Sí, soy así: tuvo otras mujeres, pero nunca pensó dejar a su familia

Todas las amigas le decían a Lucía que estaba loca. Ella lo sabía, claro que lo sabía. Pero incluso con esa certeza, no podía cambiar nada. Sus sentimientos por su marido se habían apagado hacía tiempo, perdidos entre lavadoras, cenas, noches en vela y el trabajo interminable. Antes volaba a casa impulsada por el amor; ahora solo caminaba por inercia —agotada, desgastada, con la mirada vacía. A sus cuarenta años, Lucía aparentaba cincuenta, y no era exageración, sino la cruda realidad.

La única persona que de verdad la compadecía era… su suegra. Carmen. Una mujer de carácter fuerte, pero con un corazón inmenso. Ahora vivía con Lucía y su hijo, tras llegar desde un pueblo de Jaén para recibir un tratamiento que en su tierra no existía. La habían instalado en el cuarto de los niños, y ella, sin quejarse, se ocupaba de su nieta Martita, de siete años. La niña aún era muy pequeña para quedarse sola, y Lucía pasaba el día entero en el trabajo.

Su marido… Ay, Alejandro. Actuaba como si con los años le hubiera entrado el demonio en el cuerpo. Llegaba tarde, a veces casi al amanecer. Olía a perfumes dulces, excusándose con eso de “es una fragancia nueva”, aunque todo el vecindario sabía que tenía aventuras. Y no solo una.

Se equivocaba al decir su nombre. La llamaba Raquel, luego Patricia, después Sonia. Y cada vez, con esa sonrisa burlona, como diciendo: *”Sí, lo hago, ¿y qué?”*. Ni siquiera lo disimulaba. Parecía enorgullecerse de ello. *”Sí, soy así”*, rezumaba su mirada.

Todo habría seguido igual de no ser porque, una madrugada, el teléfono del pasillo sonó como un alarido. Otra de sus amantes buscaba a su “cielito” y exigía, con voz desafiante: *”¿Dónde está? ¿Por qué no contesta?”* Lucía se quedó helada —no tanto por la llamada, sino por cómo esa mujer había invadido su casa, su noche, su vida.

Cuando Alejandro apareció al amanecer, con cara de resaca, Lucía estalló. Su ropa salió volando al pasillo con tal furia que hasta el gato se escondió bajo el sofá. Él intentó justificarse:

—Sí, tengo a otra. ¡Pero no pienso dejar a mi familia! Tenemos hijos. Mi madre está enferma. ¡Somos una familia!

Pero entonces Carmen salió de la habitación y, por primera vez en años, alzó la voz:

—Si quieres estar con otra, vete. Pero lejos. Yo encontraré dónde quedarme. Solo me queda terminar el tratamiento. Y el niño tiene exámenes. Basta ya de sofá. ¡Todos merecemos una vida digna!

Lucía intentó protestar —era su casa, su decisión—, pero su suegra no cedió:

—No me meto, pero mientras viva aquí, no permitiré que conviertan este piso en un burdel. Que recoja sus cosas. Yo me iré en unos días. Lo demás, es cosa vuestra.

Bajo la mirada fría de su hijo mayor, Alejandro, refunfuñando, metió camisas y pantalones en una bolsa de deporte. Fue incómodo. Humillante. Pero merecido.

Tras su partida, Lucía sintió por primera vez en años que su casa estaba en silencio. Un silencio verdadero. Nadie gritaba, nadie llamaba a medianoche, nadie exigía comida. Carmen venía a visitarlas cada semana, traía magdalenas para su nieta y las últimas novedades. Y Lucía, de pronto, descubrió que ya no se despertaba con un nudo en la garganta. Hasta el espejo le devolvía otra mirada.

Dos meses después, cuando Carmen terminó su tratamiento y se disponía a volver a Jaén, Alejandro apareció en la puerta. Con un ramo. Con cara de culpable. Con unas palabras que helaron la sangre de Lucía:

—Perdóname. Ella me echó. Lo he entendido todo. Dame otra oportunidad. ¿Empezamos de cero?

Carmen, ya con el abrigo puesto y la maleta en mano, miró a su nuera:

—Decide tú. No me meteré. Pero es hora de que pienses en ti, no en quién compadecer.

Y, tomando a los niños de la mano, se dirigió a la cocina.

Lucía se quedó en el recibidor, observando al hombre que la había traicionado una y otra vez. A quien había sido su familia. Y ahora solo era un extraño. Tenía que tomar una decisión. Una decisión que solo dependía de ella. Nadie más.

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Sí, soy así: tuvo otras mujeres, pero nunca pensó dejar a su familia