—¿Cuántos años tiene? —El cirujano plástico Héctor Manuel Ruiz fijó su mirada en el hermoso rostro de Lucía.
Ella parpadeó, sonrió y desvió sus ojos hacia un lado, coqueta, antes de volver a mirarlo directamente. Héctor había visto tantas veces esos gestos, esas miradas nerviosas y artimañas femeninas en su consulta. En cuanto preguntaba por la edad, las mujeres recordaban que frente a ellas había un hombre joven y atractivo. Lucía no era la excepción.
—¿Y usted cuántos me diría que tengo? —preguntó ella con tono juguetón.
Él la miró serio.
—Veintinueve —mintió sin pestañear.
El umbral de los treinta siempre asustaba a las mujeres.
—Treinta y nueve, para ser exactos —la corrigió él sin emoción, quitándole dos años por compasión.
—No se puede engañar a usted, doctor —dijo ella, valorando su tacto.
—¿Y por qué intenta engañarme? Soy médico, no un pretendiente. Su edad me importa por razones muy diferentes. Si realmente tuviera veintinueve, dudo que estuviera aquí. Se ve muy bien para su edad. Excelente, diría yo. Muchas mujeres le envidiarían.
—Qué hombre más terrible. Nos ve como si tuviéramos rayos X en lugar de alma —Lucía volvió a fingir modestia.
—Es mi trabajo y mi experiencia.
—Su esposa tiene suerte. Entiende a las mujeres.
Héctor estuvo a punto de decir que no estaba casado, pero se lo pensó mejor.
—Entonces, ¿por qué vino? Se ve espléndida y no necesita cirugía… por ahora.
El halago hizo brillar los ojos de Lucía con interés.
—¿Y a qué precio lo logro, no quiere preguntar? Sí, tengo un marido rico. Tengo acceso a los últimos tratamientos de belleza, que, por cierto, no son baratos. Pero estoy harta de pasar horas en el gimnasio, luego tumbarme en una camilla con mascarillas y pociones milagrosas. No vivo, solo intento detener el tiempo, la juventud. Estoy cansada —repitió.
—Pues deje que el tiempo siga su curso. Cada edad tiene sus ventajas. No hay que aparentar ser mejor o más joven de lo que se es. —Héctor le dedicó una de sus sonrisas más brillantes.
—A usted le es fácil decirlo. Es hombre. No tiene que luchar contra la edad, contar arrugas y calorías, someterse a dietas interminables. Todo por la figura y el cutis. ¿Y quién nos empuja a estos sacrificios?
—¿Quién? —siguió el juego Héctor.
Lucía le caía bien. Era sincera, hermosa, vivaz. Se sentía cómodo con ella.
—Nos empujan ustedes, los hombres. Así es. Se sienten más seguros con una mujer joven y guapa a su lado. Si está con ustedes, es porque lo merecen. Y cuanto más mayores se hacen, más jóvenes eligen. —Una mueca amarga se dibujó en sus labios, los ojos se entristecieron, pero seguía siendo hermosa.
—Soy de un pueblo pequeño de provincias. Mi madre trabajaba en una granja avícola, como mi padre. Luego cerraron la fábrica, ella se hizo auxiliar de enfermería y él entró en la caldera. Allí no hay trabajo. Solo había una fábrica, y la cerraron. Mi padre bebía, claro. Odiaba esa vida, ese pueblo, soñaba con irme lejos, a Madrid, ser actriz. —Los ojos de Lucía se nublaron con los recuerdos.
Héctor la entendía perfectamente. Él también había llegado a Madrid desde un pueblecito.
—No entré en la escuela de arte dramático. Pero me tomaron en un trabajo: en un puesto del mercado. —Notó lo difícil que era para ella admitirlo—. No entraré en detalles de cómo sobreviví. Tuve suerte. Una mujer me vio. De hecho, la engañé con el peso. Me invitó a una casa de moda. No de las que desfilan, aunque también pasó. Ya me entiende. Allí conocí a mi futuro marido. Era joven, desesperada… —Sus ojos se perdieron de nuevo. Héctor no la interrumpió.
—Se enamoró perdidamente y me propuso matrimonio. Por supuesto, acepté. No me importó que fuera mayor. Saqué el billete ganador. Tenía marido, piso en Madrid, casa en la sierra, contactos, dinero. Me dio todo lo que soñé.
De su primer matrimonio tenía un hijo, de mi edad, vive en el extranjero. Mi marido no quería más hijos. Lo acepté. Restaurantes, vestidos, viajes. Me gustaba esa vida. Tiene razón, muchas me envidiaban. Escapé de un pueblo pequeño y no quiero volver. —Lucía suspiró y guardó silencio un instante.
—Hace tres días fui a su oficina. Solo por sorpresa. Quería hacerle feliz. Le encantan los donuts, esos con glaseado rosa. Compré un par y un café.
La secretaria no estaba en su sitio. Más bien, estaba donde no debía: en el despacho de mi marido. Ni siquiera cerraron la puerta. No me vieron. Me fui, dejando los donuts y el café en su mesa. Fue horrible. —Lucía se tapó la cara con las manos.
Héctor esperó, sin interrumpir. Había oído historias así cientos de veces en su consulta. Las mujeres le confesaban sus secretos como en un confesionario.
Lucía apartó las manos. Sus ojos estaban secos. Solo un instante había bajado la máscara de mujer segura. La vida le había enseñado a mantener la compostura siempre.
—No era ingenua, sabía que mi marido tenía otras. Pero entonces me asusté. Entendí que el tiempo pasa, yo no rejuvenezco, y hay muchas chicas jóvenes con largas piernas dispuestas a todo por ocupar mi lugar.
Todas quieren dinero. Tienen lo que yo ya no: juventud. Tiene razón, tengo cuarenta. No puedo competir. A hombres como el mío les gustan jóvenes, tontas y bonitas. Si por una de ellas me deja, no habrá otro billete ganador. A lo bueno se acostumbra uno rápido. No quiero volver a la vida de la que escapé. Prefiero morir.
Su sinceridad y desesperación conmovieron a Héctor.
—¿Podría renunciar a Madrid, a su casa, su coche, su dinero? ¿Irse a un pueblo, ser una cirujana cualquiera?
Héctor calló. Ella no esperaba respuesta. Ya estaba todo dicho.
—Bien. Aquí tiene la lista de pruebas y especialistas. Algunas puede hacerlas aquí mismo. Después, vuelva.
Los ojos de Lucía brillaron de nuevo. Se levantó con agilidad juvenil, pero con dignidad.
—Piénselo otra vez. Toda cirugía es un riesgo, más en el rostro. ¿Su marido sabe lo que quiere hacer?
—No. Pero inventaré algo —respondió vivaz.
—Verá, después de la operación no se verá… digamos, muy bien.
—¿Cuánto tiempo? —El miedo asomó y desapareció al instante.
—Un mes, quizá más. Depende de cada caso.
—Diré que me atacaron, me golpearon y quisieron robarme —improvisó, pero Héctor notó la duda en su voz.
—Supongamos. Pero el gimnasio seguirá siendo necesario. La cara rejuvenecerá, no el cuerpo. El efecto durará poco. Con el tiempo, necesitará otra cirugía. Piense en las caras de las estrellas. En su obsesión por la juventud, se enganchan a la cirugía como a una droga. Ninguna operación es inocua. No siempre depende del cirujano. Recuerde la cara de Michael Jackson.
El miedo asomó de nuevo y se desvaneció. Lucía se controlaba bien.
—Sé que intenta disuadirme, asustLucía asintió con determinación, tomó su bolso y salió del consultorio, dejando atrás no solo sus dudas, sino también el eco de su propia voz repitiéndole que, para ella, no había otra opción más que seguir adelante con la operación.





