**Lucía**
—¿Cuántos años tiene? —El cirujano plástico, Fernando Gutiérrez Mendoza, clavó su mirada en el hermoso rostro de Lucía.
Ella parpadeó, sonrió y desvió sus expresivos ojos hacia un lado antes de volver a mirarlo directamente. Cuántas veces había visto Fernando esos gestos calculados, esas miradas nerviosas y tácticas femeninas en su consulta. Cada vez que preguntaba la edad, las mujeres recordaban súbitamente que frente a ellas había un hombre, joven y atractivo. Lucía no fue la excepción.
—¿Y usted qué cree? —preguntó ella con coquetería.
Él la observó con seriedad.
—Veintinueve —mintió sin pestañear.
El umbral de los treinta siempre asustaba a las mujeres.
—Treinta y nueve, para ser exactos —corrigió él, quitándole dos años por compasión.
—No se puede engañar a un médico —dijo Lucía, valorando su tacto.
—¿Y por qué intenta engañarme? Soy su doctor, no un pretendiente. Su edad me importa por motivos profesionales. Si realmente tuviera veintinueve, no estaría aquí. Se ve muy bien para su edad. Incluso diría que espléndida. Muchas mujeres le envidiarían.
—Qué hombre tan temible. Nos ve como si llevara rayos X en los ojos —volvió a fingir timidez.
—Es mi trabajo y mi experiencia.
—Su esposa tiene suerte. Entiende a las mujeres.
Fernando estuvo a punto de decir que no estaba casado, pero se contuvo.
—Entonces, ¿por qué vino? Usted no necesita cirugía. Al menos, por ahora.
El cumplido hizo brillar los ojos de Lucía.
—¿Y a qué precio lo consigo, no quiere preguntar? Sí, tengo un marido adinerado. Accedo a los mejores tratamientos, que, por cierto, no son baratos. Pero estoy cansada de pasar horas en el gimnasio, en clínicas de estética, luchando contra el tiempo. No vivo, solo intento retener la juventud. Estoy agotada —repitió.
—Deje que el tiempo fluya. Cada edad tiene su encanto. No necesita parecer más joven de lo que es. —Fernando le dedicó una de sus sonrisas más cálidas.
—Fácil para usted decir. Es hombre. No pelea contra arrugas, calorías o dietas interminables. ¿Y sabe quién nos empuja a estos sacrificios?
—¿Quién? —jugó él.
Lucía le caía bien. Era sincera, bonita, vivaz. Era agradable estar con ella.
—Ustedes, los hombres. Sí. Se sienten más seguros con una mujer joven al lado. Y cuanto más mayores se hacen, más jóvenes las eligen. —Una mueca dolorosa apareció en su boca, pero seguía siendo hermosa.
—Vengo de un pueblo pequeño. Mi madre trabajaba en una granja avícola, igual que mi padre. Luego la cerraron, y ella acabó de limpiadora en un hospital. Mi padre, en una caldera. Allí no hay trabajo. Él bebía, claro. Odio esa vida. Soñaba con escapar, con ser actriz. —Sus ojos se nublaron de recuerdos.
Fernando la entendía perfectamente. Él también había llegado a Madrid desde la provincia.
—No entré en la escuela de arte dramático. Pero me contrataron en un puesto del mercado. —Se notaba que le costaba admitirlo—. No le contaré cómo sobreviví. Tuve suerte. Una clienta me llevó a una casa de modas. No del tipo que imagina, aunque alguna pasarela hubo. Allí conocí a mi marido. Era joven, desesperada… —Su mirada se perdió. Fernando no la interrumpió.
—Se enamoró y me pidió matrimonio. Por supuesto, acepté. No me importó que fuera mayor. Conseguí el billete dorado: un marido, un piso en Madrid, una casa en la sierra, contactos, dinero. Cumplió todos mis sueños.
Él tenía un hijo de un matrimonio anterior, de mi edad, vive en el extranjero. No quiere más niños. Lo acepté. Restaurantes, vestidos, viajes… Me encantaba esa vida. Muchas me envidiaban. Escapé de mi pueblo y no quiero volver. —Respiró hondo y calló un momento.
—Hace tres días fui a su oficina. Quería sorprenderle. Le encantan los churros. Compré unos pocos y un café.
Su secretaria no estaba en recepción. Bueno, sí estaba, pero en su despacho. Ni siquiera cerraron la puerta. No me vieron. Me fui, dejando los churros en su mesa. Fue horrible. —Escondió el rostro entre las manos.
Fernando esperó. Había oído historias así muchas veces. Las mujeres confesaban en su consulta como en un confesionario.
Lucía apartó las manos. Sus ojos estaban secos. Solo por un instante dejó caer la máscara de seguridad. La vida le había enseñado a mantener la compostura.
—No era ingenua, sabía que tenía otras. Pero entonces temí. El tiempo pasa, yo no soy eterna, y hay chicas jóvenes dispuestas a ocupar mi lugar.
Todas quieren dinero. Ellas tienen lo que yo ya perdí: juventud. Tiene razón, tengo cuarenta. No puedo competir. A hombres como él les gustan jóvenes, tontas y guapas. Si me deja, no habrá otro billete dorado. Uno se acostumbra a lo bueno. Prefiero morir antes que volver a la miseria.
Su desesperación le conmovió.
—¿Usted podría renunciar a Madrid, a su casa, su coche, su trabajo? ¿Irse a un pueblo, ser un cirujano cualquiera?
Fernando calló. Lucía no esperaba respuesta.
—Bien. Aquí tiene la lista de pruebas necesarias. Algunas puede hacérselas aquí. Luego vuelva.
Sus ojos brillaron. Se levantó con agilidad juvenil, pero con elegancia.
—Piénselo bien. Toda cirugía tiene riesgos. ¿Su marido sabe lo que planea?
—No. Pero inventaré algo —respondió ágilmente.
—Verá, después no lucirá muy presentable.
—¿Cuánto tiempo? —asomó el miedo en su mirada.
—Un mes, quizá más. Depende de la intervención.
—Diré que me atacaron, que me robaron —improvisó, pero sin convicción.
—Bien. Pero el gimnasio seguirá siendo necesario. La cirugía no rejuvenece el cuerpo. El efecto es temporal. Luego necesitará más. Piense en las estrellas. Se vuelven adictas al bisturí. Y cada operación deja secuelas. El cuerpo no perdona. ¿Recuerda la cara de Michael Jackson?
El miedo apareció y desapareció en sus ojos. Sabía dominarse.
—Intenta disuadirme, asustarme. No funcionará. Lo he decidido. Todo saldrá bien —dijo, apartando sus preocupaciones con un gesto—. Estoy harta de luchar contra la edad, del desinterés de mi marido. Gastar fortunas en tratamientos. Es más fácil operarse.
—Veo que es inútil intentar convencerla. Pero reflexione —Fernando se levantó. Eran de la misma estatura. Un instante se miraron. Él supo que le gustaba a ella. Lucía apartó la vista, sacó un sobre de su bolso y lo dejó sobre la mesa.
—El pago es en caja —dijo él, profesional de nuevo.
Se sentó, fingiendo revisar papeles. La consulta había terminado.
Tenía muchas pacientes, agradables o no. Nunca las miraba como hombres. Pero Lucía era especial. Quizá por su pasado humilde, su ambición.
No quería cambiar su rostro. Le gustaba así, expresivo, con esas arruguitas apenas visibles. Intentó disuadirla, pero ella se aferraba a su vida de lujo. Miró su reloj caro. Veinte minutos hasta la siguiente paciente. Fue a porFinalmente, Fernando nunca volvió a saber del marido de Lucía, pero en las noches de insomnio, mientras escuchaba la respiración tranquila de su esposa y su hijo, aún recordaba aquellos ojos llenos de miedo y esperanza.





