Remedio para la pobreza

**El Remedio Contra la Pena**

Lucía y Javier se conocieron en la universidad. Ambos vivían en la residencia de estudiantes. Decidieron que estarían juntos, pero solo después de graduarse. La vida, como siempre, alteró sus planes sencillos. En el último curso, Lucía quedó embarazada.

—Javi, ¿qué hacemos? —Lucía lo miraba desesperada—. Sabes lo estricta que es mi madre. No quería dejarme ir a estudiar. Casi tuve que rogarle. Le prometí que no sería como ella, que no tendría un hijo sin estar casada. ¿Y ahora? ¿Cómo vuelvo a casa? Me matará. —Mordió su labio para no romper a llorar.

Javier también tenía miedo, pero decidió actuar como un hombre y salvar el honor de su amada. Sus padres no le pusieron condiciones cuando lo dejaron ir a estudiar a Madrid. Amaba a Lucía, deshecha en lágrimas, así que le propuesto casarse. Con los exámenes finales encima, no había tiempo para una boda.

Llamó a sus padres, les confesó todo y les dijo que volvería con su título y su esposa. Le regañaron, claro, pero no había remedio. Que volvieran juntos.

Lucía escondía su vientre abultado detrás de Javier, temerosa, en el estrecho recibidor de sus suegros. El padre fruncía el ceño, la madre movía la cabeza y reprochaba a los jóvenes por apresurarse con el bebé, por casarse sin su bendición. No era buen comienzo. Suspiraron, protestaron, pero al final decidieron ayudarles. Vendieron su casa de campo, reunieron sus ahorros y les compraron un piso de una habitación.

—Hemos hecho lo que pudimos. Ahora, sigan solos —dijo el padre.

Dos meses después, Lucía dio a luz a una niña.

Javier trabajaba, pero el dinero nunca alcanzaba. Sus padres ya habían dado todo lo que tenían. Y él sentía vergüenza de seguir pidiendo; era hora de ganarse la vida. Un amigo de la infancia le propuso vender ordenadores.

—Es buen negocio. Ahora es el momento, la gente los compra como pan caliente. Tengo contactos con proveedores. Tú entiendes de tecnología, yo aún aprendo. ¡Juntos haremos fortuna! —insistía su amigo.

Los tiempos del crimen organizado habían pasado. Había riesgo, pero era legal. Javier aceptó, aunque tuvo que pedir un préstamo considerable para empezar.

Compraron equipos obsoletos, pero baratos. Javier los reparaba, instalaba programas y los vendía mucho más caros. El negocio prosperó. Pudo pagar su deuda y comprar un piso de dos habitaciones.

Su hija creció; era hora de llevarla a la guardería. Lucía quería trabajar.

—Quédate en casa, tenemos suficiente. ¿Para qué trabajar? —refunfuñaba Javier—. Ya podríamos pensar en otro hijo.

—Déjame descansar. Aún no me recuperé de los pañales. Nunca he trabajado desde la universidad. Y a Alba le hará bien estar con otros niños. ¿Qué pasará cuando empiece el colegio? —argumentaba Lucía.

Pero entrar en la guardería no era fácil. Le ofrecieron trabajo como auxiliar, y así aceptarían a su hija. Aceptó sin dudar.

—¿Con tu título trabajando de auxiliar? No me avergüences —se enfureció Javier.

—No te enfades. Solo será un año, para que acepten a Alba. Luego buscaré un trabajo mejor. Tendré a nuestra hija cerca. ¿No es bueno? —lo convenció Lucía con suavidad.

Por entonces, el teletrabajo no era común. Internet era lento. Javier refunfuñó, pero accedió.

Su negocio prosperaba, despertando envidia en la competencia. Hasta que un día todo se vino abajo. Acababan de comprar una partida de portátiles cuando, de noche, se los robaron e intentaron disimularlo con un incendio. Perdieron todo y quedaron endeudados.

Su amigo se refugió en el alcohol. Javier no podía permitírselo; tenía una familia. Debía pagar la deuda. Podía vender el piso, pero ¿dónde vivirían? ¿Volver arrastrándose con sus padres?

Buscó trabajo. No quería más negocios. La suerte le sonrió cuando ayudó a empujar un coche atascado. Vio un procesador en el asiento trasero y habló con el conductor. Al enterarse de que Javier sabía de informática, le ofreció trabajo. En su empresa había mucho equipo que configurar y reparar. Justo lo que Javier sabía hacer. Aceptó.

Pagó su deuda poco a poco. La vida mejoró. Su hija creció; al año terminaría el instituto e iría a la universidad. Parecía que las desgracias habían terminado.

Ese día, Javier llegó tarde a casa. Lucía cocinaba, mientras Alba y una amiga escuchaban música. Luego, la amiga se marchó.

—Mamá, la acompaño —gritó Alba desde la entrada.

—¡No tardes! —gritó Lucía antes de que la puerta se cerrara.

Apagó el gas y se sentó frente al televisor. Pasaban una película. Se distrajo, no vio el tiempo pasar hasta que llegó Javier.

—¿Tan silencioso? ¿Alba está aquí? —preguntó, frotándose las manos heladas—. Cayó una helada repentina.

Entonces Lucía recordó que su hija había salido. ¿Cuánto tiempo había pasado? Veinte minutos, media hora? Debía haber vuelto. La amiga vivía cerca. Corrió a la habitación de Alba. Vacía. Llamó a su amiga.

—¿Alba no llegó? Nos separamos hace veinte minutos —respondió la chica, sorprendida.

Algo malo había pasado. Lucía se culpaba. ¿Por qué la dejó ir? Debía haber ido con ella. Entró en pánico, quiso salir a buscarla. Los padres de la amiga llamaron, ofreciendo ayuda. Javier no la dejó salir, la sentó junto al teléfono. Pero Lucía no servía de mucho. Al preguntar en los hospitales, solo lloraba.

—Sí, hace una hora trajeron a una joven sin documentos —contestaron en uno.

Lucía sollozó con más fuerza.

—Está viva. ¡Deja de llorar! Vamos —le gritó Javier.

Alba estaba viva, pero en coma. Los médicos no daban esperanzas. Lucía no salía de su lado, rezando por un milagro. Pero no sucedió. Al tercer día, Alba murió por sus heridas.

El clima en noviembre era frío y ventoso. Lloviznaba, a veces con nieve. Esa noche heló de repente. Alba volvía a casa cuando un coche con neumáticos de verano derrapó en una curva. Su grito se ahogó entre el chirrido de frenos. El conductor perdió el control. Una fatal coincidencia.

Javier se mantenía fuerte, aunque la pérdida lo destrozó. Pero Lucía… Temía que no lo soportara, que perdiera la razón o siguiera a su hija. Tras el funeral, iba al cementerio casi diario. Callada, ensimismada. En casa, se quedaba mirando al vacío, estallando en llanto, culpando a Javier.

—Si no fuera por tu maldito negocio que fracasó, por tus deudas, habría tenido otro hijo… —gritaba, olvidando que fue él quien quiso un hijo varón.

Sabía que debía hacer algo, salvarla antes de que perdiera la cordura.

En el trabajo, todos le compadecían. Alguien sugirió un perro o un gato, para que Lucía tuviera algo en qué ocuparse.

—Necesita distraerse. ¿Qué le gustaba? ¿Música, pintura, bordado? Es el mejor remedio para el dolor —dijo una limpiadora.

“Es cierto. Lucía dibujaba bien de pequeña, pero su madre no pudo mandarla a clases. Nunca se perdCon el tiempo, el pequeño Toshi se convirtió en el alma de la casa, devolviendo poco a poco la luz a los ojos de Lucía y enseñándoles que, incluso en la peor tormenta, siempre llega un rayo de sol.

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Remedio para la pobreza