**Si no fuera por ti…**
Lucía y Carmen eran amigas desde la infancia, compartieron guardería y luego pupitre en el colegio. Con los años, Lucía se convirtió en una belleza deslumbrante, rodeada de admiradores, a quien todo le venía sin esfuerzo. Carmen, en cambio, era una chica corriente, de esas que pasan desapercibidas en una multitud.
Tras el instituto, Carmen estudió enfermería, decidida a ayudar a los demás. Lucía, sin embargo, creyó que los títulos eran innecesarios para triunfar. Hizo un curso de estética y trabajó en un salón de belleza, pintando cejas y pestañas a señoras adineradas.
Las dos amigas eran inseparables. Ni un día sin verse o al menos hablar por teléfono. Siempre era Lucía quien hablaba, contando sus dramas amorosos, mientras Carmen escuchaba, consolando sus rupturas o celebrando sus nuevos romances.
Hasta que, como suele pasar entre amigas, ambas se enamoraron del mismo chico.
Fue Carmen quien conoció primero a Daniel. No era un galán de revista, sino un chico normal, sin pretensiones. Podrían haber formado una pareja feliz, pero el destino siempre juega sus cartas.
Carmen volvía del supermercado. Había llovido, y los charcos aún relucían en el asfalto. Al esquivar uno enorme, vio de repente a un chico en patinete eléctrico que venía hacia ella como un rayo. Iba distraído, mirando al frente, y Carmen, dudando si la había visto, gritó y saltó hacia un lado… directa al charco.
—¡Estos con sus patinetes, van como locos sin mirar! —le espetó una anciana desde un banco, agitando el dedo—. ¿Qué miras? ¡Casi atropellas a la pobre!
El chico frenó en seco y se giró. Mientras, Carmen salió del charco, contemplando sus zapatillas empapadas con resignación.
—Perdona. ¿Para qué saltar al charco? Te vi perfectamente, habría esquivado —dijo, acercándose.
Carmen ni quería sus disculpas. Buscaba dónde pisar para no mojarse otra vez, aunque ya era tarde.
—Sube, te llevo —ofreció él.
—Déjame en paz —refunfuñó ella.
—Ya me disculpé. ¿O prefieres seguir chapoteando? ¿Adónde vas?
—A la calle Cervantes, número diez.
Con torpeza, Carmen se subió al patinete y se agarró al manillar. El viento le azotó la cara al acelerar, sintiendo una emoción que nunca antes había probado. Nunca se había atrevido a montar en patinete, pero con él no tenía miedo.
Al llegar a su portal, él redujo la velocidad y preguntó al oído:
—¿Qué escalera?
Su aliento le hizo estremecer.
—La tercera —susurró.
Se detuvieron justo ante las escaleras, evitando otro charco.
—Gracias —dijo Carmen.
Sus ojos se encontraron al mismo nivel. Ella notó su piel morena, sus ojos oscuros y una sonrisa que le aceleró el corazón.
—Soy Daniel —dijo él.
—Carmen.
—Perdona por lo del charco. ¿Quieres ir al cine algún día? Mis amigos están fuera, y da pereza ir solo.
Carmen se encogió de hombros.
—Vale.
—Pues mañana a las siete, aquí mismo —sonrió él antes de perderse calle abajo.
—¿Por qué sonríes? —preguntó su madre al llegar.
—Por nada. Me caí en un charco, voy a lavarme los pies —mintió, encerrándose en el baño.
Toda la noche revivió el momento, con la piel erizada. Al día siguiente, se puso vaqueros y zapatillas, segura de que Daniel llegaría en patinete.
—¿Adónde vas? —preguntó su madre.
—Al cine. Con Lucía —añadió, por si acaso.
Al salir, Daniel no estaba. El desánimo la invadió. «Ilusa», pensó, imitando mentalmente a su madre. Justo cuando giraba para volver, una voz la detuvo:
—¡Hola!
Era Daniel, sonriente. Ella enrojeció, como si pudiera leerle el pensamiento.
—Vamos, la película empieza en veinte.
Y de nuevo, el viento, su cercanía, ese cosquilleo en el estómago.
Después del cine, caminaron charlando. Daniel había dejado el patinete.
—¿Con quién fuiste al cine ayer? —preguntó Lucía al día siguiente—. Confiesa.
—¿Te lo dijo mi madre? —se tensó Carmen.
—No, tranquila. ¿Quién es ese chico?
Carmen ardía en deseos de presumir. Nunca había tenido novio, mientras Lucía cambiaba de pareja como de camiseta.
—Nadie especial —mintió.
Pero para ella lo era. Él la había mirado, la había invitado a salir, y esa noche volverían a verse.
Daniel la esperaba sin patinete. Saldrían a pasear. Pero al doblar la esquina, se toparon con Lucía, como si les hubiera estado esperando.
—¡Hola! —saludó ella, clavando los ojos en Daniel.
Él también la miró, y Lucía le lanzó una sonrisa coqueta. Caminaron un rato los tres, hasta que Carmen se quedó atrás, ignorada.
Regresó a casa con el corazón roto, apagando el móvil. Al día siguiente, Lucía fue a disculparse: estaba enamorada…
Carmen no pudo odiarla. Siguieron siendo amigas, incluso después de que Daniel y Lucía se casaran.
Carmen se graduó como enfermera y trabajó en una clínica privada. Lucía seguía en el salón de belleza, más por gusto que por necesidad. Daniel ganaba bien.
Celebraban cumpleaños, Nochevieja, iban de barbacoa. Carmen seguía enamorada de Daniel, pero lo disimulaba.
Hasta que una madrugada, el teléfono la despertó.
—¿Sabes qué hora es? —bufó al ver que era Daniel—. Mañana trabajo temprano.
—Lucía ha muerto —dijo él con voz quebrada.
—¡Habla claro! —gritó ella, ya despierta del todo.
—Volvíamos de la finca… Ella quiso conducir… Un remolque se nos cruzó… Murió en el acto.
—¿Estás en el hospital? ¿Cuál?
Vistió a toda prisa mientras su madre, adormilada, protestaba:
—Espera al menos a que amanezca.
Pero Carmen ya corría hacia un taxi. Con su bata blanca, entró en el hospital sin que nadie la cuestionara.
Daniel yacía en la cama, enchufado a máquinas, pálido como el alba.
—¿Cómo estás? —preguntó ella.
—Me operaron. No siento las piernas —susurró—. Ojalá hubiera muerto yo. No debí dejar que condujera…
—Tranquilo.
—¿De dónde salió ese remolque? Como un fantasma…
El médico le explicó que la operación había ido bien, pero necesitaba rehabilitación.
Con el tiempo, lo trasladaron a casa. Contrataron a una cuidadora, pero resultó ser una estafadora que les robó y desapareció.
—No te preocupes —consoló Carmen a sus suegros—. Yo me ocuparé de él.
Cambió a turno de noche para poder cuidarlo: inyecciones, masajes, ejercicios… Y poco a poco, Daniel recuperó la sensibilidad, luego la fuerza. Carmen compró bicicletas estáticas, aparatos, lo empujó a superarse.
Hasta que un día, Daniel se puso de pie. No caminó, pero fue un inicio. Luego vino el andador, los pasos temblorosos…
Y cuando ya casi no la necesitaba, Carmen dejó deY años más tarde, mientras paseaban a su segundo hijo por el mismo parque donde se conocieron, Daniel le susurró al oído a Carmen: *”Si no fuera por ti, hoy no sería nada de esto”*.





