron en una panadería algo de pan y embutido para alimentar al animal. En caja, una señora mayor no podía contar bien sus monedas, así que Javier pagó su compra, añadiendo una tableta de chocolate, chorizo y un helado.

¿Y para qué el helado? preguntó Inés.

Tuve una abuela que lo adoraba, pero nunca quería gastar dinero en eso sonrió Javier.

¿Y me tratas como a un perro callejero? ¿O como a la viejecita, por lástima?

¿Cómo se te ocurre? Me gustas de verdad. Eres luz. Los animales y los mayores me dan pena. Si tengo dinero, ¿por qué no ayudar?

El perro se marchó, feliz y saciado.

Esa noche, Sofía llamó, impaciente.

¿Qué tal va todo?

Bien contestó Inés.

¿Y? ¿Con ese borde?

Es amable y me gusta estar con él. Dice que yo le gusto, también.

Sofía colgó, disgustada. Pronto apareció en casa, pero Inés oyó desde el pasillo la conversación que mantuvo con Teresa en la cocina.

Siempre tiene suerte esa tonta. Quería darle una lección a ese pringado y va y se enamora de la oveja ésta.

Pero hija, tienes marido intentó razonar Teresa.

Marido ya me busca sustituta. El divorcio está cerca. ¿Qué hago, mamá?

Quizá exageras balbuceó la madre.

No, mamá. ¿Por qué siempre le sale todo bien? Es tonta, gorda, peluquera de tres al cuarto, tiene hasta un hijo y aun así la quieren. Yo no puedo ser madre, y él se enamora de ella. Debería estarme agradecida. Mejor la hubiera tirado por la alcantarilla aquel día

¿Pero qué dices? ¡Por la alcantarilla!

Un grito cortó el aire: Teresa sufría un infarto. Inés entró corriendo a la cocina y llamó de inmediato a una ambulancia. Por suerte, la vida de su madre no quedó marcada por graves secuelas.

Dos meses después, Inés se casó con Javier. Se mudó con su hijo a la casa de él, pero iba a ver a su madre casi a diario. Sofía, envuelta en su resentimiento, se marchó del pueblo, a buscar suerte en otro lado

Los padres creen que los niños no comprenden, alzan la voz frente a ellos y piensan que no hacen mella. Pero los niños lo oyen todo y aprenden.

A menudo, la lucha entre hermanas por el cariño de los padres es tan salvaje como una vendetta castellana. Y la venganza, como dice el refrán, es un perro que termina mordiendo la mano de quien la suelta.

Los niños nunca escuchan a los mayores, pero jamás se equivocan al imitarlos.

James Baldwin

Las palabras que le llegan a una hija apoyen, cuiden o hieran se almacenan en su interior como verdades sobre sí misma y sobre cómo funcionan los lazos entre las personas.

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MagistrUm
La madre la abrazaba con fuerza, la colmaba de besos y se preguntaba: «¿A quién se parece esta niña?» Y suspiraba. Los conocidos también se asombraban y hacían la misma pregunta. Quizá fue algún amigo quien sembró la duda en el marido, tal vez su propia madre sospechó algo, o quizá Víctor comenzó a desconfiar por sí mismo de la fidelidad de su esposa, pero un día llegó del trabajo con el ceño fruncido.