**Diario de un hombre sabio: La historia de Aurora**
Aurora entró en la oficina con un leve gesto de cabeza al guardia de seguridad y pasó de largo los ascensores para dirigirse a las escaleras. Subir al quinto piso a pie era una de sus costumbres. Tres veces por semana iba al gimnasio, aunque a menudo el tiempo no le alcanzaba para más. Incluso en su apartamento del décimo piso, muchas veces optaba por las escaleras cuando le quedaban energías al final de la jornada.
El taconeo firme sobre el mármol del vestíbulo pronto se desvaneció en el hueco de la escalera, como si hubiera emprendido vuelo. A sus espaldas, la llamaban bruja, arpía, reina. A sus treinta y seis años, aparentaba diez menos. Solo sus ojos delataban su verdadera edad: inteligentes, penetrantes, los de una mujer que había vivido mucho. Vestía con elegancia sobria, y su maquillaje, discreto pero bien aplicado, resaltaba su belleza natural.
—¿Quién es? —preguntó un joven que se acercó al guardia. Este lo miró con desconfianza.
—Es la directora de la firma auditora *Fénix* —respondió con respeto el guardia, un hombre entrada en años y de complexión robusta.
Aurora ya se había marchado, pero en el vestíbulo aún flotaba el rastro de su perfume.
—¿No está embarazada? —insistió el joven, hojeando un plano del centro de negocios en busca de *Fénix*.
—¿Qué quiere, señor? —El guardia lo observaba con recelo.
—Vengo a una entrevista en *Montenegro & Asociados*.
—¿Apellido? —El guardia ya marcaba un número en el teléfono interno.
El joven se identificó.
—Pase. Séptima planta, oficina setecientos diecisiete.
Mientras caminaba hacia los ascensores, Alejandro sintió la mirada del guardia clavada en su espalda. Había memorizado que *Fénix* estaba en la quinta planta. Así que, tras llegar al séptimo piso, bajó por las escaleras hasta el quinto. Allí, sobre las puertas de cristal, destacaba un gran letrero rojo: *Firma Auditora Fénix*. Entró sin dudar.
La recepcionista, una muchacha joven y sonriente, lo detuvo con amabilidad.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?
—Buenos días. ¿Está la directora? —preguntó con el aplomo de quien frecuenta el lugar.
—Sí. ¿Tiene cita? ¿Para qué hora? —Ella abrió una agenda.
—Bueno, la verdad es que no. Quería hablar con ella.
—Me temo que no podrá recibirle sin cita previa. ¿Quiere que le reserve un día?
En ese momento, unos tacones resonaron en el pasillo. Alejandro se volvió y vio a una mujer imponente avanzar hacia ellos. Todo en él se tensó, como un depredador ante su presa.
—Doña Aurora, este señor pregunta por usted, pero no tiene cita —anunció la recepcionista.
La miró con franqueza.
—He venido para una entrevista en *Montenegro & Asociados*, pero pensé en probar suerte aquí.
Aurora lo escrutó con rapidez.
—¿Tiene formación en economía? —Su voz era grave y elegante.
—No, en derecho —respondió él, desplegando toda su sonrisa encantadora.
Ella dudó un instante.
—De acuerdo. Le escucharé. Sígame.
Caminó delante de él, y él la siguió, admirando su figura esbelta envuelta en un traje gris y una falda estrecha, sus piernas estilizadas que los tacones alargaban aún más. El aroma de su perfume, caro y distinguido, lo envolvió.
—Rosita, que nadie me interrumpa en diez minutos —dijo al entrar en su despacho.
La alfombra gruesa amortiguaba sus pasos. Aurora se sentó tras la mesa de caoba pulida y señaló una silla frente a ella.
—¿Qué puesto busca?
—No lo sé —confesó él, sonriendo con timidez.
—Entonces vuelva a *Montenegro*. Allí le necesitarán más.
—Nunca he trabajado en auditoría, pero aprendo rápido. Deme una oportunidad —insistió con vehemencia.
Ella lo estudió de nuevo.
—Uno de nuestros empleados más antiguos se jubila. En dos semanas, le enseñará lo básico. El salario completo lo recibirá tras dos meses de prueba, si supera la evaluación. ¿Acepta?
—Por supuesto. No le defraudaré.
—¿Trae documentación?
—Sí. —Sacó una carpeta.
Ella lo detuvo con un gesto.
—Llévela a Recursos Humanos. Rosita le acompañará. Le advierto: seguridad investiga a fondo a todo el personal. Sin más preguntas, le espero mañana.
Alejandro salió, sintiendo su mirada en la nuca.
—Es dura —comentó a Rosita al cerrar la puerta.
La secretaria ni siquiera esbozó una sonrisa. «Bien adiestrada», pensó él.
Se consideraba afortunado. Trabajo rápido y una jefa impresionante. «Paciencia —se dijo—. No asustarla, o acabaré otra vez en la calle».
—¿Por qué dejó su anterior empleo? —preguntó la mujer de RRHH mientras revisaba su historial.
—Mi hermana me animó a venir a Madrid. Vi su empresa y el nombre me gustó.
No mencionó que en Barcelona había seducido a la hija de su jefe. La tonta se quedó embarazada, y él tuvo que huir antes de que el padre lo envolviera en problemas.
Mientras rellenaba formularios, imaginó la vida de Aurora. «Joven para ser directora. Alguien poderoso le habrá echado una mano».
No iba desencaminado. Aurora creció en un pueblo humilde, entre fábricas que escupían humo gris al cielo. Su madre trabajó veinte años en una de ellas, hasta que una enfermedad pulmonar la mató justo antes de que Aurora terminase el instituto. Con el título en mano, Aurora partió a Madrid en busca de algo mejor.
Encontró a Iván, un estudiante de último curso que la tomó bajo su protección. Cuando ella le dijo que esperaba un hijo, él desapareció sin más. ¿Tenerlo sola? Decidió abortar. «Tengo tiempo», pensó. Pero después, los médicos le dijeron que quizá nunca podría ser madre.
Tras aquello, Aurora dejó de fijarse en los hombres. Hasta que conoció al director de *Fénix* en un evento. Veintidós años mayor que ella, le ofreció matrimonio y ser su socia. Aceptó sin amor, pero con la certeza de que, con paciencia, lo tendría todo. La espera duró diez años. Tras la muerte de su marido, Aurora se convirtió en la dueña absoluta de *Fénix*, fría y calculadora.
Dos semanas después, en un acto de despedida para el empleado más veterano, Aurora pronunció palabras cálidas, entregó un sobre con dinero y un viaje a las Islas Canarias. Luego, hubo un buffet y baile.
Alejandro la interceptó al salir.
—Doña Aurora, ¿me concede este baile?
Sin esperar respuesta, la llevó a la pista. Bailaba con soltura, y en el último compás, la inclinó hacia atrás en un remate espectacular. Los aplausos resonaron.
Al ayudarla a incorporarse, vio que su mirada ya no era distante. Había interés. Ella se ajustó la chaqueta y se marchó sin decir nada. Él contuvo las ganas de seguirla. «Paciencia», se recordó.
Tras esa noche, Alejandro evitó cruzarse con Aurora. Cuando ella aparecía, fingía estar sumido en el trabajo. Y así, despertó su curiosidad. Finalmente, ella cedió. Rosita le comunicó que Aurora lo esperaba.**Fin.**
Pero cuando supo que estaba embarazada, Aurora comprendió que su verdadero sueño ya no era la empresa, sino la vida que crecía dentro de ella.





