**Segundo Aire**
Antonio no era un galán como Antonio Banderas. Trabajaba como ingeniero en una fábrica de maquinaria pesada. No bebía, salvo en ocasiones especiales. Tampoco fumaba. Llevaba veintidós años casado y nunca había mirado a otra mujer.
Su hija se había mudado a Barcelona con su marido, pero no se apresuraba a darle nietos. A Antonio no le preocupaba. Los hijos son responsabilidad, ruido y juguetes por el suelo. Él prefería las tardes tranquilas con el periódico y la televisión. ¿Qué prisa había? Ya tendría tiempo para jugar con los nietos.
Su mujer, Carmen, era perfecta en todos los aspectos: arreglada, elegante, la casa siempre limpia y acogedora, la cena lista cada noche, y en las fiestas, un pastel casero y carne guisada. En fin, la vida era plena.
Regresaba del trabajo en su coche, entrecerrando los ojos por el sol poniente, imaginando la cena caliente y el descanso frente al televisor.
Antonio entró en el piso, se quitó los zapatos en el recibidor y aguzó el oído. Normalmente, Carmen asomaba la cabeza desde la cocina y le decía que la cena estaba casi lista. Pero esa noche no escuchó su voz. Una inquietud inexplicable le atravesó el pecho. Entró en la sala. Carmen estaba frente al armario con las puertas abiertas, sacando vestidos y lanzándolos al sofá, donde había una maleta abierta.
—¿Adónde vas? ¿A visitar a la hija? ¿Está embarazada? —preguntó Antonio.
Carmen, sin mirarlo, comenzó a doblar los vestidos y meterlos en la maleta.
—¿Te has quedado sordo? Te estoy hablando. ¿Adónde vas? —repitió, empezando a perder la paciencia.
Carmen revisó la habitación por si olvidaba algo y trató de cerrar la maleta, pero estaba demasiado llena; la cremallera amenazaba con romperse.
—Sería mejor que ayudaras en vez de quedarte ahí plantado haciendo preguntas tontas —dijo Carmen, apartándose un mechón de pelo de la frente.
—Pregunté adónde te vas con toda tu ropa. ¿Es una pregunta tonta? —Antonio contuvo a duras penas la irritación que le hervía por dentro.
—¿Adónde? Me voy de aquí. Me voy de tu lado —respondió ella, desafiante.
—¿Por qué? —Antonio alzó la ceja izquierda.
—Estoy harta. ¿Me ayudas o no? —Carmen señaló la maleta.
—¿Harta de qué? —Antonio se acercó, apretó la tapa con fuerza y cerró la cremallera de un tirón.
—De todo. De ti, de cocinar cada día, de pasar las noches en casa clavada frente al televisor.
—Podrías habérmelo dicho. Podríamos haber ido al teatro para variar —improvisó él.
—¿Para morirme de vergüenza cuando te quedaras dormido ahí? Los días pasan y la vida se escapa —la voz de Carmen temblaba de frustración.
—Eso no depende de nosotros. Avancemos o no, el tiempo sigue corriendo —filosofó Antonio.
—No me des lecciones. Quiero algo que valga la pena recordar. ¿Qué voy a recordar yo? ¿Filetes en la sartén? ¿Fregar platos? ¿A ti con el periódico y la tele? —Carmen casi gritó.
—¿Crees que no tengo a nadie más? Me voy con alguien que me ve como mujer, como una diosa, una reina. Alguien que me dedica poemas… —Carmen alzó la vista al techo, perdida en sus pensamientos.
—¿Y yo? —preguntó Antonio, comprendiendo de repente.
—Tú sigue con tu vida, como siempre. Solo que ahora tendrás que cocinar, lavar y planchar tú solo. Hace dos meses me corté el pelo, cambié de look. ¿Te diste cuenta? —Carmen sonrió con amargura, bajó la maleta al suelo, extendió el asa y la arrastró hacia la entrada, dejando marcas en la alfombra.
Mientras Carmen se ponía el abrigo, Antonio no apartaba la vista de aquellas dos líneas marcadas en el pelo de la alfombra. Le pareció que la maleta había pasado por su corazón, dejando el mismo rastro.
Solo cuando la puerta se cerró de golpe y la cerradura hizo clic, Antonio despertó de su trance. Ahora entendía: su mujer se había ido.
Tenía que hacer algo. Por inercia, fue a la cocina. La tetera estaba fría. Abrió la nevera: poco había —una olla con cocido, restos de jamón, dos latas de conserva, unos huevos y medio brick de leche. La cerró. Se le quitó el hambre.
Volvió al salón y se sentó en el sofá donde antes estuvo la maleta. Ni leer el periódico ni ver la tele le apetecían. Eso tenía gracia cuando Carmen estaba ahí, aunque solo cocinara o lavara los platos, o planchara mientras miraba la tele de reojo. Había familia, había vida…
Suspiró y se quedó largo rato mirando la pantalla negra del televisor, intentando asimilar lo ocurrido. Lo peor era el silencio, el vacío, como si Carmen se hubiera llevado todos los sonidos consigo. Se levantó, se puso la chaqueta y salió del piso. Pero el vacío lo seguía.
Pasando por un bar, vio a gente riendo y charlando. Sintió la necesidad de estar entre ellos, de llenar el hueco que llevaba dentro. Sin pensarlo, entró. La música sonaba bajito, se oían risas. Pidió un coñac en la barra. El dolor se alivió. Pidió otro, y otro más…
No recordaba cómo llegó a casa. Despertó por la mañana con resaca, vestido y encima de la colcha. Al intentar levantarse, un martillazo en la cabeza y la habitación dando vueltas.
No recordaba qué día era. Sacó el móvil del bolsillo con dedos torpes. En la pantalla leyó: «Sábado». ¡Sábado! Fue al baño y volvió a la cama.
Al despertarse dos horas más tarde, se sentía mejor. La ducha lo reanimó. Se vistió y salió a la calle. El sol brillaba, la gente paseaba, los coches pasaban rápidos. Le dio un vuelco el estómago al pasar por el bar donde se había emborrachado. Apuró el paso hacia el paseo marítimo.
Una mujer joven caminaba hacia él, sonriendo. Antonio miró alrededor, pero no había nadie más. La sonrisa era para él.
—¿También ha salido a pasear? Hace un día primaveral —dijo ella al acercarse.
—Sí —asintió él.
La mujer se detuvo. Parecía esperar algo más.
—Mmm… Disculpe, ¿nos conocemos? No la recuerdo. Hoy no estoy muy lúcido —balbuceó Antonio, sin saber qué más decir.
—¿Le ha pasado algo? —ella le miró con compasión.
—Sí. Mi mujer me ha dejado. Por un poeta. —Respiró hondo—. Él le dedica versos, yo no.
—¿Se encuentra mal? Tiene la frente sudada —dijo ella, preocupada—. Vamos, sentémonos un momento.
Buscó un banco libre, pero todos estaban ocupados.
—Mi mujer se ha ido. ¿Qué puede ser peor? Y anoche me pasé con la bebida —Antonio hizo un gesto con la mano—. No piense mal, normalmente no bebo…
—Debería ir a casa, descansar, tomar té. Está pálido. Venga, la acompaño.
De camino, la mujer se quejó de su propia vida.
—Mi hijo está casado y vive lejos. Mi hija ha traído a su novio a casa. No me gusta. Pero si loY, mientras caminaban juntos bajo el sol de la tarde, Antonio sintió por primera vez en mucho tiempo que el futuro, aunque incierto, podía ser tan cálido como aquella luz.





